“El chavismo no es la mayoría pero es una ‘minoría intensa’”

“El desafío es entender más al chavismo y su maquinaria. Pocos opositores tratan de hacerlo y a menudo prefieren hablar hacia el exterior antes que construir bases sociales más sólidas, por ejemplo entre los sectores populares”.
domingo, 22 de octubre de 2017 · 00:44
Escritor, historiador y periodista, Pablo Stefanoni suele analizar con gran conocimiento y con "proximidad ecuánime” los procesos políticos de izquierda en el continente. 
 
Ya hizo para este suplemento una disección que se demostró correcta sobre el significado de la convocatoria a Asamblea Constituyente en Venezuela, hace algunas semanas, y hoy analiza las elecciones regionales, en las que el chavismo sorprendió con una votación idéntica a las elecciones de este mismo tipo hace cinco años, y obtuvo solo dos gobernaciones menos de las que tenía. Mientras tanto, la oposición perdió posiciones clave y obtuvo un porcentaje bastante inferior al que le daban las encuestas y la intuición política común, dada la crisis económica y política del país. 

¿Qué ha pasado en Venezuela? ¿Cómo es posible que el chavismo se haya fortalecido?
 
Creo que como siempre en estos casos, hay una mezcla de factores que hay que ir tratando de desenredar en el análisis, lo cual no es fácil por el exceso de pasiones que moviliza el caso venezolano. 
 
Pero básicamente se tendió a subestimar a Nicolás Maduro –que es un personaje fácil de ridiculizar– y a lo que queda del chavismo. Es claro que el chavismo no es la mayoría de antaño pero es una "minoría intensa” y desde el Estado maneja una enorme maquinaria que está en permanente campaña electoral, haya o no haya elecciones. Frente a eso, la Mesa de Unidad Democrática (MUD) se lanzó a una batalla en las calles para sacar del poder a Maduro que terminó con decenas de muertos y heridos pero un resultado muy lejos de la renuncia del "presidente obrero”. 
 
Esto generó una enorme desmoralización, además de fuertes divisiones entre abstencionistas y participacionistas en las elecciones regionales del 15 de octubre. Basta ver los insultos a los opositores en las redes sociales por parte de los propios antichavistas. 
 
Un sector más moderado, que agrupa a partidos como Acción Democrática o Un Nuevo Tiempo, choca con un ala más radical –como la de Leopoldo López–, más vinculada a los sectores de derecha de Miami. 
 
Después de cuatro meses de protestas que incluyeron represión estatal y "guarimbas” opositoras, el Gobierno terminó presentándose como el artífice de la "paz social”. En medio, la escasez se redujo aunque los productos no regulados (casi todos) tienen precios a menudo inaccesibles. 
 
En resumen: cancha inclinada en favor del Gobierno (diferentes maniobras preelectorales y viveza criolla junto a enormes recursos económicos), abstención de parte del electorado, reparto de alimentos mediante los CLAP en los barrios populares y desmoralización en la oposición. A lo cual se puede sumar a los miles de venezolanos que "votaron con los pies” y abandonaron el país hacia todas partes. Todo esto da algunas claves para pensar lo que pasó el 15 de octubre que tanto desconcierta a propios y extraños. Ni el gobierno ni la oposición esperaban este resultado: 18 estados para el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y cinco para la MUD.
 
 La hipótesis sencilla es el fraude. La más complicada para la oposición es que la gente haya rechazado su extremismo. ¿Cómo ves tú esta polémica?
 
La hipótesis del fraude es la más tranquilizadora. Hay una dictadura impopular que maneja a la perfección los hilos del poder. La verdad es que una cosa es el ventajismo estatal y el autoritarismo del Gobierno –indiscutibles– y otra el fraude stricto  sensu. Por eso la oposición no pudo hacer, hasta ahora, denuncias concretas de fraude. Esto es diferente a las elecciones para la cuestionada Asamblea Constituyente, que actúa como gobierno de facto, donde habrían votado 8 millones (difícil de creer a la luz de los resultados del mismo 15 de octubre, donde el oficialismo obtuvo poco más de 5,8 millones).
 
 El desafío es entender más al chavismo y su maquinaria. Pocos opositores tratan de hacerlo y a menudo prefieren hablar hacia el exterior antes que construir bases sociales más sólidas, por ejemplo entre los sectores populares. 
 
Una característica de las recientes protestas es que, en su gran mayoría, los habitantes de los cerros no bajaron a protestar contra el Gobierno. Se puede discutir por qué –una mezcla de control social con desconfianza hacia la oposición–, pero no lo hicieron. Adicionalmente, la oposición deberá convencer al "pueblo chavista” (mucho del cual no es madurista) que si triunfa no vendrá una caza de brujas.
 
En los hechos la oposición ha logrado una mejor posición regional que antes, pero el resultado contradice mucho sus expectativas. ¿Ves esto como un resultado de la diferencia entre tipos de elección? 
 
Claro, era una elección para gobernadores en la que hay que ver qué candidatos presenta cada bloque, no era un plebiscito sobre Maduro como se intentó presentar. De hecho, en los tres Estados gobernados por la oposición ganó el chavismo. La MUD ganó en cinco Estados que, a su vez gobernaba el chavismo. Hay que ver también esas dinámicas de la política local, la calidad de la gestión, la (im)popularidad de los actores regionales. Ahí están algunas figuras nuevas del chavismo, como el oficialista Héctor Rodríguez, sorpresivo triunfador en el estratégico estado de Miranda. No sé si las encuestadoras hicieron bien ese trabajo. Trasladar estas elecciones el rechazo a Maduro claramente no funcionó. Y muchas de las denuncias genéricas de fraude se basan en ese desfase entre los resultados del domingo y la impopularidad de Maduro.
 
¿Los radicales se fortalecen o se debilitan?
 
Los resultados parecen abonar la tesis del ala extremista en sentido de que no vale la pena participar en elecciones. ¿Qué pasará con Capriles, que se debilita por perder Miranda y porque su línea más conciliadora parece haber fracasado? ¿Ves un escenario de mayor radicalización? 
 
Hay una paradoja. Los resultados parecen abonar ese escenario, pero el sector que más está creciendo es la antigua Acción Democrática (de los cinco gobernadores de la oposición, AD tiene cuatro). Capriles se ve debilitado pero más bien por la derrota de su partido en Miranda, no por no ser radical. De hecho también Leopoldo López, ahora en arresto domiciliario, parece haberse debilitado y, la más radical, María Corina Machado, es completamente minoritaria. Las elecciones pueden "no servir”, pero menos parece servir la calle donde el chavismo siempre termina ganando. 
 
La polarización dura beneficia al Gobierno. La mezcla de protestas callejeras –que gracias a los grupos más radicales derivan de marchas pacíficas en guarimbas– con pedido de sanciones internacionales, a coro con el rol nefasto del titular de la OEA, Luis Almagro, termina haciendo que el Gobierno cierre filas y se coloque en una posición más cómoda de resistencia al Imperio. Lo que parece entender AD, con mucha más experiencia política desde los años 40 y con orígenes populares, es que es necesaria una lucha política algo más paciente con más flexibilidad para operar en los escenarios cambiantes que el chavismo impone para descolocar a la oposición. Venezuela es un Estado autoritario pero no es una dictadura consolidada. Hay espacios que, aunque en desventaja, la oposición puede usar. Podemos estar asistiendo a cambios importantes en la oposición, que hay que seguir en detalle.
 
¿Cómo recibirá el chavismo este resultado? 
 
Con sorpresa y satisfacción, y los característicos discursos hiperbólicos. Posiblemente busque, según se dice, adelantar las elecciones para alcaldes y eventualmente las presidenciales previstas para 2018. Si tras el fracaso electoral de 2015 –cuando la MUD ganó dos tercios de la Asamblea Nacional–  el Gobierno se dedicó a postergar las elecciones, ahora podría actuar en sentido opuesto y aprovechar esta onda expansiva para adelantarlas. 
 
Por lo demás, el agotamiento del chavismo como proyecto transformador parece difícil de revertir. Los procesos de degradación de la sociedad venezolana son muy profundos: corrupción generalizada e incluso saqueo de las arcas públicas, niveles de inseguridad entre los más altos de América Latina, crisis del sistema de salud, lucha cotidiana para conseguir productos básicos. Todo eso da lugar a la "sobreviviera” que ocupa gran parte de la vida de los venezolanos.
 
(Post Scriptum.- Nuestro entrevistado nos manda una nota señalando que debe añadirse a lo que había contestado que últimamente el chavismo está amenazando con anular el mandato de los gobernadores opositores electos que se resistan a juramentar ante la Asamblea Constituyente, lo que implicaría, según Stefanoni, "una falta de respeto a la voluntad popular”. Como se sabe, la oposición venezolana no reconoce la Asamblea Constituyente que el chavismo proyecta como "máximo órgano” gubernamental, cuya existencia ha eliminado a la Asamblea Nacional  que controlaban los partidos contrarios al presidente Nicolás Maduro.)
 
¿Qué lecciones puede sacar la izquierda latinoamericana y boliviana sobre estos resultados? 
 
Las izquierdas deberían de dejar de buscar épica en Venezuela, como lo hacen en algunos casos, y evitar creer que este resultado refuta las evidencias de degradación política y moral del proyecto bolivariano. 
 
Las derechas deberían tratar de entender mejor qué pasó en esta década larga y evitar el revanchismo y las tentaciones clasistas y racistas que tanto se ven entre sus partidarios en las redes sociales.
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