Ideas

Es de nuestro destino hacer colas

“Esta vez la irritación con las colas viene provocada por las espectaculares filas que los transeúntes del centro de la ciudad pueden observar todos los días frente a las oficinas del Departamento de Tránsito”.
domingo, 5 de noviembre de 2017 · 00:00
Jorge Patiño Sarcinelli / Escritor

¡Cuánto tiempo pierde la humanidad haciendo colas! Aunque "perder” tal vez no sea el término más estrictamente apropiado, ya que al final de cada cola hay una especie de recompensa por el tiempo ahí transcurrido: un sello que transforma un papel en un documento, un asiento en el bus de vuelta a casa, la oportunidad de pagar o recibir lo debido, una entrada para ver a un ídolo, etc. 
 
Esas son todas razones casi siempre insoslayables que nos mantienen de pie haciendo cola detrás de otros seres condenados a la misma pena, en vez de dedicarnos a ocupaciones más placenteras o edificantes que todos, del ocioso al afanoso, tenemos como alternativas. Naturalmente, el ejercicio adquiere un aspecto dramático cuando la gente hace esa cola para obtener agua, pan o kerosene; un hecho que los periódicos transforman en imágenes emblemáticas de ciertos eventos o épocas. 
 
Una de muchas posiciones vitales
 
La mayor parte de la humanidad pasa una parte significativa de sus vidas en la posición horizontal y distribuye el resto de sus horas sentada, de pie o, en el caso de los devotos religiosos, amorosos o políticos, de rodillas. De todas esas posiciones vitales, probablemente la más grata es la horizontal contigua dinámica y quizá la menos es la vertical estática en cadena, vulgarmente llamada cola; más indigna e irritante a veces que la genuflexión suplicante. 
 
Pues, por más ingrata que sea esa posición, una gran parte de la población de los países eufemísticamente llamados "en vías de desarrollo”, se ve obligada a adoptarla como parte ya anestesiada de sus rutinas, en sus países o como inmigrantes maltratados. Lo vemos a diario: gente esperando horas para obtener un sello que toma cinco minutos estampar, sacar un certificado sin novedad, un turno ante la caja para hacer pagos de rutina o cobrar un derecho, etc.  
 
Observe y haga las cuentas querido lector y verá con tristeza cuánto de sus vidas pasa la gente -usted y yo incluidos- haciendo una y otra cola, sin ganar en ese ejercicio arte ni experiencia que valgan. ¿O se aprende a hacer cola? Tal vez se aprenda a hacerlas más llevaderas -inmunizándose contra la irritación, llevando un libro apropiado, conversando con el prójimo- pero no aprendemos a hacerlas más cortas.
 
La marca de la burocracia
 
Esas culebras humanas que se arrastran sobre el cemento son la marca y consecuencia de alguna de las formas de escasez que afligen a las sociedades más pobres o peor organizadas: falta de alimento, limitaciones de infraestructura, personal poco numeroso o calificado, o, las peores de todas las carencias: las de sentido común y de respeto por el ciudadano indefenso. 
 
Las primeras carencias, siendo materiales, son fáciles de reconocer y admitir, pero las colas provocadas por la ausencia de sentido común y respeto por el prójimo anónimo empeoran sin justificación la vida ya bastante sufrida del ciudadano del tercer mundo. Es un daño evitable: el sentido común y el respeto no vienen con el desarrollo económico, ¿o cree el lector que sí?
 
Las colas forman parte del paisaje urbano de las ciudades desde que éstas proliferaron al límite de sus infraestructura o instituciones. 
 
Ya fue así, me aventuro a decir, entre los antiguos egipcios, romanos y chinos. Nuestra ínclita ciudad no es una excepción, ni en este Gobierno ni en los anteriores: así que esta protesta que aquí expreso no es motivada por alguna particular novedad ni es una crítica a este Gobierno (que otros pecados criticables ya tiene).
 
El vía crucis de la licencia
 
Esta vez la irritación con las colas viene provocada por las espectaculares filas que los transeúntes del centro de la ciudad pueden observar todos los días frente a las oficinas del Departamento de Tránsito en la Mariscal Santa Cruz. Al que no haya pasado por ahí, puedo relatarle que a diario se forman colas que van de la esquina de la calle Cochabamba hasta el colegio del Sagrado Corazón. A la velocidad que avanza, la fila es, para los que la sufren, interminable. 
 
Muchos de los infelices obligados a hacer esta fila cumplen uno de los pasos necesarios para la obtención o renovación de su licencia para conducir: el certificado de buenos antecedentes emitido por Tránsito; el que, sumado al certificado de examen médico satisfactorio, da derecho a hacer otra cola, la de la obtención de la referida licencia en el SEGIP. Así lo han dispuesto los ingenieros sociales que han diseñado el proceso de obtención de la licencia.
 
Estimo que entre la cola en el banco para pagar el derecho a hacer las otras colas, el examen médico, la terrible cola para sacar el certificado de buenos antecedentes, la cola final para obtener la licencia y el tiempo de un lugar a otro, los interesados deben invertir unas seis a ocho horas, poco más o menos, amén de los pesos que se gastan en los formularios correspondientes. Si multiplicamos estas horas por el número de personas que las pierden una vez cada tres o cinco años, podemos tener una idea del impacto que esa mala ingeniería tiene en la economía nacional y el hígado colectivo. 
 
Innecesarias invenciones humanas
 
Las colas evidentemente no son un fenómeno aislado. Si bien por un lado, como sugiero antes, son la consecuencia de carencias del subdesarrollo, con demasiada frecuencia son innecesarias invenciones humanas, producto casi siempre del torpe ingenio de alguien que, sin la menor preocupación por el tiempo ajeno, introduce la necesidad obtener un algo cola mediante. Es decir, son la manifestación visible de los males que asociamos a la idea de burocracia.
 
Insisto, el mal de las colas no es invención de este gobierno. Es más, hasta diría que, en mi limitada experiencia, hay trámites que han mejorado notablemente –por ejemplo los de obtención del carnet de identidad y pasaporte- y creo percibir en casi todas las ventanillas una amabilidad antes menos frecuente. Esto, me animo a decir, es producto de las menores tensiones sociales en el tiempo de Evo, pero mi perspectiva es obviamente sesgada y no vale mucho, estadísticamente hablando.
 
Lo que es cierto es que con la disposición de que casi todos los trámites son personales, han desaparecido en gran medida los "tramitadores”, y todos sin  excepción tenemos que sufrir los vía crucis que impone la creatividad de la burocracia estatal. Todos somos iguales ante la ley y ahora todos somos iguales ante los caprichos e ineficiencias de la burocracia. Sin duda hay consuelo en sufrir a la par que los demás: al final de cuentas, ya estamos todos encadenados juntos en la cola infinita que espera la barca de Caronte.

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