Letra 7

Arte, irradiación, educación cultural

El camino de la creación va de la obsesión al aprendizaje, que es y no es formal. El papel de los centros culturales en ello.
domingo, 1 de octubre de 2017 · 00:09
Jorge Luna Ortuño Filósofo

 

En una de las primeras escenas de Whiplash (2014), película dramática escrita y dirigida por Damien Chazelle, el novato postulante al reconocido Conservatorio de música Shaffer, el baterista Andrew Neiman (Milles Teller), conversa algo nervioso con el temido maestro y jazzista Terence Fletcher (J.K. Simmons), a quien se le conoce capaz de hacer quebrar en llanto a hombres hechos y derechos.

 Como quien quiere ser cortés, Fletcher aborda a Andrew mientras están en el descanso del ensayo. Es su primera clase y aparentemente Fletcher sólo intenta hacerse una idea de él, conversar informalmente, pero no todo es lo que aparenta. Lo primero que le pregunta es si existen músicos en su familia, alguien que tenga experiencia en ese mundo.  

- No, sólo yo.

¿Algún tío, familiar o amigo cercano que le guste la música y te pueda apoyar? 

-No, ni uno. 

Bueno, entonces -le dirá Fletcher-, tu única chance es escuchar obsesivamente los discos de los grandes maestros del jazz. 

Después le recomendará algunas joyas como las de Charlie Parker. Es decir, si no encuentras el estímulo competente desde tu hogar o en tu círculo caliente, lo que puedes hacer es exponerte a la irradiación de los más grandes en el arte que te desvela. Floyd Mayweather, por ejemplo, venía de una familia de boxeadores -su padre Floyd y su tío Roger fueron boxeadores profesionales-; la mayoría en su entorno entendía el sacrificio y el tipo de vida que requería para llegar donde llegó.
 
Muhammad Ali en cambio fue hijo de un laborioso pintor y una dedicada ama de casa, tuvo que formarse por su cuenta, no tuvo boxeadores en su familia que hablaran su mismo idioma; para encaminarse, Ali tuvo que frecuentar desde muy joven los gimnasios de Louisville y conversar con entrenadores, managers, ex-boxeadores, y con todo aquel que pudiera transmitirle información de ese mundillo.

En el mundo del arte, probablemente esta sea la primera función que cumplen los centros culturales y los repositorios del tipo museos y galerías: generar espacios de transmisión de información, vitrinas para exponer al visitante a una irradiación continua de la mentalidad y las preocupaciones del artista. Es decir, es mucho más que entretenimiento cultural.
 
Transmisión

Quién podría rebatir el hecho de que la obsesión, la total dedicación al arte, la exagerada búsqueda de la perfección que todo verdadero artista lleva consigo, es algo que no se enseña, no se puede enseñar. Sólo se puede despertar un tipo de interés para que luego el aspirante se haga cargo. Eso es algo de lo que se contagia de modo indirecto al estar en contacto con los grandes maestros, al exponerse a sus trabajos, o al seguirlos. 

Volviendo a la película, que en Latinoamérica se distribuyó con el título Obsesión por el ritmo, hay otra razón por la que el maestro le dice que escuche a los grandes del jazz. Cuando uno es joven aprende mucho por el deseo de imitar, de ser como el ídolo que admira. Es una forma de avanzar. 

En el fútbol es curioso cuánto aprendemos de niños por sólo ver cómo juegan nuestros jugadores favoritos. El patio de recreo en la escuela es el laboratorio de ensayo de jugadas de Messi o de Neymar. Y Ronaldinho primero tuvo que intentar ser como Romario o Pelé antes de ser Ronaldinho. Se trata de un proceso natural. "De un maestro uno no aprende lo que hace, sino cómo hace lo que hace”, me dijo una vez el filósofo Tomás Abraham al visitar La Paz. Esto es algo que sabemos en la niñez sin saberlo. Pero imitar es sólo un primer paso, propio de la obsesión inicial. En algún momento, de tanto imitar, se llega a comprender cómo funciona el asunto, y se empieza a experimentar por cuenta propia. Es la etapa de germen de la creación de un estilo propio.  

El artista, el músico, el poeta, emiten señales, vibraciones que se encuentran en el fondo de su obra, de su música, de su poesía. Se captan o no se captan, pero hay que exponerse a ello. Una palabra muy propia del mundo de las artes escénicas es "conectar”. Después de la imitación, lo siguiente es aprender a conectarse con ello, tomar cuenta cómo sucede. "Conéctate con el movimiento”, dicen en la danza. Y lo mismo en la lectura de un libro de Cortázar, de Joyce, de Borges o de Cervantes. Algunos libros se dice que son reescrituras de los grandes libros de la literatura, como el Pierre Menard de Borges a partir del Quijote de Cervantes, o el Máquinahamlet que escribió el dramaturgo alemán Heiner Müller luego de treinta años de obsesivo estudio de Hamlet de Shakespeare. No sólo es palimpsesto. Son conexiones casi atemporales, que hacen perder la noción del tiempo, o se prolongan a veces por toda la vida, y nos hablan de la sostenida obsesión del artista, de escritores, filósofos, danzarines, poetas.  

Cuando se abandona la imitación, surge la posibilidad de la creación. Pero todo comienza con salir y exponerse a las vibraciones de los que hicieron el trabajo antes que tú. No conformarse con seguir a los que están cerca, sino ponerse a mirar a la altura de los más grandes, dialogar con ellos constantemente. Se trata de ser autodidacta, o lo que Gilles Deleuze llamaba "cazador”, alguien que va a exposiciones, conciertos, obras de teatro, presentaciones de libros, y que lo hace con el olfato del que sigue el rastro de algo que persigue: una idea, una sensación, nuevas interrogantes.
 
Hay que estar en busca de algo, y tener la creencia de que ese algo se puede encontrar en el mundo de las artes.  
 
Escena local

En Bolivia, la oferta es variada en el eje troncal, sobretodo en La Paz y Santa Cruz, siendo esta última la ciudad que parece promover con más fuerza un cierto aire de experimentación. No todo lo que se presenta es siempre bueno, o al menos, no es algo que te cambiará la vida, pero hay que perseverar. 

El problema siempre será que no puede haber real encuentro si no existe una mínima búsqueda en algún sentido de parte de los visitantes. De modo similar a lo que se busca cuando se hojea una buena novela o un libro de filosofía, hay que estar abiertos cuando se visita un centro cultural a que nos tome por arrebato un nuevo concepto, una nueva manera de plantearnos la interrogante, una asociación curiosa, nuevas sinapsis, algo que nos inquiete... A veces llevamos con nosotros el 80% de un proyecto, y la asociación de ideas sólo terminará de completarse con algo que veamos inesperadamente en una película, en una exposición o en una charla. Hay que darse la posibilidad de que nuestras curiosas obsesiones nos lleven a la siguiente conexión.


 

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