Letra 7

MIR ABILIARIO

domingo, 15 de octubre de 2017 · 00:00
A Virginia, madre de dos hijos, compañera de primaria de la autora

Ocupáis tres asientos frente a mí en el autobús que se desplaza desde nuestro barrio alejado del centro al centro; al centro de nuestra localidad minúscula, entiéndase, no al centro de las cosas, no a la esencia misma ni a la materia nuclear donde la vida
bang
donde la vida
se expande y obedece a todos los fenómenos —etcétera— que dictala astrofísica. Lo proclaman las asignaturas que rodeábamos porque éramos de letras; lo proclaman los inexpugnables mecanismos que atañen a vocablos tan comunes como universo, vida, muerte, amor. Ocupáis tres asientos frente a mí en la parte trasera del transporte público: el niño a la derecha, en el centro la niña, la madre a la izquierda.
Ahora tú, hija pequeña de Virginia: chándal rosa gastado —igual que los plumieres de tu madre— con un personaje que mi edad y condición soltera ignoran.
Ahora tú, hijo mayor de Virginia, intuyo en tu barbilla y tus orejas los rasgos que heredaste de tu padre, y me pregunto si Virginia los maldice -Virginia, ¿los maldices?- a la hora del baño.
Pero tú, Virginia, tan rubia, ¿lo recuerdas? Allá donde entonces combatíamos piojos
ahora
bang
ahora
escondemos el tiempo.
Aquí tú lees una revista, Virginia, aquí tú no me reconoces: ¿te sirven los consejos del cuché, oh tú, tan rubia e inocente? Virginia, siempre con mi edad y ahora con dos hijos, sin anillo en el dedo, con un bolso colmado de galletas: Virginia, hijo mayor de Virginia, hija pequeña de Virginia, años luz caídos años luz quebrados en la comisura de los labios, cerrad los ojos y pedid un deseo
frente a mí
en el autobús destartalado que nos salva del barrio periférico y nos acerca al centro, lejos de los bancos en los que los adolescentes beben y las noches golpean los jardines, cierra los ojos, Virginia, porque en estos veintiocho minutos de trayecto he pensado en nosotras, en ti que no me reconoces veinte años más tarde, en tus canas donde la gente que nunca te habló, en tus canas donde la gente reía y se burlaba.
Cristal del autobús junto a Virginia, espejito de ambas, tus uñas rojas comidas al fregar los platos, una gota de laca roja en tu dedo anular, oh Virginia, oh rubia e inocente, yo he pensado en nosotras,
bang
yo he pensado en nosotras.
No sé si sabes a lo que me refiero.
Te estoy hablando del fracaso.
 
Un cuervo en la ventana de Raymond Carver

Para Erika

Nadie se posa en el alféizar —son veintiocho años
de espacio adolescente—,
pero qué ocurriría si el pájaro sobre el que he leído
en todos los poemas
se colara por el patio de luces y asomara
por el alféizar de mis veintiocho años,
un pájaro
mi habitación adolescente.
Y qué ocurriría si yo escribiese aún
—si me preguntan, respondo que ya no—
y un pájaro cualquiera, ninguno de los pájaros sobre
los que haya leído en todos los poemas,
un cuervo o una de las palomas negras que asoman en la oficina,
interrumpiese en la escritura
como el que se posó en la ventana de Carver.
¿Ganaría su lugar en el poema?
¿Dejaría de ser pájaro?
Alza el vuelo. Ya no hay
habitación en el alféizar.

Escribiré quinientas veces el nombre de mi madre...

Escribiré quinientas veces el nombre de mi madre.
Con un vestido blanco trazaré cada una de sus letras por las
paredes de mi dormitorio, por el suelo del patio del
colegio, por el pasillo de la casa más antigua. Para
recordar mi origen cada vez que yo viva.
En todos los lugares podré besar sus mejillas limpias de
cristal, aunque ella duerma lejos:
sus mejillas cercanas que me dolerán allá donde acaricie
          su nombre escrito.
Tantos días, tantas noches habrá de alimentarme
          amorosamente con su parábola descalza;
vendrá mi madre a arroparme, mujer de humo, con los ojos
          tiritando de suerte,
y en cada sueño mis apellidos dolerán como un cartel de
          bienvenida a un hogar diferente.
Sobre mi cabello, rubio como el de mi madre, la corona que
          me ciño como hija primogénita de Dinamarca.
Me llamaré Vacía, en honor a mis muertos; miraré cómo
          retozan de acrílico las palmas de mis manos, sangrará
          mi lengua a disposición de mis muertos.
Gritaré quinientas veces el nombre de mi madre para quien
          quiera escucharlo, y escribiré que bendigo este medio
          corazón en huelga mío, pues no olvido:
nací para llorar la muerte de otros.

Elena Medel (1985). Poeta, narradora y crítica española.  En poesía ha publicado Mi primer bikini, Premio Andalucía Joven 2001, Tara (2006) y Chatterton, Premio Fundación Loewe a la Creación Joven. Su poesía está reunida en Un día negro en una casa de mentira (1998-2014), publicada por Visor en 2015. Ha sido traducida al árabe, inglés, italiano y portugués. Dirige la editorial de poesía La bella Varsovia.  (Selección: Gabriel Chávez Casazola)

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