Nuevas Tecnologías de la Información

Muchedumbres digitales

El investigador señala que uno de los desafíos de las ciencias sociales es entender, descifrar y comprender este nuevo universo social que se configura en internet.
domingo, 26 de marzo de 2017 · 00:00
Armando Ortuño Yáñez investigador social

 

Vivimos tiempos en que un meme vale más que un discurso y en el que las redes sociales un día son ungidas en el altar de la democracia y en el otro se hunden en el barro de las manipulaciones.

Todos buscamos nuestros 50 likes de fama virtual, adoramos al gatito chistoso que aparece en el feed, un segundo después de la foto de un accidente, la nueva bicicleta del primo, un sesudo comentario político, una caricatura del Evo y un largo e interminable etcétera de imágenes, ideas, videos, gifs y sentimientos. Creemos que participamos, que opinamos, que influimos y hasta que somos iguales, muchedumbres digitales entusiastas, ingenuas, perversas y creativas.

Justamente, uno de los retos actuales de las ciencias sociales consiste en descifrar y comprender este nuevo universo social que se va expandiendo y complejizando día a día con la difusión de los artefactos de pantallas negras y las tecnologías asociadas a su uso. Dado que su centralidad en la vida social contemporánea está ya fuera de duda, lo más desafiante es entender sus interacciones con los sentimientos, comportamientos, culturas e ideas humanas, entendiéndolos no como ajenos a nuestras pieles, cerebros y espíritu, sino como algo que nos modifica y que, al mismo tiempo, nos aporta nuevas posibilidades de transformar nuestro entorno para el bien o para el mal.

Todo este cuento viene al caso por la presentación esta semana del libro Bolivia Digital, 15 miradas acerca del internet y sociedad en Bolivia, coordinada por mi colega Eliana Quiroz y  auspiciado por el Centro de Investigaciones Sociales, en la que he tenido el privilegio de reflexionar sobre los principales rasgos de las desigualdades en el acceso y uso del internet en Bolivia. 

Disparidades que deben ser necesariamente contextualizadas en el momento de desarrollo tecnológico y de transformación que ha experimentado el país en el último decenio, y que requieren para su comprensión cabal ser relacionadas con las desigualdades históricas que han configurado al país.

El punto de partida más obvio sobre las disparidades sociales en el uso de internet consiste en contrastar a los pobres con las clases medias y los ricos, a las personas de edad mayor con los jóvenes, o a los habitantes de las zonas rurales con los urbanitas. Esto, además, en un contexto donde nos imaginamos que las infraestructuras de conectividad son poco densas y donde una gran mayoría de la población no tendría ningún tipo de relación o experiencia con este medio. 

Este panorama se ha empezado a desestructurar rápidamente en el último quinquenio por la expansión de las tecnologías móviles asociadas a una coyuntura de alto crecimiento económico, fuerte movilidad social y elevada inversión en infraestructuras de comunicación. Hoy, casi un 55% de la población adulta dice tener algún tipo de experiencia con la red de redes, un 40% la utiliza con cierta frecuencia y casi un millón de bolivianos lo hace diariamente. Sin olvidar a los cuatro de 10 bolivianos que aún no han tenido esta experiencia, esta expansión está creando un piso social diferente para pensar en un mayor desarrollo del sector y en una acelerada inserción de la población, sobre todo la más joven, en el universo de las prácticas digitales.

Por supuesto, este proceso está reconfigurando las disparidades en el uso de la web por género, edad, nivel socio-económico, educación y lugar de residencia. Algunos de estos factores siguen siendo determinantes pero su incidencia está variando. Las variables ligadas a la localización o la disponibilidad de infraestructuras y dispositivos tecnológicos están perdiendo peso, mientras que aumenta la importancia del nivel socio-económico y de la edad como poderosos elementos de diferenciación.

Se estarían desplegando dos grandes tendencias simultáneas: por una parte una lógica de convergencia de una buena parte de los ciudadanos, sin importar su edad, nivel socioeconómico, género o autoidentificación étnica, hacia un nivel de utilización y de complejidad media del internet, que sigue siendo de menor frecuencia y calidad en relación a estándares regionales, aunque esta brecha tiende a disminuir; y, por otra, parte la aparición de un grupo de vanguardia que está aprovechando al máximo las posibilidades de estas tecnologías, conformado principalmente por internautas hombres, de nivel socio-económico medio-alto y en edad de estudios medios o universitarios.

Conviven pues dos lógicas paralelas de convergencia y de polarización, dinamizadas por la expansión de las tecnologías móviles y las diferenciaciones por edad y nivel socio-económico.
 
Esto coexiste con un perfil de utilización masivamente concentrado en actividades de entretenimiento y de participación en redes sociales, común a todos los segmentos sociales, y con una incipiente aplicación de estos instrumentos a prácticas educativas y laborales/empresariales complejas. 

Sin embargo, el crecimiento de las experiencias en redes sociales o en actividades lúdicas (como los juegos o la descarga de videos o música) está mostrando que hay habilidades que se están desarrollando y que potencialmente podrían servir para otros fines. Esta tendencia se observa también en la creciente complejidad y uso múltiple de plataformas que se está generalizando desde la popularización del celular inteligente.

Frente a este panorama tan cambiante, los sistemas educativos formales se han ido adaptando con mucha lentitud. Los internautas indican que el sistema educativo no habría sido hasta ahora un factor determinante para mejorar la calidad de su uso de este medio. 

Los cambios en los patrones de utilización del internet en Bolivia se habrían debido principalmente a transformaciones en la oferta tecnológica, en los mercados de consumo de telecomunicaciones y a motivaciones de índole personal de los usuarios, como el interés en conocer nuevas tecnologías, el tipo de sus relaciones personales o el capital cultural de sus padres.  Así pues, los espacios digitales tienden a expresar por el momento con más fuerza una cultura individualista, consumista y social y culturalmente segmentada.

La dimensión lúdica, inmediata y radicalmente fragmentada de las audiencias virtuales esta, por otra parte, cambiando el consumo de información en las redes sociales, descomponiendo jerarquías mediáticas, jubilando a cierta comunicación política masiva, incentivando nuevos negocios y favoreciendo formas renovadas de activismo. 

Sin embargo, no todo es rosa en este edén virtual, su evidente potencial democratizador convive con la más brutal frivolización de la política y es también un lugar particularmente favorable a los demagogos y odiadores de la peor calaña. Ni cielo ni infierno, apenas un excitante purgatorio numérico en el que nunca debemos abandonar la esperanza. Lean el libro o el pdf, se los recomiendo.


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