Opinión

El amargo sabor de la hoja de coca

Un análisis de las dificultades de toda índole que el cultivo de coca trae a los países andinos. Su justificación como hábito “tradicional” evita conocer y criticar la verdadera historia.
domingo, 26 de noviembre de 2017 · 03:00

Rolando Morales Economista
 

La coca es una planta que se cultiva hace varios siglos en la región andina de América del Sur.

Actualmente es consumida en su estado natural por mucha gente y constituye la principal materia prima para la fabricación de cocaína. 


Para evitar esto último, los países productores, bajo presión de los países consumidores, han aceptado varios compromisos internacionales para limitar su cultivo.


Recientemente, los EEUU han hecho pública su disconformidad por la forma como Colombia y Bolivia enfrentan la lucha para evitar la expansión de los cultivos de coca. El anuncio de los EEUU está orientado a advertir a estos países sobre posibles sanciones económicas. En el año 2009, Estados Unidos terminó el acuerdo ATPDEA de reducciones arancelarias en favor de Bolivia debido a un desacuerdo sobre el tema de la coca, lo que provocó el cierre de importantes fábricas de textiles. 


En los países andinos se toma esta advertencia como una injerencia inadmisible de los EEUU, explicada por su incapacidad de combatir la drogadicción de sus jóvenes y de controlar a los narcotraficantes que operan en su territorio. Provoca una gran resistencia en la población y en los gobiernos, alejando la posibilidad de abrir el necesario debate sobre las consecuencias humanas y económicas de este cultivo. La percepción generalizada es que los Estados Unidos no está dispuesto a asumir su responsabilidad en el tema del narcotráfico y hace presión para que los países andinos acepten esa carga. 

¿Es buena la coca?


Los habitantes de los Andes mastican la hoja de coca junto con otros productos. Su consumo tiene el efecto de evitar el cansancio físico, aliviar algunos dolores y disminuir el hambre. Se supone que su utilización de esta manera no significa la absorción de alcaloides o, por lo menos, no en una cantidad preocupante. Los defensores de su consumo alegan que la coca es muy rica en diferentes nutrientes.

Por ambas razones, aseveran que este consumo no hace daño al cuerpo humano. 


Sin embargo, hay también voces disonantes al respecto que afirman que si el consumo de la coca disminuye el cansancio es porque actúa sobre el sistema nervioso y el cerebro, lo que puede ser peligroso para la salud, y si disminuye el apetito, evita el consumo de otros alimentos, pudiendo generar situaciones de subalimentación. Sus propiedades nutricionales no son mayores a los de cualquier otra hierba.

Historia


Durante el Imperio Inca (1438-1533), la hoja de coca era reservada para ceremonias rituales, especialmente como una ofrenda a la tierra (Pachamama) y su consumo estaba reservado estrictamente para la elite dominante (los panacas). Su empleo por el pueblo estaba prohibido porque se consideraba que era una hoja sagrada. Es posible, también, que se haya sentido algún temor sobre sus efectos en la salud.


Los españoles llegaron a América en 1492 y a la región andina en 1533. Se interesaron en la hoja de coca dándose cuenta de que efectivamente tenía el efecto de disminuir el cansancio y el apetito.

Entonces la propagaron y difundieron para lograr que los indios trabajasen más en las minas y haciendas, comiendo menos. A ellos les interesaba sólo la extracción de minerales para exportarlos hacia Europa. No hubo, como fue el caso de Norteamérica con los inmigrantes ingleses, el proyecto de formar una nación. Luego, les importaba poco la salud y el bienestar de los indios, con tal que trabajasen intensamente para ellos. Hubo algunas excepciones: la Iglesia Católica y también los reyes españoles manifestaron en varias ocasiones su preocupación sobre los daños que podía provocar el consumo de la coca a la población, pero no se les prestó atención, de manera a que este hábito se expandió rápidamente entre los indígenas.


Después de la Independencia, en el primer cuarto del siglo XIX, las élites locales continuaron con el modelo extractivista (modelo de crecimiento económico basado en la extracción de minerales) iniciado por los españoles que necesitaba la mano de obra de los indígenas en las condiciones en que se encontraba antes de la Independencia, es decir, con poca o ninguna seguridad industrial, bajas remuneraciones y mucho consumo de hojas de coca.

La situación hoy


En Perú y Bolivia es muy difícil cambiar el hábito milenario de consumo de coca en la población indígena. Aun si fue introducido por la conquista española con fines de explotación de la mano de obra, la mayor parte de la población piensa que es un derecho adquirido y no está dispuesta a renunciar a él por presiones extranjeras. 


Luego, los gobiernos diseñan políticas de erradicación de los cultivos preservando parte de ellos para abastecer el consumo local, postulando que sólo los “excedentes” con relación a la demanda doméstica deben ser eliminados a fin de evitar que sean utilizados para la elaboración de cocaína. A pesar que se han hecho estudios y encuestas sobre el consumo interno, la definición de “excedente” no tiene consenso, lo que provoca con frecuencia conflictos violentos entre campesinos cultivadores de coca y las fuerzas del orden. 


Los cultivadores de coca constituyen una fuerza política importante, siendo capaces, como ocurrió varias veces, de generar serios problemas al país. Por otra parte, existe evidencia que señala que los jóvenes indígenas consumen cada vez menos, lo que aumenta el margen, que puede ser importante, entre el consumo efectivo de coca y la producción autorizada. Esa diferencia es captada por los fabricantes y comerciantes de drogas, los que realizan pingües ganancias en Estados Unidos y Europa comprando la materia prima en los países andinos a precios muy bajos.  


Es muy difícil estimar la incidencia en la economía de estas actividades, pero se presume que es importante. Esto permite a Bolivia tener un dólar barato y una canasta importante de bienes de consumo importados que perjudica el desarrollo de una industria nacional.


El cultivo de la coca tiene más desventajas que beneficios para los países andinos, pero, no saben cómo combatirlo debido a la resistencia interna de los consumidores, al problema político suscitado por el rechazo nacional a las presiones extranjeras y a la debilidad institucional para controlar las redes internacionales de narcotraficantes. 


El consumo de coca deja un gusto amargo en la boca, en la política y en la economía. Es hora de hablar claro sobre este importante problema: los países consumidores deben asumir la tarea de erradicar la drogadicción al interior de sus fronteras y el tráfico internacional y los países productores deben iniciar campañas de educación para desincentivar el llamado consumo “tradicional”, que hace daño a la salud y que de tradicional sólo tiene la virtud de recordarnos que fue utilizado para la explotación de nuestro pueblo.

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