Letra Siete

Izaguirre: “Escribir un libro es decidir que ya dejarás de escribirlo”

Entrevista con Ánder Izaguirre, el autor de Potosí, crónica ganadora de un premio internacional y publicada hace poco por El Cuervo.
domingo, 29 de octubre de 2017 · 01:00
Mauricio Rodríguez / Crítico

Recorre el mundo en bicicleta: España en bicicleta. Es del País Vasco, si eso quiere decir algo; es universal. Nació en 1976, cuando los Rolling Stones hacían una serie de conciertos por Europa. Tal vez por eso tiene mucho de rebelde. Tal vez por eso tiene mucho de rock. Ánder Izaguirre es periodista independiente y vive según sus horarios. 
 
Hace poco, su crónica Potosí ganó el Premio Euskadi de Literatura 2017. Pero este libro da para más. Créanme: da para más. Ama el humor negro y es reacio a contestar preguntas: él prefiere conversar. Estuvo en Bolivia alrededor de tres veces para finalizar Potosí y es uno de los pocos que pudo retratar nuestra identidad.    

Potosí es una crónica intensa...

Fue una de mis preocupaciones. Están las escenas vivas, con los protagonistas actuando, trabajando, viviendo, contando sus historias terribles, también alguna historia cómica. Pero yo quería dar contexto. Creo que un cronista no debe conformarse con mostrar escenas de injusticia y de sufrimiento, para conmover un rato al lector y ya está. Creo que el cronista debe intentar mostrar los mecanismos que llevan a la injusticia y quiénes son sus beneficiarios. 
 
Eso es muy complejo, necesita páginas que expliquen la historia y las decisiones económicas y políticas. Las fui alternando durante el libro, de manera que después de unos episodios más vivos, con los personajes en acción, vinieran las explicaciones necesarias. Tampoco me asusta demasiado parar a veces la acción para introducir análisis, datos, contexto: le tengo confianza al lector.

¿Potosí es crónica o reportaje?
 
No me interesan las categorías. Busco la mejor manera de contar una historia, y en el caso de Potosí tenía claro que debía combinar la crónica de la vida de las familias mineras, la documentación para comprender la historia y darle su contexto a las historias personales, un análisis para desentrañar los procesos que llevan a la injusticia… Intento fundir todo eso y escribirlo de la manera más atractiva posible. 

¿Tardaste mucho en escribirlo?
 
Unos siete años, con muchas pausas, idas y venidas, obviamente. Demasiado tiempo.

¿Cómo lo planificaste?
 
Una vez hecho el trabajo de campo, los viajes a Bolivia, las estancias en las minas, las entrevistas, una vez leída y organizada la documentación, el principal problema para mí es montar una estructura que me permita contarlo todo de manera fluida. Mi solución fue muy física: el tablero en la pared, las cartulinas de colores con las distintas piezas del libro, para ver cómo las iba encajando.

¿Qué hacer en un país desconocido? 
 
Antes de viajar, el primer paso consiste en asumir la propia ignorancia. Busco a personas expertas, a gente que lleva años dedicándose al tema que me interesa y antes de viajar ya tengo algunas visitas y entrevistas concertadas. De ahí suelen salir las primeras pistas, las sugerencias, los contactos para ir conociendo gente sobre el terreno. Es la primera guía. Luego hay que andar muy abierto a sorpresas, a las historias nuevas que te cuenta alguien, a una pequeña noticia que lees en un diario local y que te abre una puerta a un episodio inesperado. 

¿Algo se te fue de las manos?
 
Es una historia viva, los protagonistas siguen sus vidas, sigo en contacto con algunos de ellos y podría seguir escribiendo su historia, porque siguen ocurriendo cosas importantes. Pero tienes que parar en algún momento. Es raro: en estos casos de historias vivas, escribir un libro es, en realidad, decidir que ya dejarás de escribirlo.

Y llegó Alicia...
 
Alicia me interesó mucho porque a través de su vida y la de su familia se podían explicar algunos episodios de la historia de la minería en Bolivia y, sobre todo, porque rompía muchos esquemas: una mujer en el interior de la mina, una menor de edad, que pelea por sus derechos y que en un entorno violento y oscuro es de las pocas personas que aún se imagina una vida distinta y pelea por ella. No es una persona resignada, sino una persona que pelea, que mantiene la esperanza y que se preocupa por los demás. Me pareció que ella era la luz con la que recorrer ese entorno oscuro. 

¿Para hacer el tipo de periodismo que haces necesitas ser autónomo?
 
Siempre he sido periodista autónomo, porque eso me da libertad para tratar los temas que más me apetecen, para dedicarles el tiempo que quiera y para darles el enfoque que me parezca más conveniente. Aprecio mucho esa libertad. A cambio, no tengo ingresos fijos y me tengo que buscar otros trabajos relacionados con la escritura. 
 
Publico reportajes, pero también he escrito textos para museos, he escrito guías turísticas de mi ciudad, hasta he editado libros de geología o folletos publicitarios de una empresa de camiones. No tengo ninguna queja: con esos trabajos, que no están nada mal, puedo dedicar luego tiempo a mis viajes y a los temas que más me importan. Así que esa es mi modesta fórmula: para hacer periodismo por mi cuenta, tengo que tener también una pata fuera del periodismo.

Y decidiste publicar con El Cuervo...
 
El libro se publicó en España y yo tenía mucho interés en que también se publicara en Bolivia. Mucha gente de allá me concedió su tiempo, sus conocimientos y a veces hasta su intimidad, para que yo escribiera. Me parece de justicia devolver el trabajo a su punto de origen, para que sea leído, compartido y criticado allá, si es que a alguien le interesa. Conocía El Cuervo porque tenemos amigos comunes y había leído algunos de sus libros, me parecía una editorial muy interesante, estoy muy contento por publicar con ellos.

¿El periodismo puede cambiar la realidad?
 
No soy optimista pero no puedo dejar de intentar lo poco que sé hacer. No veo otra.

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