Letras

Los infames

Siles reseña la novela de Verónica Ormachea, cuyo objetivo -dice- es histórico.
domingo, 28 de mayo de 2017 · 00:00
 Juan Ignacio Siles diplomático y escritor
 
Los escritores bolivianos logran en muy pocas oportunidades trascender nuestras fronteras. Las casas editoriales no hacen un verdadero esfuerzo por romper las barreras comerciales para llevar su producción a otras ciudades de América Latina. Los mismos autores se contentan con tener un escaso éxito en el medio en el que vivimos. Y la crítica literaria periodística prácticamente ya no existe en el país. 

Su obra es, pocas veces, el producto de escritores profesionales que se dediquen por entero a la literatura. Y se trata generalmente de una literatura que es autorreferente. Es una literatura profundamente arraigada en la realidad que nos circunda. 

Gira casi siempre sobre el modo en que nos cuestionamos nuestra identidad. Y por ello también tiene un carácter tan realista. Aún en los casos en que puede llegar a ser una literatura con una impronta fantástica o surrealista, su esencia sigue estando vinculada al cuestionamiento de lo que somos o lo que no somos. 

Es posiblemente la consecuencia de ser una sociedad en conflicto, una sociedad que no se deja explicar fácilmente, una realidad que se define como fronteriza y en la que conviven o simplemente se toleran culturas tan antagónicas como complementarias. Es una realidad que se puede sentir, que se puede incluso palpitar, pero es también un mundo que no puede decirse si no se tienen las herramientas para auscultarla.

Y por ello, la boliviana es también una literatura siempre política. Está siempre impregnada de ideología. Se escribe contra. Se denuncia. Es un grito. Una blasfemia. Pero a partir de ello reinventamos, nos reconocemos, sobrevivimos. Y sobre todo creamos.

Verónica Ormachea está dentro de esta misma tradición. Aunque tal vez a ella no le guste.
 
Posiblemente no se sienta ideológicamente vinculada a las literaturas sociales o indigenistas o a aquellas vinculadas con los procesos revolucionarios que ha vivido el país. Pero su visión de mundo es profundamente historicista. Está también arraigada en la historia de Bolivia. Eso es claro en su primera novela, Los Ingenuos, que es un grito contra la violencia revolucionaria del 52. 

Los infames, en cambio, intenta explorar otros ámbitos. Pero lo hace desde la experiencia de la llegada de refugiados judíos a Bolivia en los años 40. Esta excusa le sirve para dar el salto hacia una universalidad temática poco frecuente en la literatura boliviana, arriesgándose en una narración incuestionable sobre los horrores del holocausto. 

¿Puede alguien reclamárselo? ¿Es acaso un asunto que competa sólo a aquellos pueblos que fueron víctimas del nazismo?

No es Los Infames una obra que se detenga en el afán estilístico. La narración es diáfana. Busca la claridad periodística de un relato que no pretende introducirse en los entresijos de la mente de sus personajes, sino más bien en la historia casi genérica de las millones de víctimas que sufrieron la persecución más horrorosa por el sólo hecho de pertenecer a una etnia distinta, tener una orientación sexual diferente, una ideología prohibida, un afán de libertad. 

Más que los personajes mismos de su narración, lo que Verónica quiere mostrar es la historia de un pueblo (al que admira sin tapujos) y para ello se vale de unos personajes, los  inventa. Y, para darles más sentido, los hace suyos. Los transporta hacia una realidad que ella conoce. Los vincula con personajes reales para hacerlos más verosímiles. 

Los entronca con la historia de Mauricio (o Moritz) Hochschild, judío emigrado a Bolivia en los años 30, que, gracias a su propio esfuerzo, se convierte en uno de los barones del estaño en un país ajeno, y en uno de los hombres más ricos del país. Y hay que decir que el entronque es perfecto. Creíble al punto de poder imaginar que el personaje principal, Boris, existió (aunque no haya existido más que en la imaginación de la autora).

El objetivo es por lo tanto fundamentalmente histórico. Ese es el trasfondo que le interesa y que le importa a Verónica. No entra por tanto en sutilezas literarias. Es más, se vale de la literatura para dar una visión que como historiadora no hubiese podido (o debido) asumir. Su narrador es omnisciente. Tanto que a veces es fácil confundirlo con la propia autora, sobre todo cuando no duda en hacer juicios de valor sobre personajes históricos reales de un periodo siniestro de la vida política boliviana, sin esperar a que el lector pueda formarse una idea propia a partir de la representación de sus personajes. 

Pero si el lenguaje literario no es su mayor preocupación, la concatenación estructural de la narración, muy propia de una narración breve, está plenamente lograda al ritmo de una tensión cada vez más ascendente hacia un final perfectamente inesperado, valiente, y sin concesiones a un lector que quiera encontrar un final esperanzador que pretenda reestablecer la armonía después de la tragedia del holocausto. 

La puesta en escena es muy valiente, valiente sobre todo si se trata de una narradora. De una mujer en Bolivia. Busca Verónica en terrenos escabrosos, oscuros, siniestros, pero llega así a crear un personaje maravilloso, Varinia, -el resto de los personajes pueden, en verdad, resultar bastante arquetípicos. 

Los infames ha querido ella denominar a su novela, identificándose con el estigma antijudío de los años 30 y 40, dejándose llevar por su simpatía personal que se anuncia desde el epígrafe de la novela (y que yo personalmente no comparto, porque creo poco en la santificación genérica de los pueblos o de las clases). 

En realidad, la infamia mayor recae sobre Varinia, la mujer polaca no judía deportada a Auschwitz por su vinculación con los judíos, que termina trágicamente prostituida (¿tenía acaso elección?) para sobrevivir, para querer salvarse para rescatar al hijo que le han arrebatado y al hombre que la ha amado. 

Ese violento acto de amor, el prostituirse para salvarse, es narrado con enorme maestría. Hay una extraordinaria coherencia en esas tremendas páginas en las que se mezcla la tensión con el asco e incluso con la decepción que produce la supuesta caída moral de la protagonista. La infame, sí, pero no por voluntad propia, sino por designio de un mundo de hombres y construido por hombres y en el que las mujeres, más que nadie, son las mayores víctimas del horror.

No hay concesiones. Y ese es el mayor logro de esta obra. A la brutalidad quisiéramos responder con la reconciliación o al menos con el reencuentro de las víctimas en el amor. Pero ese amor, esa posibilidad incongruente, no existe. 

Y Verónica no quiere permitírselo -y hay que agradecérselo-, porque las huellas, el daño que dejan el odio y del terror son imperecederas.

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