Ensayo

Los hombres que acosaban a las mujeres

Según Patiño, la cuestión está en un punto tal de reflexión y conciencia colectivas, que el debate debe ahora extenderse a los círculos masculinos
domingo, 30 de abril de 2017 · 01:00
Jorge Patiño Sarcinelli  matemático y escritor

 

Tres episodios recientes con hombres de la televisión, han traído a la noticia aspectos del acoso sexual: un gerente de BTV, Bill O’Reilly, animador de Fox News; y José Mayer, otrora galán de telenovelas brasileñas, han sido acusados de acoso y han pagado por ello. Los detalles están en la prensa. 

Mayer, despedido, se disculpó admitiendo que: "Lamentablemente, soy fruto de una generación que aprendió, equivocadamente, que actitudes machistas,  invasivas y abusivas pueden ser disfrazadas de juegos o bromas, pero no lo son”. La reflexión, sincera o no, es válida. Hay que reconocerle lucidez en la salida.

Motivada por la reacción popular al "caso Mayer” la revista brasileña Veja publicó un reportaje con relatos de mujeres sobre sus experiencias siendo acosadas. Me imagino que su lectura no produciría en nuestro público femenino mucha sorpresa. Son episodios similares a los que ellas probablemente han vivido u oído de otras. 

Por muchas buenas razones, las mujeres han tomado la iniciativa en el debate sobre el acoso sexual y me parece que, aunque la cuestión es ya parte de la agenda contra la violencia de género, todavía sigue siendo debatida mayormente en círculos femeninos.

A corto plazo nada sustituye la indignación y la bronca que sólo puede sentir alguien que ha sufrido acoso en carne propia o cercana; y este sentimiento es un motor imprescindible para luchar contra las cultura y actitudes que dan lugar a esa agresión. La sociedad le debe esta agenda a la convicción feminista. Podríamos incluir otras formas de acoso en la discusión, pero el espacio lo impide.

Me parece que la cuestión está en un punto tal de reflexión y conciencia colectivas, que el debate debe ahora extenderse a los círculos masculinos más ampliamente. No basta que algunos tomen la palabra; los hombres deben pasar de la admisión conceptual del problema al reconocimiento particular y personal de sus manifestaciones. 

Las formas particulares de acoso relatadas en el referido artículo de Veja cubren un amplio espectro de comportamientos nocivos, desde elpatológico –digamos un hombre que manosea a una niña- hasta lo que muchos hombres consideran comportamientos quizá de mal gusto, pero socialmente aceptables en ciertos códigos prevalecientes.

No puedo sugerir una caracterización de esos varios comportamientos porque mal conozco el de mis congéneres. Los hombres de mi generación (o al menos los que conozco) no hablamos de esas cosas; en todo caso no en los términos sinceros en los que se debería dar esta discusión.
 
Sólo sé lo que veo, y es poco.

Pero he visto suficientes muestras de ese comportamiento que las mujeres señalan como acoso, o aquellos que sin llegar a esto delatan el mismo machismo, para saber que el problema es inaceptablemente difundido, incluso entre los considerados "buenos tipos”. Ellos quizá no saben lo que hacen, pero hay que hacerles saber. 

Es hora, insisto, de que los hombres participen de manera extendida en esa discusión para que se les haga notar en forma específica, concreta y personal que ciertas actitudes, que ellos creen que son expresiones inofensivas de un código de comportamiento, son en realidad actos inaceptables que lastiman no sólo principios abstractos, sino a personas. Sólo en lo concreto personal doloroso se ponen a prueba las convicciones. En el salón y en la columna todos somos ecuánimes y tolerantes. 

Los hombres, encerrados en sus códigos, no pueden por sí solos identificar las formas de acoso en las que incurren a veces involuntaria o inconscientemente. Cabe por eso a las mujeres en todos los ámbitos trasladar su conciencia del problema a la pedagogía activa, llamando la atención de niños y hombres sobre las transgresiones cada que puedan, y a los hombres pasar a la admisión particular; por más bochornoso que les resulte. Siempre habrá recalcitrantes, pero ninguno debería poder alegar ignorancia. 

Esta sugerencia de que las mujeres tomen la iniciativa y actúen de catalizadoras de esas discusiones no pretende transferirles la responsabilidad por corregir un problema que es de la sociedad. Pero es importante que esos ejercicios, hipotéticos si se quiere, no se constituyan en condenas pre establecidas, como si no hubiese códigos y contra códigos. 

Dejemos de lado las formas de acoso donde interviene un acto físico obvio; digamos el hombre que manosea a la niña, o Trump y la vagina. Esto no amerita mayor discusión. Sin embargo, cuando ese acoso o percepción de acoso vienen de un acto puramente verbal, o una mirada silenciosa, surgen todas las ambigüedades de la comunicación humana; el campo minado donde acecha el acoso.

Hay mujeres que no quieren ser miradas, y las que quieren. Las primeras tienen derecho a que no se las mire y las segundas a provocar miradas. Para complicar las cosas, éstas no las quieren de cualquiera. Una mirada puede ser ofensiva, curiosa o galante sin mucho cambio en las cejas.
 
Es necesario tacto para distinguir, pero son innegables e inevitables las ambigüedades que intervienen en ello. 

El diccionario de la RAE da la siguiente definición: 

Acoso sexual: Acoso que tiene por objeto obtener los favores sexuales de una persona cuando quien lo realiza abusa de su posición de superioridad sobre quien lo sufre.

No es la primera vez que una definición del diccionario deja escapar parte del sentido corriente. En este caso, el que hoy se adopta para el acoso sexual tiene más acepciones que la de esta definición. El acoso entre colegas, medie o no una cuestión de poder, es igualmente común y vejatorio. 

Ciertamente así lo entienden las mujeres que declaran en Veja haber sido acosadas. Aunque el diccionario no lo incluya, el problema que queremos resolver va más allá de la acepción antes citada. La definición de acoso sicológico captura otros aspectos del problema.

Acoso sicológico:  Práctica ejercida en las relaciones personales, consistente en dispensar un trato vejatorio y descalificador a una persona con el fin de desestabilizarla psíquicamente. 
No se trata de hacer lexicografía. Compartir una definición es el inicio de una comprensión compartida. 

La ley establece con justa razón penas severas contra los culpables de acoso. Esa severidad debe ir de la mano de claridad y ecuanimidad totales en su aplicación. Por esto los hombres deben engancharse en esta discusión, para entender, para explicar y para aprender. 

Los nuevos códigos de comportamiento que hagan del acoso algo marginal deben ser una construcción colectiva.


 

Sobre la última encuesta de Página Siete

Si usted es de los que necesita estar bien informado, puede acceder a la encuesta electoral completa de Página Siete, suscribiéndose a la aplicación PaginaSietePro que puede descargar de App Store o Google Play

 


   

92
1