Análisis

La sacralización del futuro

¿Dónde queda el valor del presente?, pregunta Gonzalo Lema, quien plantea que nadie debería pedir a la gente que se sacrifique, o se resigne, en aras de un futuro mejor pero sin nosotros.
domingo, 11 de junio de 2017 · 00:00
Gonzalo Lema  escritor

 

 Fidel Castro tenía treinta y cinco años cuando le dijo a su generación, y a la generación de sus padres, que la revolución social que emprendían ameritaba un sacrificio. Veinticinco años más tarde, a los sesenta, le dijo a su generación, a la de sus hijos, y a la de sus padres ancianos, que debido a la coyuntura  la revolución que trabajaban reclamaba un sacrificio de todos.

En el cincuenta aniversario, a los ochenta y cinco años, cansado del cuerpo, le dijo a la generación de sus hijos crecidos, a la generación de sus nietos y de algún biznieto, que la revolución era un sacrificio. Después se murió. 

 La catequización durante la Colonia y los años posteriores manejó un razonamiento parecido. El cura católico advirtió que el indígena americano de base no tenía un lugar en esta vida gobernada por incas o similares. Que tampoco tenía un lugar en el cielo al morir, y le ofreció, generosamente, un lugar para su alma en el paraíso. En el lejano allá. Y en otro tiempo. Que se aguantara el presente, le dijo, pensando en la eternidad.

 ¿Cuál es el tema en común? La apuesta por el futuro que nunca llega y el menosprecio del presente que está aquí, con nosotros. La humanidad numerosa que nos acompaña, nosotros en medio, debe sacrificarse siempre por el futuro. La siguiente humanidad (nuestros hijos, nuestros nietos), y la siguiente y siguiente también, por siempre, y con la misma mentalidad y discurso: por un futuro mejor.

 ¿Dónde queda el valor del presente? ¿Acaso nuestra vida no es esta? Si bien es posible entender con traumas que somos hijos del pasado y que el futuro será hijo del presente, nadie debería exagerar pidiendo a la gente que se sacrifique, o se resigne, en aras de un futuro mejor pero sin nosotros. Es decir: nunca con un nosotros en tiempo presente. Lo sabemos: el futuro no pertenece a nadie porque es inalcanzable.

 El político surgido, sin grandes pretensiones, de la democracia calma y anodina, se diría cuasi desideologizado, debe valorar el presente y, lejos de "rifar” el futuro, tiene que considerar que esta humanidad vive y muere en un tiempo: el presente. No debe pedirle sacrificio alguno que consuma su vida en el fuego del ideal o de la virtud. Debe pedirle responsabilidad, y punto. Y luego: posibilitar que viva plenamente esta existencia fugaz, breve e irrepetible. Inclusive un técnico de fútbol enseñó esta verdad, tan fuerte y sabia, con ánimo de imponerla de una vez por todas: es aquí y ahora.

 No sólo el futuro se sacraliza. Al mismo tiempo, quizás con la misma mentalidad, sacralizamos el pasado:  todo tiempo pasado fue mejor. Claro, al menos si ocupábamos la arista superior de la gran pirámide social y no la base. Con la ardua, morosa y contradictoria construcción de la sociedad democrática, es posible afirmar que, de todas formas, además contra todo pronóstico político profético o divino, vivimos el mejor presente posible. A no dudar. Las sociedades democráticas trabajan para que el individuo y su sociedad vivan bien el único tiempo que disponen: el presente. No siempre se lo logra, está muy visto, pero aún con sus carencias y frustraciones todos viven con esa optimista sensación medio ambiente.

 Entiendo que la sacralización del futuro se origina en una inamovible idea que se llama dogma. El comunismo, o el paraíso, son construcciones que a uno le piden todo. El sacrificio. La renuncia del presente. Es decir: de la vida. La gente ha muerto a través de los siglos creyendo que legaba, a la próxima humanidad, un futuro mejor. No sólo el comunismo ha matado por sus ideas, también algún Papa. La democracia, en cambio, tan humilde en sus aspiraciones como son sus ciudadanos, ofrece una mesa de conciliación y concertación para vivir en paz el presente. Y para planear el futuro, claro, y sus grandes desafíos, pero desarrollando un proceso perenne que respete a la humanidad en pie. Reitero: no siempre lo logra rápidamente, pero estoy de la mano con quienes afirman que es lo mejor que tenemos para vivir hoy y también mañana.

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