Ensayo

Oda al buen librero

En estos días de feria del libro, el autor se pone al rescate de una figura en extinción: el librero, que no es un mero vendedor de libros, sino algo así como un sacerdote de esos templos que son las buenas librerías.
domingo, 18 de septiembre de 2016 · 00:00
Jorge Patiño Sarcinelli matemático y escritor
 
Le debemos mucho a la inteligencia de un buen librero. De los más de cien mil millones de títulos publicados (según google), la mejor librería no es la que los tiene todos o una fracción significativa, sino la que ofrece una buena selección. Lo que es "buena” en este caso no admite parámetros absolutos; para mí puede ser una cosa, y para ti, querido lector, otra; pero si me sigues en la lectura más allá de este primer párrafo, quizás una combinación de nuestras preferencias compondría una ecléctica y linda librería.

¡Cuántos placeres inesperados, reflexiones duraderas y hasta giros de vida les debemos al encuentro inusitado con un libro que el buen librero puso en sus escaparates como ofertas sabias o traviesas! Siempre pienso en los sutiles placer y criterio que tiene ese nuestro librero imaginario al poner lado a lado a autores que no se sospecharon en vida; Pessoa al lado de Kafka, Pirandello junto a Chejov, Pushkin con Leopardi. ¿Qué hubiera pensado Cervantes de encontrarse frotándose tapa con tapa con García Márquez? ¿Hubiera Bronte entendido a Dickinson, Camoes apreciado a Lispector?

Muchos libros cuya existencia ignorábamos se tornan gracias a aquellos azarosos encuentros libretinos compañeros predilectos, en cuyas páginas descubrimos cosas que nos hubiese dado pena morir sin haber conocido.  Un buen librero es ese ser que de tanto vivir entre libros, se hace personaje, una ficción más de las historias de su librería. Él propicia esos descubrimientos, como celestino de nuestros intelectos con los de autores muchas veces lejanos en tiempo y espacio. ¿De qué otra manera hubiésemos podido conocer la obra imperdible de un poeta uruguayo o de una ensayista húngara?

Es importante distinguir un librero de un mero vendedor de libros. Éste es el que te informa el precio o la fecha de próxima aparición de un libro, te emite la factura o te envuelve un libro que compras para regalo. Estos ayudantes cumplen una función de no despreciable importancia, sobre todo cuando lo hacen con una sonrisa y una palabra amable, pero no se acercan en nobleza a la misión del librero que selecciona lo que ofrece la librería, y te aconseja, te informa, te comenta, te  cita o te orienta cuando lo necesitas. Este librero es como un sacerdote de esos templos que son las buenas librerías.

Si te parece que exagero porque crees que al final de cuentas una librería es un establecimiento comercial como cualquier otro, mucho te equivocas. ¿No sientes acaso que debes sacarte el sombrero cuando entras a una librería y bajar la voz? ¿No has entrado muchas veces a una librería buscando respuesta a necesidades espirituales? ¿Acaso al caminar entre los estantes de una librería no sientes un  gozo  respetuoso que sabes que sólo puede venir del contacto con espíritus del más allá? Por eso y más, una buena librería es un pequeño templo. Ya lo dice la biblia: la verdad nos dará libros.

El buen librero tiene espanto de las grandes librerías que ha creado la manía moderna por una amplitud que compite en el mercado de la saciedad, y la Biblioteca de Babel le parece una aberración sólo concebida para llevar la lógica a los límites del espanto. Sin embargo, a veces, cuando le preguntas por un libro que sabes sólo vagamente nombrar, te parece que él (ojalá fuese ella) tiene instalada en la cabeza -anaqueles y todo- una de esas bibliotecas infinitas que él recorre mentalmente para encontrar lo que buscas y volver con una sonrisa maliciosa. El objetivo y goce del buen librero están en producir selecciones cada día más exquisitas para esperar con ellas a los lectores que vienen como devotos feligreses por un encuentro que no debe ser defraudado.

Un librero cumple una misión de utilidad pública. Con la proliferación de los sitios de compra de libros en internet, es cada vez menos necesaria la librería que presume de ofrecer selecciones completas o de tener todos los últimos títulos. Cuantos más libros se publican, más necesario es el juicioso librero que nos salva de ahogarnos bajo un alud de nuevos y viejos títulos que proliferan y se acumulan, el que mostrándonos el oro entre la paja nos ahorra no sólo unos billetes, sino horas de lectura desperdiciada; y lo que es aún más importante, propicia encuentros cada día más improbables. Un buen librero debe ser un guía y un mentor; un amigo que te ayuda a crecer y envejecer bien.

Por todo esto y algo más, rindo aquí mi homenaje al buen librero, y propongo que en la próxima plaza que se construya, en lugar de poner al centro otro héroe anacrónico a caballo con una inútil espada en alto, o una escultura moderna de sentido críptico, erijamos ahí una amable estatua al librero desconocido. Para acompañarlo, plantemos en esa plaza árboles de amplia sombra y, protegidos por ella, bancos donde podamos leer, meditar, musitar, murmurar o mirar musarañas.
 
Extendamos también ahí ruidos de aguas que hagan de esa plaza un templo a cielo abierto, el refugio que toda ciudad necesita para huir de sí misma.