Debate

Turbocapitalismo o capitalismo termita

Se trata de un capitalismo “apurado”, en veloz carrera por llenarse los bolsillos de recursos, así sea pasando por alto “requisitos” medioambientales, dice Ayo.
domingo, 04 de septiembre de 2016 · 00:00
Diego Ayo politólogo
 
Lo sucedido con los cooperativistas pone en evidencia que lo que se solidifica en Bolivia es lo que en teoría política se conoce como turbocapitalismo. Este tipo de capitalismo no conoce de reglas: arrasa. De acuerdo a bibliografía especializada, "para entender qué significa el término turbocapitalismo, hay que establecer una breve comparación con el sistema del capitalismo del Estado de bienestar keynesiano que predominó en Occidente después de la II Guerra Mundial. 
Durante cerca de tres décadas, las economías capitalistas de mercado como las de Estados Unidos, Suecia, Japón, la República Federal de Alemania y el Reino Unido avanzaron hacia un capitalismo controlado por el Gobierno. Los mercados estaban integrados en redes de gobierno.
 
En contraste con esto, en la era del turbocapitalismo los mercados tienden a desligarse de esas redes. Siempre que triunfa la economía turbocapitalista se llega a la mínima regulación de los flujos de capital, la desregulación de los mercados laborales y a recortes en el Estado de bienestar”. 

Como se ve hasta aquí, lo que predomina es un capitalismo inmisericorde que "le mete nomás”. Sigo con la conceptualización teórica que define con claridad lo que sucede en Bolivia y lo que ponen en ejecución, en este caso, los cooperativistas en sociedad con el Gobierno: "el turbocapitalismo es una especie de empresa privada impulsada por el deseo de emancipación de restricciones fiscales, intransigencia sindical, interferencia gubernamental y todas las demás restricciones ajenas al libre movimiento del capital en busca de beneficio. El turbocapitalismo tiene efectos desreguladores a escala global. Las filiales transnacionales de unas 300 firmas que marcan la pauta en sectores económicos como la banca, la auditoría, la automoción, el transporte aéreo, las comunicaciones y el armamento -sus activos combinados constituyen aproximadamente una cuarta parte de los activos productivos del mundo- ya no funcionan como filiales de producción y distribución de sus matrices nacionales. Rompiendo los límites de tiempo y espacio, idioma y costumbres, funcionan como complejos flujos globales o redes integradas de personal, dinero, información, materias primas, componentes y productos”. Lindo. ¿Queda claro? Pues si no queda muy claro va mi traducción coloquial:

El turbocapitalismo es un capitalismo que quiere las cosas para mañana. No es un capitalismo que genera riqueza de modo pausado pero con miras a garantizar un desarrollo duradero y sostenible, por ejemplo, formando capital humano, algo que demoraría mínimamente un par de décadas; desarrollando una industria de medianos y pequeños empresarios, algo que supondría un proceso de maduración de no menos de diez años, y/o invirtiendo en tecnología minera de punta, tarea que exigiría al menos una gestión de gobierno para asentarse. 

No. Es, más bien, un capitalismo "apurado”, en veloz carrera por llenarse los bolsillos de recursos, así sea pasando por alto "requisitos” medioambientales (consultar a los pueblos indígenas tomaría mucho tiempo, mejor emprender ya mismo los negocios), políticos (no cabe concertar, pues eso demoraría mucho, es mejor "meterle nomás”), sociales (desarrollar un Estado benefactor no parece viable en términos de tiempo, es más fácil distribuir bonos), culturales (es mejor propiciar una entrada folklórica que educar a nuestra niñez boliviana en el cultivo de las artes, tarea que requiere al menos de una generación formada para tal efecto), turísticos (es más inmediato hacer un Dakar que promover una política turística comunitaria o ecológica, por citar un par de casos de emprendimientos empresariales turísticos que demandarían un esfuerzo de tiempo considerable), deportivos (es expedito hacer estadios, que es la seña más palpable de esta década de gobierno, lo complicado es poner las semillas de lo que podría ser un armazón deportivo sólido) y/o de gestión (sería insensato, en esta lógica, buscar desarrollar un servicio civil; faena que dilataría la fluidez del capital).

En ese sentido, ¿qué es lo que trae como efecto este modelo? Son tres los macroefectos: uno, aquellos estratégicos: no se invierte en cosas que tarden mucho en germinar y no garanticen beneficios inmediatos para la oligarquía gubernamental y sus socios (eso ocurre con la industria nacional, el desarrollo rural, la ciencia y, en nuestro caso, la minería).

Dos, los efectos morales: no se tiende, en general, a invertir en áreas sociales y de derechos humanos a no ser que reporten votos (por ejemplo no se puede "malgastar” en oncológicos a menos que los enfermos garanticen un apoyo electoral. Ya se ve en este talante que una vida más o menos no es lo prioritario).

Tres, aquellos efectos intelectuales: no hay capacidad de reflexionar, debatir y crear, todo se "resuelve” con la puesta en ejecución de inauguraciones festivas, festivales, marchas plurinacionales y todo lo festivo que se pueda ejecutar (los diez años de orgía gubernamental-cooperativista lo demuestran).

Para no copiarme términos extranjeros y continuar con la traducción, prefiero llamar a este capitalismo, siguiendo a Rafael Archondo, "capitalismo termita”: se devora todo lo que se le pone encima. Hoy fue una vida. Lamentémoslo, pero, además, sepamos que más o menos así funciona la cosa: con decesos de fauna y flora, abusos en contra de las libertades e, incluso, muerte de compatriotas.

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