Letra 7

María Esther Ballivián, artista fascinante

Un homenaje a la artista desaparecida, una de las más importantes de la generación de la Revolución Nacional.
domingo, 17 de diciembre de 2017 · 00:00

Luisa Fernanda Siles Escritora
 

“Nos abandona de pronto en un día deslumbrador. Mujer ungida por la gracia, fulguración de belleza, talento y simpatía, infundió el hechizo de su personalidad irradiante en todo su contorno de vida y de arte. Dama de sociedad, al mismo tiempo bohemia, pintora, maestra, viajera, su actividad existencial de mujer moderna no dejaba por ello de evocar con el impulso ritmo de su imagen la sensación de brisas y de flores que acompañan a la Primavera de Boticelli. El destino de una figura así excepcional, no podía regirse por los términos vulgares de la destrucción paulatina. María Esther Ballivián no podía detenerse en las estaciones intermedias del declive físico. La serpiente de la fatalidad en este caso no ha interrumpido la sinfonía: por el contrario, ha elevado al tema alegórico al éxtasis de la definitiva alegría. La incansable viajera tenía que irse como se ha ido. Así la veremos siempre, llena de vida y eternamente joven”. 


Así escribió Augusto Céspedes en julio de 1977 en su columna de prensa. Creo que nadie pudo delinear, con más claridad, un esbozo de María Esther como lo hace Céspedes, con su prosa poética y contundente. La admiración mutua entre el escritor y la artista plástica había moldeado una gran amistad entre ellos, desde los días que se conocieron en París, a fines de los años cincuenta.


Yo era una niña cuando los estudiantes izquierdistas enardecidos manifestaban con  mayo del 68 en el corazón, los titulares de los periódicos del mundo pregonaban la noticia del alunizaje del Apolo XI y el canal 7de Televisión Boliviana abría sus puertas. Mi madre se unió a la selección de artistas plásticos y jóvenes intelectuales que tenían la responsabilidad de hacer que el canal estatal saliera al éter por vez primera el 30 de agosto de 1969. En este grupo de creadores destacaban María Esther Ballivián, Alfredo La Placa, Betty Mendieta, Juan Recacoechea, Carola Sánchez Peña .


Como hija única que se aburre por las tardes en casa, creyéndome invisible yo erraba por los estudios televisivos y no le quitaba ojo a María Esther, quien años más tarde sería mi madrina de primera comunión. Ella, iluminada por reflectores  frente a las cámaras presentaba “El mundo de la mujer” o  era maquillada por mi madre, antes de conducir “Visitando galerías”, un resumen cultural de las exposiciones realizadas en la ciudad. 


Tengo bien presente en mi memoria sus ojos vibrantes, pedacitos de cielo que contrastaban con sus  cabellos azabachados y cortos. La silueta alargada e imponente, los rasgos clásicos, la apariencia de una mujer bella y encantadora. Se la percibía vanguardista e inteligente, ocurrente y culta, anticonvencional y bohemia, inquieta y de visión universal. Se fue como cuando se apaga una llamarada, de golpe, y demasiado pronto, dejando a todos conmocionados.


Sin duda yo era muy chica para aferrar la finura de los rasgos de su personalidad, pero su imagen casa  perfectamente con los recuerdos que tengo de ella. Remembranzas reforzadas por las palabras de mis padres, que la apreciaron tanto.

Temprana artista


También sé que María Esther desde muy temprano deseó ser artista plástica, que se pasaba horas dibujando con una tiza en el piso de piedra en la chacra de Miraflores, y luego en las baldosas de pizarra en la finca de San Jerónimo, en Coroico, lo cual no asombró a la familia, pues Elisa de Ballivián, bisabuela paterna de María Esther y Zenón Iturralde, tío abuelo materno, también lo fueron en sus días. 


La hija mayor de Rosa y Rafael Ballivián se matriculó en la Escuela de Artes Hernando Siles.

posteriormente en la Escuela de Artes de Lima, y fue alumna del lituano Rimsa. Más tarde en París  se paseó por los museos, maravillada por las telas de los grandes maestros, pues ellos son el faro para aquellos que escogen la creación plástica y están en la búsqueda del propio camino.


Claude Monet dijo “no entiendo por qué la gente quiere entender mis pinturas, cuando es suficiente con disfrutarlas” Debo ampliar “y sentirlas”. La verdad es que los contornos rítmicos, las siluetas generosas de los cuadros de María Esther Ballivián seducen. Los desamueblados entornos desparecen, dejando a las figuras como puntos focales en una atmósfera indefinible, desconcertante.

Despojados de detalle, pero bañados de luz, los cuerpos femeninos emergen delicados y opulentos.

Fuerza y dulzura. Dualidad de femineidad y poder. Alegato de la mujer en la nueva sociedad. Quiérase o no, ella pertenece a la generación de mujer/madre que tomó las banderas feministas y reclamó sus derechos.

Más fresca que nunca


Una María Esther fascinante, honesta, sincera, fiel a sí misma, habla a través de sus trazos refinados, impregnados de emoción, y sin duda cruza la orilla hacia las nuevas generaciones. Lo cual confirma que el lenguaje estético se impone al tiempo, y eso es logrado por unos cuantos elegidos. Cuatro décadas después de su fallecimiento, la obra de María Esther Ballivián parece más fresca que nunca.


Eran tiempos en que la ciudad de la Paz brillaba como una joyita clavada en su hondonada. Tres tardes a la semana Chelita Postigo de Céspedes, mi madre, iba de copiloto en el Volkswagen beige conducido por María Esther. Trajeadas con atuendos  psicodélicos, conversando y divertidas pasaban la Ciudad Satélite donde las antenas de televisión se alzaban como mástiles hacia el cielo, justo antes de llegar  a las instalaciones del canal 7. 


De rato en rato mi madre observaba a María Esther. Su amiga era distraída, parecía estar siempre pensando en formas, proporciones, paletas y nuevos  proyectos; irradiaba simpatía y una luz que le nacía desde muy  adentro. María Esther Ballivián era joven, hermosa y grande, tal como la recordamos hoy.

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