Matasuegra

Marcha atrás

El escritor señala que ni el presidente Evo Morales, ni el presidente del Consejo Permanente de la OEA, Diego Pary, pueden anteponer su ideología a los intereses del país.
domingo, 9 de abril de 2017 · 00:00
Willy Camacho  escritor

 

El miércoles 29 de marzo, los venezolanos se desayunaron una indignante noticia: su Tribunal Supremo de Justicia decidió asumir las competencias de la Asamblea Nacional, argumentando que esta instancia legislativa se encontraba en permanente desacato.

Asimismo, el Tribunal le otorgó poderes extraordinarios al presidente Nicolás Maduro, lo que, según analistas internacionales, podía ser denominado "autogolpe”. Las sentencias del TSJ de Venezuela provocaron preocupación e indignación en gran parte del mundo, y la imagen del gobierno de Maduro terminó de enlodarse. 

Lógicamente, en Bolivia también hubo reacciones tras conocerse la noticia: los opositores condenaron la jugarreta antidemocrática, y los oficialistas se solidarizaron con sus pares venezolanos.

El presidente Evo Morales, vía Twitter, manifestó su decidido respaldo a Maduro; una posición opuesta a la de casi todos los gobernantes sudamericanos, que, con mayor o menor énfasis, repudiaron la decisión del TSJ de Venezuela, considerando que había violado el orden democrático de ese país.

Lo del presidente Morales no causa sorpresa, ya que siempre ha apoyado a los gobiernos afines al denominado Socialismo del Siglo XXI. De hecho, apoya abiertamente al régimen castrista, que se instaló en el poder hace más de 50 años, privando de democracia a Cuba durante todo ese tiempo.

Sin embargo, pese a que don Evo tiene derecho a manifestar su opinión y ser irracionalmente leal con su ideología, no se puede pasar por alto que cualquier declaración suya es asumida como una posición oficial de nuestro país, y por ende, afecta a las relaciones internacionales de Bolivia, para bien o mal.

Hace una década, cuando el dinero venezolano y la inteligencia cubana lograron consolidar un bloque latinoamericano de respetables dimensiones bajo la bandera socialista, quizá no resultaban tan graves los arrebatos discursivos de don Evo contra Estados Unidos y los mandatarios no alineados a la cruzada populista de Hugo Chávez. 

De cierto modo, en aquel contexto, que Bolivia perteneciera a ese bloque de naciones podía ser favorable para promover nuestra reivindicación marítima, incluso si eso implicaba que Morales defendiese la longeva dictadura de los Castro, las violaciones a la libertad de expresión en Ecuador o los escándalos de corrupción en la Argentina de los Kirchner.

Al fin y al cabo, los intereses de la nación están primero. Estados Unidos, por ejemplo, se autoproclama defensor de la democracia mundial, pero sus gobernantes no vacilan en traicionar ese principio cuando consideran que es lo mejor para el bienestar económico de su país. Claro que los norteamericanos tienen una política de Estado bien definida, más allá de las diferencias partidarias, y sus estrategias diplomáticas/intervencionistas no tienen que ver con ideologías, sino con una lectura profunda de la coyuntura geopolítica.

No estoy de acuerdo con el cínico imperialismo gringo, demasiado repugnante para mi gusto.
 
Pero el otro extremo, el de don Evo, tampoco es digno de admiración. Apoyar y justificar situaciones contrarias a la democracia y a los derechos humanos en otros países, aunque solo sea por demostrar consecuencia político-ideológica, es incoherente con el discurso democrático que se pregona dentro de Bolivia.

Actualmente, ni siquiera queda el pretexto del bloque bolivariano para hallar alguna razón válida a la terca postura de Morales, pues ahora, y en el futuro inmediato, Bolivia necesita conseguir el respaldo de la mayor cantidad de países, no solo para apuntalar nuestra demanda marítima, sino también para generar presión internacional y frenar los abusos que está cometiendo el gobierno chileno contra nuestros compatriotas.

Si los tuits de don Evo nos hacen un flaco favor, ¿qué se puede decir de la conducta de nuestro embajador ante la OEA? Falta averiguar si actuó solo o recibió órdenes (a momento de escribir esta columna no se sabe nada al respecto); y si las recibió, ¿quién se las dio, el canciller o el presidente? El caso es que Diego Pary, en su condición de presidente del Consejo Permanente de la OEA, decidió suspender la reunión –solicitada por 20 países– en la que se abordaría la situación política de Venezuela. 

Días antes de asumir el cargo, Pary ya había vertido duras críticas contra Luis Almagro, Secretario General de la OEA, acusándolo, en pocas palabras, de agredir al gobierno venezolano y falsear la realidad de esa nación.

La determinación del Consejo (realizar la reunión con la presidencia interina del embajador hondureño) merece un análisis aparte, pero refleja cuán poco influye Bolivia y el esmirriado bloque bolivariano en el contexto latinoamericano actual. En tal sentido, será difícil reparar el daño que esto ha causado a la imagen de Bolivia y atenuar las posibles consecuencias sobre nuestros intereses urgentes.

Así como el régimen venezolano no previó la magnitud del rechazo internacional que provocaría la sentencia de su TSJ, el gobierno boliviano sobrevaloró su grado de influencia regional. Creo que ambos errores se deben a una percepción distorsionada de la realidad: Maduro cree que está a la altura de Chávez; Morales cree que está a la altura de Fidel.

Finalmente, el TSJ "dio marcha atrás” (como tituló la prensa) y restituyó los poderes a la Asamblea Nacional de Venezuela. Quien no retrocede es don Evo, que –nuevamente vía Twitter– denunció un "golpe institucional”, refiriéndose a lo ocurrido con Diego Pary en el Consejo Permanente de la OEA, y no replanteó su opinión sobre el "autogolpe” de Maduro.

El senador René Joaquino (MAS) dijo que Pary "tiene que entender que no solo está representando a Bolivia... sino a todos los miembros que son afiliados de la OEA...”. Con algo más de valentía, el senador podría haber acotado: "Y el presidente Morales tiene que entender que no solo representa a un proyecto político, sino a todo el país”.

A pesar de las críticas de opositores y oficialistas, nada indica que Pary vaya a ser destituido (quizá porque solo acató órdenes). Evo no da marcha atrás; el respaldo internacional a la causa boliviana, sí.


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