Ensayo

Una novela fatídica sobre la Guerra del Chaco

Aureliano Belmonte Pool escribió una novela en la que, años antes de la guerra con el Paraguay, imaginaba ésta en muchos de sus detalles. Increíblemente, nadie le prestó atención, antes o después de la contienda.
domingo, 3 de diciembre de 2017 · 00:00

Freddy Zárate Escritor

El conflicto bélico con el Paraguay (1932-1935) fue el evento más traumático que vivió la sociedad boliviana en la década de los años 30. Las vivencias existenciales del Chaco fueron manifestadas -de forma parcial- en diarios de campaña, obras pictóricas, novelas y cuentos. Dentro de la amplísima bibliografía chaquística se encuentra una curiosa novela de tinte profético y dramático.


A finales de los años 20, el escritor Aureliano Belmonte Pool publicó esta novela intitulada  Carne de conquista  (Imprenta Continental, La Paz, 1927). Un aspecto llamativo de ella es haber vaticinado la Guerra del Chaco cinco años antes de haberse iniciado. El libro representa para el autor la “fatalidad de ser siempre la víctima y de no poder imponer un yugo, sino siempre soportarlo… Ante la América y ante el mundo, nosotros somos los únicos que podemos gritar: ¡Hemos sido robados, saqueados y escarnecidos!”, escribe con emoción Belmonte en la introducción del libro. 


Los escasos datos biográficos de Aureliano Belmonte Pool refieren  que incursionó en el periodismo y posteriormente ingresó a la arena política. Utilizó el seudónimo de “Ramsés” (nombre de uno de los faraones egipcios) para dar a conocer sus escritos periodísticos, literarios y políticos. La prematura muerte de “Ramsés” hizo que su legado literario pasará inadvertido, justo cuando su pluma y su accionar político se afianzaban.

La trama


El relato comienza denunciando las viejas y arraigadas costumbres políticas, el saqueo al erario nacional, la doble moral y la pugna constante por alcanzar el poder. La vida cotidiana de La Paz se desarrolla en las tabernas, “las cuales son la casa y el hogar de la juventud”. Los principales protagonistas de la novela son alcohólicos consuetudinarios “de los que el país está compuesto casi en su totalidad”, asevera “Ramsés”.


El ambiente sociopolítico recreado por Belmonte es electoral: resulta vencedor el candidato Juan del Mercado. Una vez posesionado como presidente de la república, nombra un secretario de Estado. Es a través de este funcionario público que se van ventilando las decisiones “secretas” del Alto Mando Militar, que tiene pensado iniciar la guerra con el Paraguay. Esta información es revelada al protagonista Enrique, quien, a partir de esta indiscreción, empieza a vislumbrar pasajes espeluznantes: “Veo visiones y escucho la voz de los fantasmas… A quién sino a mí se le puede ocurrir que escucha anunciarse la Guerra con el Paraguay. Decididamente debo moderarme, pues a este paso estoy a punto de sumirme en un delirium tremens”. 


El presidente Juan del Mercado se propone hacer de su mandato un verdadero camafeo, algo que no tenga par en la historia de Bolivia. Estos impulsos -cargados de ingenuidad- hacen que en poco tiempo adopte políticas erróneas que llevarán a la guerra con el Paraguay. El secretario de Estado atestigua la adquisición de armas destinadas a la guerra: “Debido a las atinadas y eficaces gestiones que practicamos, pudimos adquirir a precio razonable 1.000 fusiles, muchas ametralladoras y buen número de cañones… Esos pertrechos bélicos se encuentran ya en nuestros arsenales y en breves días más serán utilizados por nuestro glorioso Ejército”, dice. 


Así, el escritor “Ramsés”, a través de su protagonista Enrique, vaticina la equivocada decisión de ir a la guerra: “¡Íbamos a suicidarnos marchando a la guerra con el Paraguay! Sin comando eficaz, huérfanos de organización capaz de servir en un gran hecho de armas y hasta sin camillas… sin medios para que la tropa no se muera de hambre en el camino o en último caso no se sacrifique a la población civil”.

La falsa ilusión


El ambiente político previo al inicio de la guerra conduce a la ilusión. El presidente Mercado exclama a la población: “¡Tenemos el Ejército más aguerrido de Sudamérica!” y proyecta una imagen débil del Ejército guaraní: “El soldado paraguayo es propenso a la retirada porque existe en él cierta falla que consiste en darse a la huida inmediatamente… El Ejército paraguayo carece de armamento suficiente”. Esta campaña mediática es asumida favorablemente por la población boliviana, que cree en su supremacía militar y clama vehementemente: “¡Guerra!, ¡guerra! Cual un rebaño que ignora a dónde le conducen, se aprestaba frenético a marchar a la derrota”.


En breve tiempo empiezan las hostilidades en el Chaco, con “150 hombres que en un momento guarnecían al Fortín... ha iniciado el primer ataque y el regimiento paraguayo apostado al frente fue la víctima… Naturalmente, ante la embestida de los nuestros, los paraguayos se defendieron bravamente. De improvisto una reducida fracción de adversarios se lanzó impetuosamente contra los nuestros y sufrió la consiguiente represión… el resultado produjo pánico, hizo que huyeran a todas las direcciones sin atinar siquiera a llevar consigo sus armas”. 


Esta noticia se difunde por todo el país. Se van apaciguando los delirios insanos de patriotismo arrebatador. Los primeros destacamentos militares rumbo al Chaco “lograron arrancar verdaderos desgarramientos de emoción y no hubo mirada por la cual el llanto no hubiera circulado”. Pero a medida que los trenes salen rumbo al campo de batalla se van desvaneciendo las ovaciones patrioteras. 
 
Un final también profético


A solo tres meses del inicio de la guerra el presidente Juan del Mercado es derrocado. Los continuos desaciertos del Alto Mando Militar han ido diezmando al Ejército boliviano: “Todo porque el Jefe del Estado Mayor y sus principales lugartenientes la noche predecesora (se la pasaron) bebiendo y bebiendo, acordaron un plan insensato de ataque… Indignamente alcoholizados ordenaron que las fuerzas partieran precisamente en la dirección que los adversarios se hallaban más fuertes…, una tragedia que erizaba los cabellos”. 


El pueblo boliviano acrecienta su rechazó al gobierno, el destituido presidente “don Juanito” por las dudas se ve forzado a dormir en un convento o en la casa de algún humilde obrero. El abrupto cambio de mando no mejora la conducción estratégica en el campo de batalla; se va agudizando el deterioro del Ejército boliviano: “Enfermos casi todos los soldados y nutridos con los pocos alimentos que por suerte podían encontrar y desfallecientes por el clima, por los espantosos arenales y por las incomodidades, pues carecían de cuarteles donde alojarse, ante el enemigo, en las batallas finales se presentarían signos propicios a la carnicería…. La muerte se alzaba al frente, más poderosa que el heroísmo”. 


Un día la prensa anuncia en sus titulares: “Por razones de estrategia, las fuerzas bolivianas se han replegado en el interior de los territorios en disputa… El Chaco ha sido abandonado, siguiendo el plan habilísimo del general Marqueta”. Pero en realidad el plan “estratégico” de Marqueta es una farsa, una impostura, no hay tal movimiento: “Lo que había era un vasto campo enrojecido por la sangre de los defensores de Bolivia y por los cuerpos desgarrados de las víctimas de la locura política y de la deficiencia militar”. 


Finalizada la contienda bélica con el Paraguay, “Ramsés” narra cómo se suscitó el recibimiento del Ejército boliviano por parte de la población: “Hoy a las tres de la tarde, arribará a la Estación el destacamento que acompañó al Estado Mayor durante todo el tiempo de las operaciones… ¡No debe quedar un hombre en la ciudad!, ¡todos a la Estación a recibir a estos guerreros victoriosos!, ¡gloria a nuestros héroes!”.


Muchos de los pasajes de la sombría profecía de “Ramsés” se cumplirían. Sin embargo, la novela futurista no alcanzó a generar un debate favorable o crítico –previo o posterior a la guerra– en círculos académicos, literarios y universitarios. Aureliano Belmonte Pool presintió que su novela produciría indignación cuando fuera leída y que no faltaría quien lo catalogara como “traidor” o “antipatria”, pero el destino fue mucho más cruel de lo que se imaginaba. La novela  Carne de Conquista  fue totalmente silenciada, como una forma de castigo a su temprana crítica a los desaciertos militares, políticos y la mitificación del heroísmo patriotero de los soldados en el Chaco.

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