Letra 7

La pintura de la plétora

Una aproximación a la obra de Graciela Rodo Boulanger, una de nuestras más importantes pintoras.
domingo, 26 de noviembre de 2017 · 00:00

Fernando Molina

Pletóricos son los cuerpos de los seres que habitan el mundo pictórico de Graciela Rodo Boulanger.

De formas adiposas y curvilíneas, se presentan sintéticamente, como figuras sin individualidad, parecidas la unas a las otras en su encanto obeso y su condición de soportes del color que las diferenciará; partes de una serie o elementos de una construcción mayor: fichas redondas con las que la pintora reparte su apuesta sobre el verde paño de la mesa de juego. 


Pletóricos son sus labios, muy rara vez abiertos en un sonrisa, a menudo apretados en una suerte de beso adusto, que contrasta con el pueril encanto del que parecen estar investidos. ¿Son niños y ángeles? ¿O algo distinto que, sin ser inquietante no es, sin embargo, ingenuo? Parecen estos seres algo así como sabios, como venidos por un largo camino: adultos recalcitrantes pero indetectables detrás de sus papadas y sus redondas mejillas y sus sonrojos. 


Pletórica es también la composición, que llena el cuadro como el acaso repleta un pedazo de hielo con cristales. No en vano la estructura de árbol de muchos de ellos; ni es casual el esquema del racimo de otros muchos. Un árbol de personas, aquí; un racimo de músicos, cada uno con su instrumento, también pletórico, como henchido de música, allá; racimos henchidos como el árbol está henchido de gentes que observan: si lo sacudiéramos, caerían al piso con estruendo. 

Procedimiento aditivo


No es que haya horror al vacío, pero sí temor a la anorexia, la reducción, la espiritualización de la materia. El procedimiento es justamente el contrario: bulímico, aditivo y materialista: se trata de encarnar el espíritu, esto es, de hacerlo carne, o mejor, carnes, en plural; de amasar el espíritu y modelarlo en figuras rotundas y sin embargo, dada su materia prima, livianas como si estuvieran huecas. No hay horror al vacío, entonces, sino un equilibrio difícil entre lo pesado y lo ligero, entre lo colmado y lo escueto, entre lo mucho que está y lo poco que falta: el equilibrio que representan esas pirámides de gordos que sin embargo son gráciles, casi voladoras. Pirámides, corrillos, pilas, tortas de hoja de gorditos severos colocados en perfecto equilibrio, sin un ápice de apelmazamiento o congestión.


Pletórica es la gestualidad, que se multiplica sin fin y que se regodea en el desconcierto -unas figuras de perfil, otras de cabeza, estas que parecen nadar, esas otras que se estiran, aquellas que tornan los ojos al espectador o a las que voltean, airadamente o simplemente teatrales, los ojos al cielo-. Pero son gestos sin propósito ni significado, y por eso simples casos -letras- de un código, que es el que se quiere retratar y finalmente se retrata: igual que esos hombrecitos, esas huellas de pasos y esas vírgulas que encontramos en los códices mayas, los que prueban que un mundo existió y tuvo sus historias, vaya que las tuvo, pero son historias que solo los arrogantes y los ciegos creen poder saber interpretar.

La paleta


Pletórico es el color que viste esas gruesas figuras con los ropajes de una clase de fantasía que solo puede expresarse visualmente: rayas, cuadros, círculos… una paleta que por una vez cabe calificar de “exquisita” sin caer en el lugar común ni hablar babosadas. Pletórico es el color porque es todo, lo que queda en la mirada como eco y como resabio, lo que duele en la retina, aunque con un dolor dulce y admirado, lo que es todo pero al mismo tiempo es solamente lo justo, lo necesario, lo que conviene. Pletórico es el color, pero sin mancha; color de una abundancia que no es yuxtaposición sino generación incesante de la novedad y la sorpresa, como los seres vivos son fuente de calor o causa impredecible de movimiento. 


La plétora de la vida está aquí considerada y expresada, pero por una vía muy indirecta: la que aludea uno de sus lados, el más redondeado, el más muelle, aunque no por eso cándido ni santo; la vía de quien habla del mundo únicamente por medio de dos sentimientos: la ternura y la melancolía.


La materia de Graciela Rodo Boulanger es la plétora, y por eso el símbolo de su pintura es el elefante. Enorme, obeso, lleno de arrugas y sin embargo hermoso, de una hermosura a la vez inofensiva y letal.

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