Política

Populismo, esa palabra fácil

Rodrigo Ayala analiza esta coyuntura y señala que en la actualidad se usa el término populismo para no comprender la realidad.
domingo, 14 de mayo de 2017 · 00:00
Rodrigo Ayala Rada, cineasta
 
No ha sido un fenómeno repentino, pero hay que decir que en los últimos meses, con la elección de Trump, la emergencia de la ultraderecha en Europa y la crisis venezolana en su punto más álgido, el uso del denominativo ha terminado por convertirse en parte de nuestra cotidianidad. 
 
Parafraseando en forma alegre a Marx, podríamos decir no solo que un fantasma recorre Europa y el mundo, sino que  el término "populismo” se ha corporizado introduciéndose groseramente en los televisores y periódicos, se ha posicionado en forma omnipotente en los discursos del 99,9% de los políticos conocidos (salvo en los de aquellos que son acusados de populistas) y amenaza con quedarse a vivir perennemente en nuestras conversaciones, hundiéndolas en la mediocridad. 
 
El término "populismo” se ha convertido en el corsé  que quiere restringir la posibilidad de profundizar cualquier análisis o debate. Es una especie de bálsamo mágico que tiene la cualidad de "explicar”, o de manera más precisa, de obviar la explicación a cualquier alteración política del orden establecido a nivel mundial como tendencia, en los ochenta. 
 
El problema es que esas alteraciones en los últimos 15 años han ido avanzando a pasos agigantados, y que en la actualidad, cuando el mundo parece mostrar serias tendencias a adoptar nuevas formas y prácticas políticas a largo plazo, la sociedad no tiene las armas para entender a cabalidad lo que le está ocurriendo y menos para plantearse salidas de fondo.
  
¿Qué es  el populismo?
 
 En la significación que se le da actualmente, cualquier expresión que cuestione a la democracia liberal representativa y a su expresión económica, el régimen de libre mercado.  Es interesante que éste haya sido el término elegido para denominar estas tendencias "disruptoras”, ya que en una de sus acepciones de diccionario significa "tendencia que dice defender los intereses y aspiraciones del pueblo”. 
 
Aunque sea simple, tiene lógica; el ejercicio del "estabilishment” mundial en las últimas décadas ha causado tanto malestar en el común de la gente, que cualquier opinión contraria a él puede ser interpretada como una "defensa de los intereses y aspiraciones del pueblo”.
 
Vivimos en un escenario mundial, resultado del triunfo aplastante del neoliberalismo en la década de los 80. La victoria cultural del movimiento encabezado por Reagan fue tan completa, que logró posicionar como verdades absolutas los paradigmas que desde principios del anterior siglo estaban cuestionados por la izquierda: la democracia formal como única expresión de la democracia y la salud de las empresas, como sinónimo  del bienestar de los seres humanos (por eso es que resulta tan normal observar como en los noticiosos las fluctuaciones de la bolsa tienen un carácter sacramental). 
 
El  Fin de la Historia  de Fukuyama  pudo haber sido cuestionado en el momento en que se lanzó, pero se impuso a tal punto que hasta hoy, y a pesar de todo, resulta "arcaico”, "pasado de moda”, cuestionar de manera práctica el funcionamiento del capitalismo.  Sin embargo, el problema se encuentra  en que si bien la maquinaria ha sido sumamente eficiente en sostener la construcción ideológica, ha ido chocando en forma insistente con la realidad. 
 
La democracia formal  apenas puede esconder la relación incestuosa, delictiva sin exagerar, entre práctica política y corrupción que se da a nivel mundial. Ya sea la Odebrecht en América Latina o las contribuciones de los lobbys en Estados Unidos o los escándalos del PP en España, lo real es que existe un vínculo oscuro, inevitable, entre el empresariado y el aparato de los partidos. Se trata de un resultado natural del esquema de poder imperante. 
 
A su vez la vigencia del libremercado  genera esa distorsión monstruosa, impensable unas décadas atrás y apenas comentada por la "media”, que cuestiona nuestra posibilidad de subsistencia como planeta: un 1% de la población controlando una riqueza similar a la  del resto. El libre mercado genera una concentración de capital cada vez mayor (según datos de Oxfam 10 empresas facturan más que 180 países juntos). Y a su vez esa enorme concentración imprime al mundo una lógica de corto plazo: no importa ni que los polos se derritan, ni que el agua se contamine; solo interesan los índices en el momento del cierre diario de la bolsa. 
 
Es normal que el malestar se expanda tanto por la población de los países atrasados, donde campea la pobreza (y en determinados lugares la guerra), pero también en los países del "primer mundo” que se mueven entre la incertidumbre, la desocupación y la inseguridad. Temas como el tráfico de drogas, el de personas, la pornografía infantil,  no se pueden detener y más bien se acrecientan,  porque al igual que la acumulación, siguen la lógica estricta del capitalismo (Gomorra, de Roberto Sabiano, explica en forma brillante el comportamiento de la mafia, que es en realidad el de los emprendimientos "ultraempresariales”, un capitalismo sin regulaciones, al que la esfera "legal” de la sociedad se parece cada vez más). 
 
Por eso es que Trump, aunque vocifere contra las "élites”, viene a ser una suerte de nieto de Reagan; su heredero directo. El muro y la xenofobia sirven para canalizar el descontento de la base social, pero la esencia de su propuesta se centra en la viabilidad del modelo, en el seguir haciendo funcionar esa maquinaria cuya deformidad salta a la vista; por eso es que una de sus primeras medidas fue la de desregular las (escasas) trabas ambientales puestas por Obama y por eso es que su principal objetivo  es el de la rebaja de impuestos a las empresas, lo que a su vez dará un nuevo espaldarazo a la desigualdad mundial.
 
Pero la victoria cultural que ha dado pie a la realidad política en la que vivimos no sería comprensible, si es que también la izquierda no hubiera sido víctima de ella. Una izquierda que en algún punto se esfuerza por demostrar que es más eficiente que la derecha (el caso de los socialistas franceses es "ejemplar” en este sentido), o que en otro, a pesar de que pueda ser radical en el discurso, en la práctica juega en las mismas claves que  la clase política tradicional (los casos de corrupción en Brasil y la Argentina). Una izquierda que dejó de creer en sí misma y que también se acomodó a la lógica del mercado (no otra cosa significa la filosofía de "el fin justifica los medios”) y que para volver a ser una opción, deberá resolver algunas de sus contradicciones fundamentales, tales como la de la democracia versus el autoritarismo revolucionario, o la de las libertades individuales en relación al bien colectivo. 
 
Es difícil pensar en otro momento histórico, en el que la contradicción entre la imagen generada por el aparato ideológico y la realidad misma haya sido tan grande. Y mientras la brecha se sigue acrecentando, por suerte siempre tendremos a mano el invaluable recurso del "populismo”, que nos fortalecerá en esa tendencia cotidiana a evitar entender la realidad y a seguir aceptando la  evolución actual del mundo como "natural”  e "inevitable”.

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