Marginalia

Sobre el caudillismo

Según afirma el autor, “en la política boliviana hay unos caudillos más grandes que otros, pero no hay dirigentes y relaciones que no sean caudillistas”.
domingo, 21 de mayo de 2017 · 00:00
Fernando Molina   periodista y escritor

 

Por definición, "caudillismo” es el antónimo de "institucionalismo”. En éste, la ocupación y el ejercicio del poder se realizan a través de reglas y procedimientos; en aquel, dependen de un líder capaz de asegurar y delegar selectivamente el poder.

Puesto que la "empleomanía” (o apetencia descontrolada de cargos públicos) ha impedido, como vimos la anterior semana, la institucionalización del Estado boliviano, la única manera de distribuir el poder que ha quedado es la mediada por personas. 

Por esta razón, no es a través de una competencia meritocrática que uno entra y asciende en el Estado, sino gracias a estar allegado, caerle en gracia o serle útil a un "jefe”. Ergo, todos los políticos buscan tener un jefe lo más poderoso posible y, a la vez, ser jefes  de tantas personas como puedan. 

Se establece así una suerte de "constelación” en la que cada uno tiene satélites y al mismo tiempo es satélite de otro. En el centro de esta constelación, con todos los demás miembros de ella girando en torno suyo, se encuentra el gran caudillo, que en cada momento histórico es el presidente del país, porque el modelo político del Estado está adaptado al caudillismo, que es el modo organizativo que sirve para constituirlo y administrarlo. 

Pese a esta jerarquía, que a mí se me antoja indudable, cierta tendencia a tomar las apariencias por las cosas ha llevado a las ciencias políticas a estudiar repetidamente  el presidencialismo y a dedicarse comparativamente poco a explicar los mecanismos del caudillismo. 

En los partidos políticos ocurre lo mismo que en el Estado: no es el trabajo constante y productivo en la organización, sino la relación que el militante tiene con los dirigentes, lo que le permite participar y ascender dentro de ella.

 El caudillismo es un modo colectivo de organización

El hecho de que el caudillismo consista en la exaltación de las personas puede llevarnos, erradamente, a considerarlo una "enfermedad del ego”. Con ello nos alejaríamos de su verdadero carácter, pues se trata de un fenómeno colectivo: en realidad, constituye el ineludible modo de organización de todos quienes hacen política en Bolivia. Ningún boliviano que alguna vez haya participado en un partido o en el Gobierno ha quedado exento de formar parte de él.

¿Por qué? Porque no hay caudillo posible sin sus respectivos acaudillados (nadie es "inocente”), y porque los militantes de base solo pueden actuar en política enrolándose en un grupo caudillista, es decir, en uno montado en torno a un determinado político. Aunque quisieran formar parte de una "institución” política no podrían por la simple razón de que no la encontrarían. Los espacios y procedimientos despersonalizados y completamente regulados por normas no existen ni en los partidos ni en el gobierno bolivianos.

Debemos ver el caudillismo, entonces, como una red de relaciones anudada en determinados puntos. Estos puntos son los caudillos. Ahora bien, como la mayor parte de ellos a la vez son "seguidores” de otros caudillos, la red no se interrumpe, sino que es continua. En el movimiento dentro este continuo, la suerte de cada grupo depende directamente de la suerte del caudillo. Si éste adquiere poder, lo tendrán también sus seguidores, entre quienes el primero está obligado a repartir lo que ha conseguido (alimentando así la empleomanía). 

El caudillo debe trabajar casi exclusivamente con sus allegados por dos razones: para conservar su influencia sobre su grupo y de esta manera la importancia que él mismo tiene para sus jefes; y para asegurar su posición frente al previsible sabotaje de sus competidores.

El sistema supone que los seguidores de cada caudillo son los únicos que le serán leales, ya que su poder depende del poder de éste. Por tanto, siempre se considerará ingenuo y peligroso el querer compartir el poder con "otros”. Como es lógico, esto alimenta la descoordinación y la ineficiencia estatal y partidaria. 

Un sistema semicompetitivo

El caudillismo es un sistema más competitivo y auto inmune que el institucionalismo, por lo que constituye una de las fuentes de la ineficiencia (y, si se quiere rizar el rizo, de la falta de institucionalidad) del Estado y la política nacionales.  Sin embargo, la competición entre caudillos encuentra un límite interno en la figura del caudillo-presidente o el caudillo-jefe del partido (mientras que su límite externo es la ley que establece la duración del mando presidencial o esa otra ley que condena a los seres humanos a envejecer y morir). 

Al ser los dirigentes principales o monárquicos la "razón de ser” de las redes caudillistas, no pueden ser cuestionados por ellas. Un ataque serio en su contra desestabilizaría todo el sistema. Su eliminación importaría la simultánea eliminación del poder y, por tanto, de la red de poder. 

En conclusión, el sistema caudillista es parcialmente competitivo y parcialmente cerrado, dogmático y repetitivo. Igual que las instituciones, tiene un aspecto conservador, con la diferencia de que no conserva reglas, sino personas.

Estrategias de movilidad en el sistema

De lo dicho se desprende que dentro de este sistema ha de suponerse que el caudillo principal o "monárquico” es infalible, primero; e imprescindible, después. En efecto, sin él, sus seguidores más próximos ("el entorno”) perderían su poder, y eso haría que lo perdieran sus seguidores, y así sucesivamente, con un efecto dominó. 

Debido a ello, la estrategia para no perder poder en un sistema caudillista incluye: a) proteger la reputación de infalibilidad y el carácter "heroico” del caudillo principal y b) ligarse lo más posible a él, a fin de beneficiarse de su condición de "hijo de la necesidad”. Esto alienta la adulación, el servilismo, la adhesión acrítica, todo eso que los bolivianos llamamos, resumidamente,
"llunkerío”. A los desadvertidos esto los lleva a pensar que el caudillismo es el mal de uno, de este o aquel caudillo que "se hace adorar”. Pero esta explicación también es caudillista. En la política boliviana hay unos caudillos más grandes que otros, pero no hay dirigentes y relaciones que no sean caudillistas. 

El caudillismo es un sistema político que no podemos analizar en términos partidistas o de "culpa” o "virtud”; es general y debe estudiarse en términos de interés, necesidad, eficacia, etc.
 
Acabamos de describir la estrategia para proteger el poder del caudillo. Ahora veamos la estrategia para capturar poder en este sistema.

Esto requiere: a) atacar el poder de los caudillos secundarios, de modo que no intenten convertirse en primarios (una tendencia que impide la formación programada de nuevos caudillos), y b) apartar lo más posible a los caudillos rivales del dirigente monárquico, a fin de que aquellos "caigan en desgracia”, pierdan fuerza y se tornen menos amenazantes para el poder propio.  Esto alienta la intriga, la marrullería, etc.

Como se ve, en general el caudillismo es a la política como el pago en efectivo al comercio: una técnica primitiva y con fallas que sin embargo, por los recursos y conocimientos con los que se cuenta, termina siendo la que se impone sobre las buenas intenciones de cambio.

 

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