Análisis

Milagros asiáticos, ¿cómo lo hicieron?

El Estado difícilmente lo hace bien como empresario, dice Finot, al analizar cómo labraron el éxito económico los países del sudeste asiático.
domingo, 28 de mayo de 2017 · 00:04
Iván Finot MSc en economía, experto internacional.

 

 En 1950, los países del Este Asiático mostraban productos internos brutos por habitante muy por debajo del de Bolivia: éste alcanzaba a $1919 mientras el de Taiwán se situaba en $916; el de Corea del Sur, en $854, y el de China, en $448 (TheMaddison Project 2013).

En 2010 el mismo indicador daba, en términos constantes, para Bolivia, $3064 (había aumentado un 60%) pero el de Taiwán había escalado a $23,292 y el de Corea del Sur, a $21,701. Estos países habían logrado aumentar sus productos por habitante, entre 1950 y 2010, ¡en más de 25 veces! ¿Cómo? - Gracias a los procesos de industrialización que iniciaron al concluir la Segunda Guerra Mundial (1945) y, en el caso de China, en 1976, cuando adoptó la economía de mercado después de la muerte de Mao TseTung: en 2010 ya alcanzaba a los $8032 por habitante ¡18 veces más que en 1950! 

¿Cómo lo hicieron? - Aprovechando la globalización: copiando, primero, y, luego, desarrollando, tecnología para producir en función de un vasto y elástico mercado mundial, y vender en éste a menores precios gracias a sus menores salarios relativos. Inicialmente los mercados internos sólo tuvieron una importancia menor y los acuerdos comerciales fueron claves para poder realizar las exportaciones en condiciones favorables.

La política económica se orientó, primordialmente, a promover el crecimiento, pero la mejora sostenida de la calificación, y por tanto de la productividad, de los trabajadores hizo que los ingresos de éstos aumentaran continuamente, logrando así conciliar crecimiento con equidad (el "casillero vacío” en América Latina).

Una comisión integrada por economistas de todo el mundo, que habían estado o aún estaban en funciones de gobierno (entre ellos P.P. Kuczynski), y algunos académicos especializados en desarrollo, analizó cómo países como los mencionados lograron las altas tasas de crecimiento que les permitieron convertirse en países desarrollados, o estar en vías de conseguirlo (ComissiononGrowth and Development: GrowthReport. WB, 2008). El presente artículo se basa en ese informe y algunos trabajos sobre Corea.

En primer lugar, lejos de lo que planteaban los neoliberales -que el crecimiento dependía de dejar actuar libremente a los mercados-todos los "milagros” asiáticos han sido liderados por Estados conductores y reguladores fuertes, que contaban con personal altamente calificado que se desempeñaba bajo regímenes que estimulaban su rendimiento y garantizaban continuidad en la gestión. Además, sus propuestas y la evolución en la ejecución de los planes eran sometidas a debates, con la academia y centros de estudio de la sociedad civil, lo que les ayudaba a corregir errores oportunamente.

El objetivo primordial era exportar productos con el mayor nivel posible de tecnología, desarrollando ésta a lo largo de fases sucesivas, desde elaboración de partes e industria liviana hasta complejas industrias pesadas. Definida la estrategia para cada fase, los planificadores concertaban los proyectos con las grandes corporaciones nacionales. La coreana Samsung, por ejemplo, en 1969 era exportadora de alimentos e importadora de manufacturas, pero el gobierno hizo que comenzara a invertir en partes electrónicas, y exportarlas, ofreciéndole una serie de ventajas y apoyo. Y así se actuaba con todos los grandes empresarios nacionales: induciéndolos a que se hicieran cargo de los proyectos estratégicos. El Estado asumía directamente la ejecución de uno de ellos únicamente ante la imposibilidad de que empresarios privados lo acometieran, pero sólo temporalmente.

Siendo el objetivo hacer crecer las exportaciones, el principal instrumento de política económica era fijar tipos de cambio competitivos. El control de la inflación también era un objetivo, pero secundario. Para las actividades estratégicas se definían, además, tipos de cambio diferenciados, reducción de aranceles de importación de maquinaria e insumos, y crédito barato, con vigencia estrictamente temporal. La construcción de infraestructura pública se organizaba en función de viabilizar los planes de largo plazo pero también con obras "dedicadas” a facilitar en el corto estas actividades. Además el Estado actuaba como promotor de exportaciones a través de sus misiones diplomáticas y empleándose a fondo para lograr acuerdos comerciales favorables con otros Estados.

Todo lo demás quedaba librado al funcionamiento de los mercados, pero éstos eran regulados a fin de que su funcionamiento fuera favorable al beneficio común. Por ejemplo, se buscaba que los mercados de trabajo absorbieran a trabajadores provenientes del campo y a los subempleados urbanos en vez de privilegiar a "aristocracias obreras”. Cuando Samsung empezó, la mayor parte de la mano de obra a cargo de elaborar partes electrónicas eran mujeres jóvenes provenientes de áreas rurales.

Pero si bien en lo macroeconómico se buscaba cierta estabilidad, en lo micro reinaba la "destrucción creativa”: las grandes empresas tenían que adaptarse a las distintas fases de industrialización, y en cuanto a las medianas y pequeñas, se facilitaba que se cerraran y abrieran nuevas según evolucionaba la economía. La protección se enfocaba al trabajador, a calificarlo, no a mantener empleos (que emergían en otras actividades), o a conservar empresas e industrias que dejaban de ser relevantes.

Crecimientos del PIB por habitante frecuentemente superiores al 10% anual requerían de elevados niveles de inversión. Éstos fueron cubiertos principalmente con ahorro nacional, aportado por los empresarios, el Estado y los hogares. Fue clave que las tasas de interés fueran lo suficientemente elevadas como para poder canalizar a inversión productiva lo que antes estos últimos ahorraban en dinero en efectivo y joyas. El endeudamiento externo, siempre peligroso -como lo enseña la experiencia- sólo se utilizaba para comprar tecnología. Otra manera de adquirirla fue a través de jointventures pero controlando los flujos de los capitales externos a fin de evitar desequilibrios repentinos.

El Estado hacía su parte destinando porcentajes "impresionantes” de sus ingresos, obtenidos de impuestos, a infraestructura de transporte de información, mercaderías y personas -a fin de que los servicios correspondientes pudieran ser provistos con tecnología de punta y a tarifas accesibles- y, a educación, particularmente a formación de educadores, con los resultados que muestran actualmente las evaluaciones PISA.

Finalmente, otra de las lecciones de estos procesos es que, cuando no se cuida el medio ambiente desde un comienzo, con seguridad los costos de restaurarlo posteriormente serán mucho mayores. Y cuanto más se tarde en hacerlo, más altos serán. Lo conveniente es cuidarlo desde el principio, aunque no todavía bajo los sofisticados –y costosos- parámetros de los países desarrollados.

En suma, para lograr los resultados que están alcanzando los "milagros” asiáticos hay que empezar por seguir el consejo de Platón: que en la cabeza estén "filósofos” -la inteligencia-y en el vientre, "los mercaderes”- hoy los empresarios. Y que los primeros no traten de sustituir a los segundos: el Estado difícilmente lo hace bien como empresario.

 

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