Opinión

La mixtificación populista del “vivir bien”

“La clase política no puede permitirse aparentar que sus objetivos administrativos están aún ligados a la economía de la oferta. Su presencia en el poder debe ser percibida como un acto de renovación”.
domingo, 26 de noviembre de 2017 · 00:00

Jorge Bolaños Gamarra Ensayista
 

El buen vivir es un amasijo de ideas contradictorias entre sí, un embrollo de consignas ideológicas que probablemente suenan bien en el discurso, pero que interpretan de forma deficiente el problema que pretenden resolver. 


Es un discurso de legitimación política que trata de sacar provecho del capital simbólico asociado al modo de vida de los pueblos originarios, el ambientalismo, la economía alternativa y el nacionalismo latinoamericano, para dar soporte a los recambios de poder de los últimos años. 


Idealismo moral


El pretexto para el ejercicio retórico es la necesidad de cambiar el modo de vida que caracteriza a la sociedad capitalista (el consumismo), las crisis cíclicas, la conflictividad y la anomia social, el cambio climático y el militarismo global. Los impulsores del vivir bien piensan que es posible resolver los males del mundo haciendo un collage de ideas filosóficas que se reclaman progresistas. 


El viraje político que se experimentó durante la primera década de los años 2000 es identificado como la condición necesaria para que el remedio sea aplicado efectivamente. “Porque el vivir bien es un planteamiento alternativo que nos salvará de la crisis del régimen burgués, es necesario que los grupos políticos que dicen identificarse con él permanezcan en el poder durante mucho tiempo”. 


En tanto práctica social, su filosofía moral es una enunciación normativa que aspira a modificar los hábitos de la convivencia ciudadana. El Estado es un agente disciplinario que debe ser utilizado instrumentalmente para imponer a la colectividad una nueva forma de vida que se acomoda a los requerimientos del proyecto político del populismo del siglo XXI. La filosofía política es concebida como un arma de hegemonía. Los políticos “posneoliberales” (el cadáver que se comió al cadáver) trabajan en reproducir su poder.
 
Heterogeneidad


La aspiración de que el acceso al agua sea reconocido como un derecho humano, vivir en un ambiente ecológicamente sano, recuperar ciertos valores espiritualistas y comunitarios, y desembarazarse de la lógica del exitismo y la acumulación  es utilizada para darle una dimensión ética a un proyecto político que, en la práctica, ha comprobado en repetidas ocasiones estar divorciado de toda ética política. 


El apremio por encontrar salidas a los malestares del capitalismo ha conducido a que se construya un metarrelato que, no sin cierta arrogancia, trata de convencernos de que es la superación de todas las teorías del desarrollo anteriores. En los hechos, la ideología del vivir bien tiene muchos elementos prestados de construcciones que se supone que le son inferiores: el capitalismo verde, el multiculturalismo, el pluralismo jurídico, la economía del bienestar, cierto marxismo descafeinado e incluso el movimiento “new age”. 

Políticas públicas


Las políticas públicas diseñadas hasta el momento palidecen cuando son comparadas con su poética.

El vivir bien es una teoría internamente contradictoria, totalmente divorciada de toda práctica concreta. 


Las mejores intenciones no valen de nada si no van acompañadas de acciones eficaces. 


En términos prácticos, el vivir bien actúa como justificativo moral para el agrandamiento del poder estatal del Estado reformista. Está en contra de la autonomía social que dice propugnar. Lejos de alentar la democracia ciudadana, promueve el paternalismo y la dependencia. 


La ciudadanía es concebida como una masa desorientada que tiene que ser reeducada por el Estado en valores que no son compatibles con la lógica del capitalismo tardío, cuyos valores están vinculados a la revolución tecnológica permanente, la de-sublimación (liberación de los deseos) del individuo y la administración total de las necesidades sociales. 


Todo llamado a planificar el desarrollo bajo la nueva cosmovisión ha resultado fallido. El Plan Nacional de Vida o del Vivir Bien no abandonó nunca el terreno de la especulación. No hay evidencia objetiva de que la nueva filosofía haya producido cambios tangibles y eso se debe en parte a que no es impulsada siquiera por sus propios adeptos. La sanción de normas jurídicas que hacen referencia al concepto no es garantía de ningún cambio real.   

Crisis estatal


Los Estados latinoamericanos, que desde  hace décadas no han logrado superar su crisis de legitimación, necesitan reinventar sus narrativas para darle fundamento a su poder. El vampiro vive a expensas de la sangre de otros. El Estado necesita del mito de lo indígena y lo ancestral para asegurar su subsistencia. La cosmovisión indígena es un fragmento de discurso que sirve para darle sentido al discurso del poder populista, el cual trata de revestirse de grandeza usando ropajes ajenos. 


La negación de las doctrinas económicas centradas en el ingreso y la utilidad del consumidor es necesaria para librarse de la sombra del neoliberalismo. La clase política no puede permitirse aparentar que sus objetivos administrativos están aún ligados a la economía de la oferta. Su presencia en el poder debe ser percibida como un acto de renovación.  


Pan y circo, en última instancia. Falsa conciencia. El bonapartismo del siglo XXI entretiene con piruetas idealistas mientras al mismo tiempo intenta de administrar la crisis del capital sin demasiados fracasos. Se suma a la estrategia global de adopción del modelo GALA (‘el capitalismo puede ser más humano con una pizca de buenos sentimientos’) para desembarazarse de los problemas que trae la aplicación del modelo BLAST (‘el capitalismo necesita ser estricto y disciplinario para ser eficiente en términos administrativos’). 
 

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