Análisis

El imperio del norte

El norte se ha dado forma de dirigir al país a lo largo de la historia. Una tendencia que se ratificó en el gobierno del líder norteño Evo Morales, y que el debilitamiento de éste pone de nuevo en entredicho.
domingo, 10 de diciembre de 2017 · 01:00

Fernando Molina

El siglo XIX boliviano puede estudiarse como una lucha entre el norte y el sur del país, que terminó con el triunfo de los liberales paceños sobre los conservadores sucrenses en 1899. Desde entonces, La Paz es la sede de Gobierno y también la cabeza económica del país.


Fueron los intereses norteños los que modelaron las principales decisiones bolivianas del siglo veinte, entre ellas un arreglo con Chile, en 1904, por el que Bolivia renunció al enorme litoral que perdió en la Guerra del Pacífico (en el sur) a cambio de que se le garantizara el comercio a través del puerto de Arica (en el norte). 

Durante la Revolución


Fue el norte, también, el escenario principal de las vicisitudes políticas de la centuria pasada: las revueltas contra los gobiernos liberales y, paralelamente, la formación de un nacionalismo radical que con la Revolución Nacional, en abril de 1952, creó el Estado interventor y productor que le convenía a La Paz, ya que centralizaba en esta ciudad, y aún más, en el Palacio Quemado, la toma de las principales decisiones del país. 


La centralidad del norte durante la era nacionalista se explica por la presencia en esta región de las bases materiales del poder: la minería; las organizaciones sociales más politizadas, los sindicatos mineros; La Paz, la urbe más poblada de esta parte de los Andes; la casi totalidad de la burocracia del país, y la nueva élite minera que formaron los nacionalistas y que el eufemismo llamaba “mediana” para no contradecir la propaganda de la revolución sobre la definitiva expropiación de la oligarquía del estaño. 

El debilitamiento del norte


La descomposición de los fundamentos de este poderío alcanzó su punto crítico en 1985 por dos fenómenos. Primero, la caída de los precios del estaño y otros minerales, y por tanto la debacle de la minería industrial nacional (en las dos décadas siguientes únicamente sobreviviría un puñado de empresas transnacionales). Segundo, el desmantelamiento del Estado fundado por la Revolución Nacional, con el objetivo de contener la hiperinflación que asolaba al país y se debía a la ineficiencia y al sobreendeudamiento de las empresas estatales. 


El norte perdió mucho durante el proceso de achicamiento del Estado. Las capas paceñas más elevadas obtuvieron estabilidad macroeconómica y cargos bien pagados en el Poder Ejecutivo y en las empresas privatizadas, pero las clases medias y, en especial, las bajas, vieron reducidas sus oportunidades de empleo seguro y cómodo en las compañías estatales, sufrieron la desaparición de las tarifas subsidiadas con las que se beneficiaban, y perdieron capacidad para influir sobre el curso de los acontecimientos mediante la actividad corporativa de sus sindicatos.

El oriente


Los mismos hechos que determinaron el empobrecimiento de La Paz aseguraron, simétricamente, el éxito económico de Santa Cruz y del polo oriental de desarrollo. Un país que por culpa de la crisis minera exportaba mucho menos, que estaba ávido de divisas extranjeras, puso sus esperanzas en la agricultura intensiva del este cruceño. Por eso, durante el periodo del “Estado chico”, la élite cruceña libó las mieles del poder e incluso comenzó a decirle a la dirigencia paceña qué hacer.


En el seno de las clases medias paceñas desplazadas por estos fenómenos fermentó el malestar contra el neoliberalismo a fines de los “felices noventa”. Este malestar se incrementó paulatinamente hasta que los descubrimientos de gas crearon las condiciones para que el financiamiento de un Estado fuerte, capaz de garantizar el pleno empleo y la provisión de servicios baratos, pareciera nuevamente posible.

El retorno del dominio norteño


El principal efecto político del renovado estatismo fue el éxito de Evo Morales y su partido, que llegó al poder para poner el orden neoliberal al revés.


Esta promesa exigía que Morales descartara la ilusión de ocupar una posición equidistante entre las fuerzas en lucha (sostenida en cambio por las anteriores autoridades democráticas, que trataban de identificarse con el orden legal); por el contrario, tomó partido constantemente, y en particular en contra del oriente y el sur del país, donde las clases adineradas se habían trasladado -si no física, espiritualmente- para erigir una plaza fuerte contra un Gobierno que quería dañarlas y someterlas. 


La oposición de estas clases al “proceso de cambio” encontró así una base regional y adquirió fuerza de masas. La ideología subyacente era la construcción de una sociedad que fuera la imagen especular, invertida, de la que buscaba el evismo. Una sociedad consagrada a la creación de riqueza -al punto de subvalorar las posibles consecuencias ecológicas y sociales de ésta-, dispuesta a respaldar ampliamente la inversión extranjera y dotada de un prolijo orden político. 


El conflicto se desarrolló intensamente entre 2003 y 2008, luego decayó y no se solucionó del todo hasta 2013. Puede considerarse el último de los enfrentamientos históricos entre el norte y el resto de Bolivia, y fue ganado por Morales gracias a una serie de sucesos ocurridos en 2008 (de los que no puedo hablar aquí) y a los que siguieron. Morales se convirtió así en el último héroe del predominio paceño sobre el país. El evismo puede describirse como la más reciente expresión del andino-centrismo, una de las fuerzas que ha modelado la historia boliviana del último siglo.

La situación actual


Con el tiempo la animadversión de Morales contra la porción “más liberal” y contestataria de Bolivia fue decreciendo, conforme la resistencia de esta parte del país se hacía más débil. Toda la élite económica y parte de la élite política de Santa Cruz, convencidas de que nada podía detener al estatismo centralizador que representaba el Presidente (en esto juegan un papel clave las oleadas de emigrantes indígenas laboriosos y desesperados que recalan en el oriente y están cambiando la psicología y la ideología de esta región), también se sumaron al evismo. 


Fue un trato recíproco. El éxito económico del país también permitió que el Estado principalmente redistribuidor diseñado inicialmente por el evismo incorporara ciertos elementos de la ideología productivista y atenuara su antagonismo con la acumulación privada que defienden las élites cruceñas.


Podemos decir, entonces, que la brecha  entre el occidente y el oriente se fue cerrando. Morales construyó el nuevo orden norteño de la historia del país. 


Pero este aparece nuevamente cuestionado ahora, gracias al distanciamiento del electorado cruceño respecto a Evo, que se ha comenzado a traducir en una presión interna sobre las élites regionales para que se produzca una nueva ruptura con el todavía líder del norte (cuyas bases de sustentación en esta región, sin embargo, también se debilitan).

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