Marginalia

Sobre la empleomanía

La apetencia descontrolada de cargos públicos es un fenómeno más antiguo que la república. Este texto muestra sus importantes efectos sobre la política nacional.
domingo, 14 de mayo de 2017 · 00:00

 

Fernando Molina Periodista y escritor

1 La exposición de grupos de funcionarios vinculados por relaciones familiares con autoridades gubernamentales y la invocación de los afectados del "derecho a trabajar en el Estado”, que su parentesco con connotados políticos no debería arrebatarles, nos remite a uno de los debates más antiguos del país.

 
Anterior incluso a la formación de la república, versa sobre la planilla funcionaria y quiénes deben formar parte de ella. El verdadero origen de este debate, que a menudo es violento, no está en las necesidades de la gestión estatal, por supuesto, sino en la apetencia de los miembros de los segmentos de la población que cuentan con algunos ingresos y cierto nivel educativo de obtener puestos rentados en el aparato público.
 
Estos puestos, llamados coloquialmente "pegas”, se consideran prestigiosos y son relativamente bien pagados, poco demandantes y por tanto capaces de proveer un tipo de ingresos que no sería posible encontrar fuera del Estado.  Las "pegas” existen en un número limitado y no se accede a ellas por competencia, sino por "ubicación” (proximidad política). Por tanto, las remuneraciones que generan son "rentas”.
 
Como tales, sólo es posible aprovecharlas durante el lapso en el que el partido al que se pertenece, o el amigo o pariente con quien se está "conectado” (los españoles dicen: "enchufado”), ocupen el poder y puedan distribuirlas entre sus allegados.
 
Recordemos esto: hablamos de rentas. Por tanto, la lógica con la que las personas tienden a apropiarse de ellas no es constructiva, como ocurriría en el caso de empleos de largo plazo. En tal caso seguramente se trataría de preservar estos empleos de cualquier observación, evitando por ejemplo una cuestionada contratación de parientes. En cambio, la lógica de apropiación de rentas es "exhaustiva”: se tiende a acaparar la mayor cantidad posible de ellas antes de que la oportunidad de capturarlas, que necesariamente va a ser breve, desaparezca. Y esto se logra mediante, por ejemplo, la colocación simultánea de varios miembros de la familia en distintas reparticiones del Estado.
 
2 La apetencia de cargos pagados por el Tesoro es uno de los resortes de la política nacional; en muchos periodos históricos ha sido el más importante. Incluso en los momentos revolucionarios, de sustitución de una élite política por otra, momentos que permiten y requieren de una movilización de origen ideológico, el trasfondo de la disputa sigue siendo cuál grupo se hará cargo del stock de "pegas” disponible.
 
Una de las causas de la "empleomanía” -como este fenómeno comenzó a llamarse en la Colonia- es la falta de fuentes alternativas de ingresos, que a su vez se debe a la pobreza y la debilidad industrial de la economía nacional. Pero aquella también se origina, simultáneamente, en el carácter rentista de las "pegas” que ya hemos descrito. 
  
El "empleómano” no sólo quiere ganarse el sustento, sino hacerlo de una manera más fácil, mejor pagada (en la correlación trabajo/beneficio) y más prestigiosa que la que le tocaría en otras circunstancias. Por eso muchos individuos que cuentan con empleo e ingresos privados pueden llegar a dejarlos para enrolarse temporalmente en el Estado.
 
3 Dada la dificultad que se da en nuestro país de administrar sostenible y productivamente el Estado, la repartija de "pegas” se ha convertido en el resultado más tangible de la actividad política. En la mayoría de los casos se hace política en busca de "pegas”. 
 
Y el liderazgo dentro de un partido se obtiene en función a la cantidad de "pegas” de las que el líder puede disponer; de ahí las grandes luchas que se desatan en torno a cargos como la presidencia de una cámara, una comisión parlamentaria y, por supuesto, un ministerio "grande”, es decir, con muchas "pegas”. De ahí también que los caudillos que pierden su condición de gobernantes pierdan al mismo tiempo su liderazgo político. Seguramente esto explica por qué se resisten tanto a abandonar buena y oportunamente sus cargos.
 
Las lealtades ideológicas y personales son más débiles que las que establece la empleomanía. En su discurso de cesación de la presidencia, pronunciado ante la Asamblea Nacional en 1855, el presidente Isidoro Belzu se quejaba de que, puesto que nadie concurría a la política movido por valores espirituales, los gobernantes y los gobiernos eran buenos, correctos y hasta brillantes mientras ofrecían trabajo a sus adherentes, y en cambio se hacían aborrecibles incluso para éstos cuando no lo daban. 
 
En esa medida, la empleomanía ha sido una fuente incesante de rebeldía y conspiración políticas: es suficiente con que por cualquier razón alguien sea echado del gobierno para que se convierta en un enemigo de quienes se quedan en él, para que se lance en contra de sus lealtades previas.
 
4 La empleomanía es un mal permanente de la historia política boliviana. Fue más grave al principio de la trayectoria republicana, en el periodo 1825-1870, mientras la otra ocupación favorita de los bolivianos, la actividad minera, no se había recuperado de la crisis de la plata. Desde entonces su importancia menguó, pero sin dejar de ser capital. Un hito expresivo de ello lo constituye el segundo gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada (2002-2003), el cual enfrentó su debilidad política incorporando   partidos que aceptaron entrar en él movidos por su deseo, al parecer irreprimible, de disponer de "pegas”. Mientras el gobierno se caía irremediablemente, incluso durante sus últimas horas de vida, los dirigentes de estos partidos continuaron repartiéndose las "pegas” entre ellos.
 
5 La empleomanía ha hecho imposible la creación en Bolivia de una burocracia profesional: capaz, permanente, que sepa lo que debe hacerse y que pueda ser evaluada por los resultados de su labor. Con pocas excepciones, cada cambio de gobierno, e incluso cada cambio de ministro o de directiva parlamentaria, ha provocado la sustitución de los anteriores empleados de mediano y alto rango (y a veces incluso de los de rango inferior). No sólo por la necesidad de crear vacancias, sino también porque el personal heredado, al hallarse "enchufado” a otro partido o dirigente políticos, a menudo resiste sordamente a la nueva autoridad. De este modo el Estado ha despilfarrado una ingente cantidad de recursos humanos, de conocimientos, de tiempo previamente gastado en la selección y capacitación de su personal. Los tímidos intentos de cambiar esta situación que se han dado a lo largo de la historia siempre han fracasado.
 

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