Marginalia

Sobre la adicción de las élites a la política

Las élites bolivianas se entregan desbocadamente a la política, pese a que ésta, en Bolivia, se vive sobre todo como una tragedia y entonces les causa daño. ¿A qué se debe esta tendencia?
domingo, 28 de mayo de 2017 · 00:02
Fernando Molina periodista
 
La verdadera vocación de los bolivianos ha sido y es la política. Sólo en este campo se han producido los  esfuerzos más sostenidos y memorables de la nación. También los más desprendidos y grandiosos. Sólo en él se han dado momentos épicos e, incluso, gestos artísticos.

 

Si en los demás campos los bolivianos hemos sido prudentes cuando no cicateros, tendientes a la medianía, a la falta de imaginación, al conformismo; si en los demás campos ha resultado evidente nuestra pequeña dimensión histórica… en política en cambio nos hemos revelado contra la naturaleza, contra la historia, contra la dificultad; incluso contra la racionalidad y el cálculo correcto de las posibilidades. Nos hemos considerado a nosotros mismos, así fuera por desesperación, héroes destinados a grandes destinos: a la transformación de lo que teníamos y que se nos antojaba en exceso miserable, a la fundación de paraísos, a la postulación de nuevos paradigmas no sólo en beneficio nuestro, sino del mundo entero. 

Sólo en la política hemos tenido, los bolivianos, personajes novelescos (y una gran cantidad de novelería), duelos eternos, amores imposibles, nobles sacrificios, abnegación, disciplina, valor físico y espiritual. Tampoco nos ha faltado la megalomanía y la exageración. Hemos sido exagerados en el deseo del bien, que luego no ha sido posible cumplir. Y en el uso de los demás en provecho propio (que es una posible definición del mal). 

En efecto, nosotros que en general somos cordiales y tímidos, y por eso perezosos para guerrear, en política hemos llegado a ser algunas veces -aunque no tantas, tampoco- malvados profundos: seres violentos, sanguinarios, desalmados y despreciables.

2Desde la Guerra de la Independencia, y aun más, desde las guerras civiles españolas que comenzaron la Colonia, la política ha sido la gran pasión y la gran tragedia de las gentes que habitan en este territorio, que por ella han padecido persecución, cárcel, destierro y muerte. 

A lo largo de este tiempo la política ha separado a las familias y a los amigos. La política ha modelado la fortuna de los unos y la desgracia de los otros, y luego ha invertido esta suerte, creando tormentas que constituyen la historia de todos los apellidos conocidos (es decir, públicos) del país. Linares, de conde a mendigo. Melgarejo, de sargento a presidente. Córdoba, fusilado en el patio. Belzu, asesinado en las escaleras. Adolfo Ballivián, muerto de consunción.
 
Daza, baleado en la pampa. Y todo esto sin ser exhaustivos ni pasar del siglo XIX. 

¿Cuándo han vivido y muerto violentamente los intelectuales y los escritores bolivianos? Cuando han entrado en política. ¿Cuándo han vivido y muerto violentamente los empresarios y ricos bolivianos? Cuando han entrado en política.

¿Exiliados y apresados? La mayoría. Por ejemplo,  Gonzalo Sánchez de Lozada. ¿Quién al promediar los años 90 del siglo XX hubiera podido pensar que el entonces presidente tendría que escapar del país y exiliarse en Washington 10 años después? Tenía Sánchez de Lozada en los 90 poder, popularidad y dinero, y la política parecía ser para él una ocupación que hacía juego con sus otros éxitos personales, una actividad en la que encontraría más lustre para sí y los suyos. Una década más tarde, sin embargo, ésta cayó sobre su vida como la amenaza que es, que siempre ha sido en Bolivia.

Y es que la historia boliviana es brava. Con algunas pocas excepciones, de cortos periodos de regularidad democrática y paz social, está cruzada por la lucha entre facciones, por alzamientos y derrocamientos, por juicios y vendettas. Por la revolución.

3¿Por qué muchos miembros de las élites económicas y sociales se han   dedicado con denuedo a una actividad que podía causarles serio daño, puesto que, por hallarse en la cúspide de la sociedad, tenían mucho que perder con su caída? 

En una sociedad rentista, la primera razón es la empleomanía, de la que ya hemos hablado en estas páginas. La falta de otros medios fáciles, rentables y prestigiosos de ganarse el sustento que no sea el formar parte del Estado. 

Hemos visto que hay una apetencia general, es decir, de miembros de todas las clases sociales, de cargos públicos. Ésta, lógicamente, crea una masa de aspirantes a la política. Y de ella destacan los caudillos, es decir, los líderes adecuados para ocupar y redistribuir el poder. Al menos hasta 2006, la mayoría de ellos han pertenecido a las élites socioeconómicas y étnicas del país.

Los caudillos, para ser tales, deben demostrar al menos dos atributos: en primer lugar, capacidad para acceder al Gobierno (ser carismáticos y adinerados, si son caudillos electorales, o estar bien vinculados, si son caudillos partidistas); pero también deben tener el valor personal necesario para enfrentar las vicisitudes emergentes de las condiciones locales de la práctica política. A los caudillos, entonces, se los valora por sus habilidades oratorias, por sus facultades técnicas, pero también por su arrojo, por su capacidad  para "mojarse”. De los pusilánimes y los miedosos no es posible hacer buenos caudillos.

Esta explicación, sin embargo, no es suficiente. Es posible que los miembros de ciertos estratos sociales no tengan más camino que arriesgarse en la política para lograr cierta movilidad social, cierto enriquecimiento, pero ¿por qué un Sánchez de Lozada, un Carlos Mesa o un Samuel Doria Medina habrían tenido que convertirse en políticos simplemente para medrar? Todos ellos ya eran exitosos, famosos y adinerados -dos de ellos muy ricos-, antes de entrar en el ruedo político. Para ellos y otros de nuestro pasado, por tanto, la teoría del rentismo y la empleomanía, que en cambio puede servir muy bien para un Mánfred Reyes Villa, pierde su capacidad explicativa. 

4Pensemos en los siguientes movimientos políticos: En el "septembrismo” linarista y en el liberalismo, y la pretensión de ambos de convertir a Bolivia en una sociedad "civilizada”. En los primeros grupos marxistas y nacionalistas de la historia, dispuestos a inmolarse por ciertas ideas de redención social. En el falangismo, que se lanzó en contra de la Revolución Nacional en nombre de la "pureza” aristocrática. En el trotskismo de Guillermo Lora, que consagró decenas de vidas a la "educación de las masas”. En el "foquismo” de los jóvenes cristiano-marxistas que se lanzaron a la lucha armada en los años 60, y de los que, replicando esta experiencia, pero cambiando de ideología por el marxismo-indianismo, lo hicieron en los años 90. En el banzerismo de las élites económicas y sociales de los 70, digamos en el banzerismo de un Ronald MacLean o el de un Felipe Hartmann. En el Movimiento Bolivia Libre (MBL), que creía estar en posesión de  una ética especial que lo hacía merecedor de gobernar. En el gonismo, un movimiento que, en alianza con el MBL, intentó imponer su conocimiento del mundo "tal como en verdad es” (la última versión de esta pretensión gonista la debemos al sucesor de Sánchez de Lozada, Mesa, quien renunció a la presidencia dando a entender que lo hacía porque la población no había sido capaz de seguir las intenciones racionalistas que lo animaban).  

Todos ellos han sido movimientos políticos surgidos de las élites, muchos de ellos vinculados al catolicismo, en los que la motivación central de los principales sujetos no ha sido el interés. Universitarios de clase media con talentos y posibilidades que se meten al monte, jóvenes "bien” que terminan en campos de concentración, un presidente que renuncia a su apetecido cargo, etc. Si en estos casos la empleomanía tuvo algo que ver, no constituyó sin embargo un factor determinante. Pero, entonces, ¿cuál fue éste? En mi opinión, el fenómeno del "mesianismo político”, propio de las élites blancas bolivianas, que analizaré en una próxima entrega de esta Marginalia.

 

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