Matasuegra

Aproximación al infierno

“Desempolvé los apuntes porque, pese a que ha transcurrido más de una década, la denuncia de Nohemí Cámara contra su padre evidencia que la situación no ha cambiado, ni los métodos ni los protagonistas”, relata Willy Camacho.
domingo, 25 de septiembre de 2016 · 00:00
Willy Camacho escritor
 
Doce años atrás, casualmente pude leer un informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM): "Trata de personas mujeres, adolescentes, niños/niñas con fines de explotación en Bolivia” (publicado en octubre de 2004). Específicamente, me llamó la atención lo referido a las redes de comercio sexual en el país y me surgió la idea de escribir una novela sobre el tema. Así, con ayuda de un amigo periodista, empecé a investigar cómo funcionaba este negocio en La Paz.

Huelga decir que la tarea no fue sencilla, apenas pudimos lograr que 11 muchachas (de casi 40 que contactamos) nos dieran su testimonio, y ninguna de ellas permitió que grabáramos la entrevista. Por motivos que no vienen al caso, abandoné el proyecto novelístico y archivé los apuntes de las entrevistas; sin embargo, la información recolectada da luces sobre algunos aspectos de ese submundo.

Si bien es cierto que no todas las mujeres que trabajan en lenocinios, nightclubs o negocios afines lo hacen obligadas (tal era el caso de las 11 entrevistadas), lo que preocupa e indigna es la otra cara de la moneda: hay mujeres que son forzadas a prostituirse, sometidas a un régimen de esclavitud que las despoja de su condición humana y las convierte en mercancías sexuales. Todo comienza con la esperanza de un futuro mejor: trabajo bien remunerado en la gran ciudad.
 
Esa es la carnada común que emplean los reclutadores de las redes de proxenetismo, aunque cada uno tenga su propio estilo de "pesca”. Hacen su infame labor, mayormente, en pueblos o ciudades intermedias del oriente boliviano, buscando muchachas jóvenes/adolescentes de escasos recursos.

Usualmente el trabajo que ofrecen es de mesera en un restaurante o discoteca, y al llegar a la "gran ciudad” todo parece cierto; el reclutador la lleva al local, le presenta al administrador y le enseña los ambientes. De día, el salón vacío de un nightclub, más aún si es de categoría, parece una discoteca pomposa (y a los ojos de una jovencita humilde que nunca ha salido de su pueblo, incluso las pequeñas salas, con decorados ordinarios y rústicos, de las "whiskerías” que hay en la zona norte paceña, podrían parecer locales de buen nivel). Luego, el administrador le dice que hay un cuarto que puede ocupar si no tiene otro lugar donde quedarse; lógicamente, la joven acepta. Después, le aclara que debe usar ropa elegante para trabajar, ya que al local asisten clientes vip. La joven no sabe qué decir; él sí: no hay problema, mañana le comprará un par de vestidos y calzados. Finalmente, le pide su cédula de identidad, le explica que es para iniciar el trámite de registro en la AFP.

Al día siguiente, el administrador le entrega la ropa prometida; ordinaria, barata, ajustada, escotada, corta, incómoda. Una compañera le ayuda a vestirse, le enseña a maquillarse, le explica el trabajo. La joven se molesta, habla con el administrador, le dice que ella no bebe, que sólo va a atender las mesas, que no quiere trabajar medio desnuda... Un puñetazo en el estómago interrumpe su reclamo. Su compañera la consuela y le aconseja que no sea tan rebelde, que no haga renegar al jefe, que el trabajo no es tan malo, que puede ganar mucha plata en propinas si es cariñosa con los clientes, que va a ser más fácil si toma harto, que borracha no va a sentir nada.

Al mes siguiente, el administrador le informa cuánta plata debe: 300 dólares por el alquiler del cuarto, 450 por tres vestidos "de marca”, 200 por dos pares de zapatos, 100 por agua y luz, 200 por alimentación y 50 por el maquillaje; en total, 1.300. Sin embargo, le da una buena noticia, con su sueldo ha descontado 300, de modo que sólo debe mil dólares. En los 30 días que lleva trabajando ahí, ella ha aprendido que no tiene que reclamar por nada, que el puño del jefe pone punto final a cualquier discusión. La joven termina por aceptar los consejos de las experimentadas, comienza a ganarse propinas prodigando "cariño” a los clientes y aceptando "servicios especiales”. Pero la deuda, lejos de disminuir, aumenta mes tras mes.

Unos años después, la muchacha pierde sus encantos juveniles; las borracheras diarias, el tabaco, las drogas, la comida chatarra, los abortos y las penas han hecho mella en su cuerpo y su espíritu. Pocos clientes quieren su compañía para beber o follar. Es mercancía vieja, estropeada. Entonces el administrador, con tono paternal, le dice que le perdona la deuda, que puede irse. Que debe irse.

Lo anterior es apenas un esbozo del calvario que padecen las mujeres que son víctimas de explotación sexual, y sintetiza en pocas líneas los casos que nos contaron 11 chicas que trabajaban en distintos locales de La Paz, allá por 2005. Desempolvé los apuntes porque, pese a que ha transcurrido más de una década, la denuncia de Nohemí Cámara contra su padre evidencia que la situación no ha cambiado, ni los métodos ni los protagonistas. En el informe de la OIM (2004) se menciona que en Bolivia operaban dos grandes redes de comercio sexual, "de la primera red, Alfredo Selene debe ser la cabeza, porque en La Paz manejan sus negocios los hermanos Córdova. La segunda red la dirige Marco Cámara (...) Estas redes tienen el mismo modus operandi: traen mujeres del exterior o del interior del país. Les ofrecen contratos de camarera por dos o tres meses, les pagan los pasajes, les dicen que van a ganar muy bien y les dan vivienda, pero no las dejan salir a la calle. Apenas llegan, las llevan a sus locales diciéndoles que deben trabajar para cubrir los costos...”.

Cámara y los Córdova regentan negocios oscuros, vinculados con redes de comercio sexual, desde hace mucho tiempo, lo cual no habría sido posible sólo con la complicidad de unos pocos funcionarios de baja jerarquía. Pero sospecho que a las autoridades no les interesa llegar al fondo del asunto, urge aprovechar el revuelo mediático originado por la denuncia de Nohemí y cortar algunas cabezas antes de que otro caso acapare el interés del público.

Sinceramente, espero que mi sospecha no se confirme, pues si Guerrero hace honor a su apellido y se atreve enfrentar a los que sí tuvieron y/o tienen el poder suficiente para proteger las redes de proxenetas, miles de bolivianas se salvarán de un infierno en vida.


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