Letra 7

Memorias de una leyenda del periodismo

Cucho Vargas presentó sus memorias, tituladas Así viví. En esta reseña uno de sus colegas ofrece rendido homenaje a uno de los más importantes periodistas bolivianos del siglo pasado.
domingo, 26 de noviembre de 2017 · 01:00

Pachi Ascarrunz Escritor

El grito de ¡goool! retumbó rubricando un relato de quién sabe qué partido, coreado por una barra brava bien trajeada que convertía al salón de actos del Senado en la curva sur del Hernando Siles. 


La cosa parecía todo menos la presentación de un libro -de memorias, nada menos-: el relator, esta vez homenajeado por comentaristas, era el mismo que estremeciera al país narrando el golazo del maestro Ugarte en el Sudamericano del 53, cuando los peruanos estrenaban el Estadio Nacional de Lima y, contra todo pronóstico, salieron mordiendo una derrota; era el mismo que diez años después de esa victoria cantaba el gol más alucinante que se haya visto en el viejo coloso miraflorino, aquel del triunfo sellado por el cabezazo de Camacho ante Argentina, que llevó a nuestro equipo a la final de otro Sudamericano, para alzarse con la corona.


¿Qué estaba pasando? Que el Gringo González, presidente de la Cámara Alta, dejando de lado la mirada dura, el tono grave de sus intervenciones políticas y la solemnidad propia de este tipo de actos, se erguía como feliz mecenas de una obra cuyo autor, Cucho Vargas, la venía escribiendo con la pasión que impregnó los 85 años de su vida, y con lágrimas, que son el sudor del alma reportera.


Ahí estaban, lejos del mundanal ruido y del Evo que no se va porque se queda, sus colegas y amigos de siempre, cada uno con una historia que agregar al historial de quien fue “la voz” excluyente del relato futbolístico del siglo XX, además de un clásico fuera de molde del periodismo nacional. Ahí estaban ellas, también -o sobre todo, pues las mujeres signaron su vida-, representadas, entre otras por la irrepetible dama del teatro boliviano, Ninón Dávalos, y la deslumbrante Patricia Ballivián Salek, destacada danzarina del ballet de Chelita Urquidi. Y, es claro, los hijos y nietos queridos de este k’ochala genial que nos obsequia en 454 páginas la que fue su vida, la que fue su obra, sus triunfos, su anecdotario y esas desdichas que lo dejan a uno con la boca amargamente amarga.

A mi manera


Así viví titula el memorial que bien pudo tener de fondo musical My way, porque fue a la manera de Sinatra (su ídolo) que transcurrió la existencia del radialista, hombre de prensa y del audiovisual más oído, muy visto y de los más leídos por la fanaticada deportiva y por los cientos de miles de bolivianos que desayunamos con la agenda política y otras intoxicaciones del poder y del no poder, y nos vamos a la cama para seguir creyendo, para seguir soñando, como Cucho, en un país posible.


Es de mal gusto contar a los lectores lo que luego van a leer. Pero la aguardada ocasión nos exime de culpa, por esta vez, así sea apenas para apuntar algunas cosas que se hicieron tan nuestras que ya las olvidábamos. O que nunca las supimos. Y que nos llenan de saudades en este laberinto posmoderno donde la desmemoria amenaza con decretar la amnesia colectiva.


Por lo escrito y descrito, en prosa directa y sencilla, Cucho insinúa que pudo ser el tenor que le hacía falta a nuestra escasa lírica, y pasar a la historia como un Pavarotti criollo (eso lo decimos nosotros), entonando Il Pagliacci o Il Trovatore, pero la afición lo prefirió periodista. Pudo haber muerto trágicamente cuando el estallido de una bomba le incendió su casa, o de dicha, cuando calificó para seguir Derecho en la Universidad de San Francisco Xavier, en Sucre, o cantando un gol de Martino, Farro o Pontoni en la Bombonera, pero se contentó con soñárselo desde las tribunas; pudo haber desfallecido, y felizmente no ocurrió, aunque lloró de emoción relatando los de Maschio, Angelillo y Sívori, “los caras sucias”, en el Sudamericano del 57, en Lima.


Cucho tuvo el exitismo tatuado en las yemas de sus dedos; ciertamente, aunque las cosas que vivió, su anecdotario y la talla de sus entrevistados (desde mandatarios -como Harry Truman, el de la bomba atómica, o Fidel Castro, el revolucionario más relevante de la centuria pasada-,astros del fútbol, divas del cine, líderes sindicales, cantantes, en fin, celebridades de toda índole, hasta narcos y fiscales mafiosos…) bien pudieron justificarlo.


Las memorias de Cucho destilan amor del bueno. Y llanto, dolores de los que más duelen por muertes que le quebraron el alma (la de su madre, santa mujer; la de su esposa, compañera de todas sus horas felices y difíciles, y la de su hijo del alma, el más noble y más diestro montajista del cine-verdad en televisión… y el más anónimo).


En la obra rinde tributo a sus maestros, más que a ninguno a Justo Piernes, el cronista argentino que le enseñó que hay que guardarse algunas cosas “porque te pueden romper las pelotas”, y obsequia generosidad a otros valores menores, pero intactos en su memoria.


Así fue, confiesa Cucho, sin ponerse colorado, como la vez que en San Francisco de California revendió un brazalete (por varias veces su valor) a un incauto colega mexicano. O la vez que un Ministro de Gobierno lo llamó para decirle que uno de los suyos había caído, por conspirar en el motel de la Presbítero Medina, y Cucho, “chanta” al fin, no tuvo otra que confesar que el inculpado nunca había pisado tal sitio y que era él el que en cada visita se registraba con el nombre del joven reportero.

Árbol frondoso


Sincronías del azar o del destino, o de los dos. Mientras Cucho, ganado por la nostalgia, nos incita a escuchar el himno cochabambino o huayños y villancicos que su tío abuelo Teófilo Vargas había compuesto allá, a finales del siglo XIX, su nieta Gabriela Tellaheche Vargas -hija de Sissy, su hija amada y ahora protectora-, presidenta de una empresa de marketing, en una página de Vanidades (anexa a un matutino de este sábado) invita al público a no perderse un encuentro marquetinero internacional sobre la evolución del mercado globalizado. 


Es que el caudal de la vida de Cucho viene de muy atrás y nos inunda, y la ternura que derrocha cae de muy alto y cala hondo a través de una genealogía ilustrada que nos dice de puño y letra que vivimos en la esperanza de llegar a ser un recuerdo y que, quizás, almas como la suya no se van porque le deben mucho al país y a su progenie. Un libro de memorias, por ejemplo, que es su historia…, retazos de nuestra historia nacional.
 

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

72
4