Sociología vagabunda

Identidades en arenas movedizas

Suárez describe la construcción de la identidad a partir de la trama de la serie Orphan Black.
domingo, 14 de mayo de 2017 · 00:00
 Hugo José Suárez sociólogo

La fantasía sobre tener un doble, alguien idéntico a uno mismo, ha estado desde hace mucho tiempo en el imaginario de la humanidad. Recuerdo un conocido de mi papá, cuyo parecido asombraba a propios y extraños; en cierta ocasión, cuando mi padre andaba de viaje y mi madre tenía que cobrar un cheque girado a su nombre, acordaron pedirle a "su doble” que los ayudara, pues ella tenía la firma que él le enseñó previamente, y el rostro lo ponía el amigo (sólo era unos centímetros más bajo). Fueron al banco y todo funcionó a la perfección.
 
La identidad es un laberinto difícil de recorrer. Amplia literatura sociológica ha tratado de estudiarla y explicarla, y acaso el único consenso es que en la actualidad el dilema de las identidades está en el centro de la sociedad contemporánea. Podría acudir a autores y tratados, pero voy a detenerme en una producción televisiva especialmente sugerente: Orphan Black (serie canadiense estrenada en el 2013).
 
En un día cotidiano, Sarah, la protagonista principal que no pasa de los 30 años, va por el andén del metro y se encuentra sorpresivamente con Beth, una muchacha idéntica que se suicida delante suyo tirándose a los rieles. El shock es doble, tanto por el drama de ser testigo de una muerte como por el encuentro con el espejo. Toma su bolsa y los datos que encuentra no hacen más que confirmar el parecido.
 
Audaz y decidida, Sarah opta por asumir la personalidad de la difunta para extraer dinero de una cuenta bancaria y escapar con su hija. Y comienza la historia. Resulta que ella es parte de un programa genético de clonación, por lo que en el transcurso de la serie va descubriendo varias "hermanas” –y más tarde hermanos que vivieron el mismo proceso-, la "hermana mayor”, que es el origen de todas, los responsables científicos, los intereses económicos, las consecuencias políticas y éticas. En fin, todo lo que puede suceder alrededor de semejante experimento. 
 
Hay muchos ángulos que se pueden subrayar. Primero, tal vez lo más sociológico es el juego de las identidades. Las hermanas son biológicamente iguales, pero socialmente diferentes –hasta antagónicas-: Sarah es punk, se viste de negro, con el pelo suelto y una raya pintada en los ojos, no tiene profesión y ni pareja fija, sólo su hija de cinco años que la ancla al mundo; Beth –la que se suicidó– era policía, usaba traje oscuro de oficina pero nada de maquillaje, tenía la mirada cruda, fría, desencajada; Alison es una madre de familia correcta –tiene dos hijos adoptivos–, luce cerquillo y trenza, pelo lacio, un marido formal y aburrido y vive en una residencia de clase alta; Helena fue criada por monjas de Ucrania, habla un inglés tosco, tiene el cabello rubio y esponjado, no sabe comportarse en la mesa, mastica con la boca abierta y es una asesina compulsiva; Cosina, además de lesbiana, estudia un doctorado en una prestigiosa universidad, vive en los laboratorios y las clases, su cabello lo trae con rastas y, por supuesto, usa lentes gruesos. 
 
Raquel es fría, calculadora, no le tiembla la mano; tiene cabello corto de peluquería, mirada distante, traje sastre, es quien dirige la empresa perversa siendo ella su creatura. Y hay más...
 
El caso es que ninguna se parece a la otra aunque son naturalmente las mismas. Judicial y genéticamente, cuando se requiere una pasa por la otra. Sólo en una ocasión la hija de Sarah se da cuenta que quien tenía en frente no era su madre sino una "tía”. En un encuentro cuando todas están juntas en una "fiesta de clones”, empiezan a bailar la misma canción pero de diferentes maneras. Es una metáfora de toda la serie: el estímulo es el mismo, así como la materia biológica, pero la reacción frente a la música es completamente distinta.
 
Los creadores tocan el tema de la reproducción genética vs. la socialización, y parecerían criticar la tendencia a pensar que la programación natural generaría características sociales. Esa orientación, expandida en algunos enfoques de las ciencias humanas, busca encontrar en lo biológico la razón de lo social; así, el hijo de un asesino tendría predisposición a seguir el camino del padre, y la descendencia de un hombre de bien, tendería también a la misma ruta. 
 
Lo que aquí se muestra es que idéntica base natural sometida a condiciones sociales diferentes da un resultado diferenciado. Son las experiencias las que "fabrican” un sujeto y no –o no solo– su condición genética. Dicho de otro modo: las identidades se las construye poco a poco en la trayectoria social en la que se encuentra –y somete- la persona.
 
Un tema aparte también abordado en la serie es el de la autonomía en la construcción del cuerpo a cualquier precio. Me explico. En un episodio aparecen los promotores de las modificaciones genéticas que se agrupan en una empresa –que más bien una filosofía– llamada Neolution. Se presentan con objetivos muy sencillos y nobles como la ayuda a parejas con problemas de concepción, pero la intención va mucho más allá. 
 
En Neolution se crean deformaciones programadas a voluntad de los clientes; así, alguien tiene una cola –que la adorna con anillos–, otro tiene ojos blancos, uno más lengua partida o un pene con dos extremidades. Se argumenta que cada quien debe ser el arquitecto de sí mismo, y el cuerpo el resultado de una elección individual. Los promotores insisten en que la evolución es "un concepto abierto para llegar a crear un ser humano más perfecto”, donde la ficción, apoyada en la ciencia, tiene que conducir a que las personas tengan lo que quieran en el cuerpo, más allá de la imposición y limitación de su herencia natural. Esa búsqueda de libertad es, como alguien se los dice, "jugar a ser dios”.
 
Lo que está en juego es la posibilidad de que la modificación genética, usando todos los avances científicos, esté al servicio –y capricho– del individuo. En el clima de individuación ampliamente analizado por distintos sociólogos, no extraña que el paso adelante sea la necesidad de adecuación del cuerpo a exigencias puntuales que impliquen modificar su naturaleza. 
 
Si bien la experiencia humana ha significado desde siempre la transformación de lo físico –que va desde la posibilidad de cortarse o no el cabello o pintarse el cuerpo–, en estos tiempos esa tendencia estaría tocando los límites de lo que nos hace humanos.
 
La trama de la serie conduce al corazón de una discusión de larga data entre identidad, libertad y programación social, subrayando los problemas más que ofreciendo soluciones que por supuesto no son fáciles. La misma problemática se podría observar desde múltiples expresiones: la diversidad religiosa está a la orden, las opciones sexuales son cada vez más variadas, las posibilidades familiares rompen modelos antiguos, etc. 
 
Hoy las identidades son múltiples, las fronteras entre unas y otras son cada vez más frágiles y porosas, y la responsabilidad de construirlas tomando lo que le plazca recae predominantemente en el individuo, en su libertad de creación y recreación. Si unas décadas atrás la brújula de la identidad funcionaba con relativa claridad (en el ámbito familiar, profesional, político, nacional, generacional o de género) ahora atravesamos por un campo magnético que no deja ningún norte claro (basta escuchar la canción El Borrego de Café Tacuba: en un párrafo una persona puede transitar por decenas de opciones de vida, desde ser anarquista hasta "buen cristiano”). 
 
O más bien, cada quien tiene su norte –que apunta a muchas direcciones a la vez- de acuerdo a su gusto y trayectoria, con todo lo que ello implica. Sólo queda una certeza: es un tiempo de creatividad e innovación en un clima de fragmentación identitaria. 
 

 

 

 

 

 


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