Letra 7

Necesidad y destino en el cerco de Katari

Reseña de la última publicación de la Biblioteca del Bicentenario: el clásico libro de María Eugenia del Valle sobre la rebelión indígena y el cerco a La Paz.
domingo, 26 de noviembre de 2017 · 01:00

Ricardo Aguilar Periodista

El conocimiento general de la historia del cerco de La Paz (1781-1782) se refleja en el recurso de la elipsis: Tupak Katari hizo un cerco a La Paz, dijo “volveré y seré millones” y luego fue descuartizado.

Punto.


Quizá, en el mejor de los casos, se haya oído la anécdota que da cuenta de una versión sobre parte del origen de las Alasitas, no más.


Por supuesto, entre los antecedentes del cerco y la enconada ejecución de Julián Apaza están las historias de muchas muertes, hambre, traición, heroísmos y cobardías.


El libro de María Eugenia del Valle, Historia de la rebelión de Tupac Katari, relata en más de 700 páginas, rigurosamente basadas en documentos de la época, el detalle de esos sucesos trágicos que no se registran en esa memoria difusa del conocimiento general de la revuelta que, sin embargo, se incrustó en el inconsciente paceño hasta la actualidad.


No por nada el temor al cerco indígena continúa presente en las élites criollas de la ciudad: “los indios van a venir”, se escuchaba tanto en los bloqueos de 2000 como en los de febrero y octubre de 2003.


No por nada los indianismos del siglo XX, surgidos en el altiplano, incluso antes del Manifiesto de Tiwanaku (1973), reivindican al guerrero del cerco aymara e incluyen su nombre en sus diferentes siglas sindicales y políticas: Confederación Nacional de Trabajadores Campesinos de Bolivia -Tupaj Katari (luego convertida en Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia) o la Federación Departamental de  Trabajadores Campesinos de La Paz- Tupaj Katari, ambas haciendo frente al funcional pacto campesino-militar de René Barrientos; el Movimiento Revolucionario Tupaj Katari; el Movimiento Indio Tupaj Katari o el Ejército Guerrillero Tupaj Katari.


No por nada el movimiento indígena que provocó la fuga de Gonzalo Sánchez de Lozada en septiembre y octubre de 2003 realizó casi una réplica cronológica del cerco de Katari: cercando primero Sorata (tal como lo hiciera en la colonia el quechua Andrés Tupac Amaru junto a Gregoria Apaza, hermana de Katari), para después centrar sus fuerzas en La Paz.


Como se ve, el influjo de los hechos de 1781 y 1782 sigue gravitando en el país tanto en la ciudad como en el campo (si es que tal dicotomía es aún válida, así sea para lo descriptivo), a pesar de la elipsis que despacha el relato de la revuelta en dos o tres oraciones.

El libro del horror


El  libro que ahora reedita la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia reconstruye el cerco minuciosamente.


De las versiones históricas como la de este libro o los estudios de Sinclair Thompson sobre este periodo, más las imágenes construidas por los kataristas en el pasado reciente, se concluye que coexisten diversas ideas de Julián Apaza, a veces contrapuestas, más o menos históricas. La metáfora que posiblemente exprese mejor esto es la de versiones descuartizadas de un sujeto histórico no unívoco que se lee, relee, reinterpreta y reconstituye constantemente.


Lo cierto es que el libro de Del Valle narra los excesos y sufrimientos de ambos bandos en una situación de guerra, en la que muchas cosas injustas sucedieron.


Por el libro nos enteramos de manera descarnada cómo fue el cerco para los citadinos y qué sucedía en extramuros, si bien la relación de los hechos se centra en el interior de la ciudad de La Paz.


En intramuros se narra casos de antropofagia por la falta de alimentos, enfermedades, muertos en combate. La gestión de la muerte  -descrita por un documento de don Miguel Antonio de Llanos que rescata Del Valle- se hizo insostenible: “Se arrastraban, entonces, los cuerpos ya medio vestidos o desnudos en el todo, y como que cayesen en la forma que quedasen al desamparo y la vergüenza, se hacían ciertos montones de ellos, en cuya vista se graduaban los fosos que se abrieron por su último remedio en todo el cementerio y aun en un corralón… porque en la iglesia y campo santo no quedó lugar alguno”.


Y también, “refiriéndose más concretamente a la escasez de alimentos, (Llanos) describe, lo mismo que los diarios, el consumo de cueros, zurrones y petacas, perros, gatos, mulas y otros animales inmundos; pero concreta más todavía las cosas cuando habla de antropofagia, cosa que solo menciona el capitán Ledo; así como de la búsqueda de granos que quedaban sin digerir entre los excrementos de los muladares. Incluso dice que los perros, cuando los hubo, eran muy apetecidos porque estaban gordos de comer cadáveres”, relata esta vez Del Valle en base a Llanos.


El hambre afectó la administración de la muerte. Un sargento Castañeda relata: “Ni a precio excesivo se puede lograr gente que cave suficientes fosas para sepultarlos, por lo desfallecida; era difícil que se hallasen fuerzas para mover las barretas, y se ha visto ya que el que servía en cavar la sepultura fue enterrado en él”.


El castigo en el otro bando fue otro tanto desmedido. Pues es verdad que no existe otro sustantivo que con mayor precisión dé cuenta de los sucesos de 1781 y 1782 que el de la desmesura. 


En la narración histórica del libro de Del Valle hay varias estructuras que coinciden con las partes ineludibles de toda tragedia, como en el caso de las ejecuciones de Bartolina Sisa o de Julián Apaza, donde hay una hybris (desmesura) trágica, además de momentos en que los personajes parecen obrar con el juicio nublado y se conducen fatalmente al error trágico (hamartia).


Ejemplos de hamartia pueden ser quizá las decisiones que conducen a Katari, fatalmente, a ser traicionado y capturado en Achacachi; en el caso de la hybris encaja el ejemplo del desmesurado oidor Tadeo Diez de Medina, quien como un nuevo Creonte, con la intensión de  borrar a Katari y a Sisa de la historia, da una sentencia que terminará por convertirlos en mártires de la lucha indígena, una condena que descarga su furia más allá de la muerte: sobre la carne muerta de los caudillos indígenas. 

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