Letra 7

Rostros de Guevara

“La tendencia a agigantar la figura del Che ha resultado perniciosa, porque despierta enormes fanatismos, ingentes sentimientos ya sea de veneración o de ira”.
domingo, 15 de octubre de 2017 · 00:00
Jorge Bolaños Gamarra Ensayista

 

Todo juicio es un veredicto. El individuo usa la razón para trazar una relación afirmativa entre un sujeto y un predicado. 

Ernesto Guevara es y no es el sujeto de su juicio sobre Latinoamérica. En tanto ícono político, mito eufórico, tótem de éxtasis ideológico, es uno de los muchos autores de Latinoamérica. Esto es, dictó parte importante de su historia. 

La figura que le hemos construido, sin que él así lo haya deseado, nos juzga desde la estratosfera del héroe mítico.

Pese a esto, Guevara no es un astro autocreado. No es un ídolo que se produjo a sí mismo, o una fotografía que se tomó a sí misma. Latinoamérica hizo a Guevara. El latinoamericanismo, la cultura colectiva que los países de la región comparten, penetró en él en desmedro suyo, es decir, en desmedro de su faceta humana, aquella que es ajena al mito.
 
Personaje individual

Más que un héroe, un mesías político o un profeta de la salvación social -o un invasor, un agitador violento o incluso un asesino, desde un punto de vista condenatorio-, Guevara siempre fue ante todo un individuo, un personaje lleno de contradicciones, como todos nosotros.

El ícono político del Che, la celebrada imagen del joven eterno con los ojos clavados en el horizonte, es una máscara. Es una careta que oculta el doble rostro de un hombre que no pasa de ser un simple mortal. Dualidad oculta: el rostro de Guevara el chico, el muchacho curioso y aventurero que se lanzó a recorrer Sudamérica entre 1951 y 1952, y el rostro de Guevara el grande, el guerrillero que protagonizó su epopeya en las sierras de Bolivia en 1967. 

Entre los "Diarios de Motocicleta” (1951-1952) y el "Diario del Che en Bolivia” (1967) existe una relación de contraste y mutua definición. El Ernesto Guevara anterior al viaje con Alberto Granado -el amigo bioquímico, cómplice del delito de ser joven- es muy diferente del Ernesto Guevara de la guerrilla de Ñancahuazú. 

Mientras el primero es ingenuo, acucioso, despreocupado y aun frívolo, el segundo, a causa de su fe revolucionaria, muestra muchas veces una cuadriculada inteligencia que a veces raya en el esquematismo. 

En él hay una tendencia a ordenar a las personas, acomodarlas en el lugar que les corresponde en el estante de la sociedad, para explicarse políticamente la sociedad latinoamericana. Los unos son ricos, los otros son pobres. Los unos hablan castellano, los otros no. Era su forma de resumir el mundo y reproducir las relaciones que caracterizaban su vida temprana en el poblado hogar de la familia Guevara. Repetir el hogar en el mundo para comprender éste más fácilmente. Siendo un muchacho, se relacionó con personas de toda condición social. 

El viaje en motocicleta sobre la Poderosa II, su vehículo, fue un viaje de descubrimiento sociológico que le dio forma al Guevara segundo. 

Al viajar por Argentina, Chile, Perú, la frontera boliviana y Caracas, Guevara entró en contacto con la auténtica realidad latinoamericana. Descubrió la solidaridad que caracteriza a la gente de pueblo, la gentileza de los desconocidos, el ludismo de los oprimidos y, al mismo tiempo, las injusticias sociales sufridas por obreros y campesinos en cada país, la indolencia de los gobernantes, el egoísmo de los poderosos.  

Hijo de una pareja de ascendencia española e irlandesa, descubrió el enorme contraste entre el mundo europeizado al que había sido acostumbrado en Argentina, y la cruda realidad latinoamericana.

Al ser la encargada de su educación, Celia de la Serna y Llosa, la madre de Guevara, despertó en él un voraz apetito por conocer. En buena medida, su relación con ella tuvo una influencia determinante en el desenvolvimiento de su vida. 

El Ernesto Guevara anterior al viaje de motocicleta quería titularse en medicina y ejercer la profesión para poder llevar una vida orientada a sus intereses personales: los viajes, la investigación, la holgura económica y la caridad humana. 

El Ernesto Guevara posterior al viaje de motocicleta, por otro lado, es consciente de las barreras socioeconómicas que restringen la medicina, y se termina haciendo un activista revolucionario no sólo por la influencia de Fidel Castro, sino por un sentido de impotencia. El médico salva vidas, pero sólo puede hacerlo en la medida en que las condiciones socioeconómicas que lo rodean lo permitan.

En lo fundamental, los acontecimientos que tuvieron un efecto más fuerte en su proceso de descubrimiento de la sociedad son éstos: el encuentro con la vieja asmática de la Gioconda en Chile (a la cual Guevara quiso asistir médicamente pero no pudo);  el encuentro con el matrimonio de obreros que le convidaron a él y a Granado algo de comer pese a que eran tan pobres que dormían sin tener siquiera una manta; en Perú, el brindis de cumpleaños de 1952, en el que reconoce por primera vez que la división entre nacionalidades no tiene sentido porque todos los países latinoamericanos tienen los mismos problemas; por último, el paso por Cuzco y la contemplación de las ruinas incaicas.

La mitificación

Ni héroe mítico ni demonio, Guevara debe ser juzgado como lo que es: una persona que vivió, una persona que creyó en la vida y que "existió” hacia algo. Esa tendencia a agigantar su figura ha resultado ser perniciosa porque despierta enormes fanatismos, ingentes sentimientos ya sea de veneración o de ira. 

Enfriemos nuestro apasionamiento. La vida política latinoamericana está trancada en un episodio que no ha sido superado desde 1967.

Las falsas revoluciones acuden a los espíritus del pasado, toman prestados sus ropajes, para, con ese disfraz, dotarse de grandeza. En el populismo del siglo XXI, la imagen del Che es un logotipo, un arma de manipulación ideológica que explota el romanticismo que despierta la figura de un hombre que, al final de cuentas, no fue más que un hombre. 

Para criticar la figura del Che, tan importante como cuestionar al guerrillero, es necesario analizar la vida del joven que precedió al mito.

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