Análisis

Necesarios vientos nuevos

El escritor plantea que Chile y Bolivia deberían llevar adelante una diplomacia de la cultura, pues como pocos “el arte y la cultura suelen hacer milagros”.
domingo, 28 de mayo de 2017 · 00:00
Gonzalo Lema escritor

 

Aún no sirve el mar, en esta parte del mundo, para la felicidad plena de los pueblos. Todo lo contrario: el mar enfrenta a Bolivia, a Chile y Perú, si se atiende la letra muerta de los papeles.
 
Toda su grandeza, muy capaz de propiciar el desarrollo del comercio e inventar la vida digna de poblaciones encontradas en el enclave, sirve de pretexto para hostigar y discriminar. En instancia extrema: para amenazarse. 

Parece una maldición que pesa grave y mortal sobre nuestras cabezas, y no una bendición sin igual, incomparable a la mayor riqueza concebible en la naturaleza.  Todo señala que el tribunal de La Haya ha de conminar que nuestros pueblos se sienten a conversar.

 ¿Cómo podría señalar lo contrario? Carente de un propósito distinto, el reclamo boliviano se fundamenta en el reiterado ofrecimiento chileno de una salida al mar. Un acceso soberano.
 
Aquello ha generado una expectativa perfecta, se diría, porque no se concreta nunca. El dossier de documentos presentado ante el tribunal así lo demuestra.

 Si el fallo que los bolivianos esperamos se concretara, ¿cuál sería la mala noticia para Chile? ¿Acaso se trata de dañar a unos para felicidad de los otros? De ninguna manera. Sería, más bien, la oportunidad de oro para atender el tema principal con pensamiento fresco, contemporáneo, con gran imaginación y generosidad desbordantes. 

El tema del mar para estos países es fundamental si se quiere desarrollar, en la región pobre, una tan vigorosa  economía capaz de complementar las economías nacionales caracterizadas por sus carencias. Sería la feliz noticia para chilenos, peruanos y bolivianos residentes y trabajadores del área, en principio. Luego, para los demás.

 ¿Qué es lo que impide dar ese gran paso? ¿Dónde se traba el anhelo? A veces se escucha hablar a los pueblos y su discurso señala la integración como el camino para consolidar la paz y la bonanza ansiada. Pero es todo lo contrario cuando se escucha hablar a ciertos personeros del Gobierno de Chile. Se expresan enojados, fastidiados. Dan la impresión que el tema del mar para Bolivia les hierve la sangre. ¿Por qué? ¿Acaso los países no deben progresar? Si este tema se lo tratara con ánimo positivo es, reitero, la mejor oportunidad de generar economía en una zona de debilidades graves. Sacar el ancla de siglo XIX y navegar al siglo XXI es un buen consejo.

Tiene más de medio siglo la teoría de la necesaria complementación económica del sur de Bolivia, el sur peruano y el norte chileno. Juntas, pero de ninguna manera separadas, estas tres economías, y en ese enclave, serían un magnífico detonante de desarrollo.  ¿Existe mejor noticia? No se trata, de ninguna manera, de pasar por sobre los muertos de la guerra de 1879, ni de obviar los tratados, sino de mirar el futuro como estadistas visionarios y propiciar las condiciones favorables para el comercio de los pueblos. Esa es la obligación principal de los gobernantes antes que el atizamiento inútil de los odios y rencores. 

Es muy torpe la conducta chilena con los policías, militares y civiles bolivianos en la frontera. Lejos de la colaboración propia de países vecinos, daría la impresión que el hostigamiento campea como represalia a nuestra demanda ante La Haya y la torpe visita al puerto del excanciller boliviano. 

Esto último, creo yo, estuvo muy distante de lo diplomático. Pero hace falta trascender cualquier tipo de problema u obstáculo para encontrarnos en el lugar imprescindible del desarrollo cierto. El comercio de nuestros pueblos es antiguo y va a continuar de una u otra manera. ¿No es mejor facilitarlo y con la buena voluntad de todos?

Hace años concurrí a un encuentro con escritores chilenos. Santiago, la bella y elegante ciudad trasandina fue nuestra anfitriona. Conocí a varios de sus escritores de prestigio, empezando por el extraordinario José Donoso y el inteligente Daniel Skármeta. En ese entonces se tenía la convicción de que la cultura hermanaría a nuestros países. 

Se decía que había que llevar adelante una diplomacia de la cultura para conocernos mejor y allanar todo obstáculo. La literatura, la danza, el teatro, la música, el cine y cuanto arte sea posible compartir. Deberíamos insistir con ese propósito. Como la saya afroboliviana nos lo demostró visibilizando a su comunidad única, el arte y la cultura suelen hacer milagros.

 

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