Historia

Las negociaciones de 1950 entre Bolivia y Chile, y sus recurrencias (II parte)

En esta segunda parte del resumen del trabajo de Gonzalo Mendieta se revisan las negociaciones entre Bolivia y Chile que resultaron en el intercambio de notas de 1950. Particularmente, sus efectos en la opinión pública de Bolivia, Chile y Perú, así como ciertos elementos estructurales de esa negociación.
domingo, 4 de junio de 2017 · 01:03
Gonzalo Mendieta abogado

 

En la década de los años 40, en la visita del presidente Enrique Peñaranda a su par estadounidense, Franklin D. Roosevelt, luego de una explicación sobre el ansiado puerto boliviano, el mandatario anfitrión sostuvo que "a su juicio, éste era un problema de opinión continental y aun mundial”. Hizo notar que había que preparar la opinión de Chile, de Perú y otros países para evitar su fracaso para "no dificultar futuros entendimientos”.

Por otra parte, los actores estaban conscientes de la sensibilidad de esta cuestión. El Presidente chileno sostenía que "en las negociaciones de 1950, la reserva fue desde el inicio un asunto crucial”.

En Bolivia, Luis Fernando Guachalla y Ostria, canciller el primero y embajador en Chile el segundo, disentían sobre cómo proceder. Ostria reclamaba al canciller Guachalla, en 1947, no recibir instrucciones, pues no se debía "oponer a la buena disposición del señor González Videla sólo el silencio”.

 Ostria incluso llegó a criticar en su libro la inacción de la Cancillería. Para él, la prioridad era la negociación, antes que la preparación del ambiente favorable en Bolivia.

Mientras, Guachalla resentía por injustos los reclamos de Ostria. El excanciller pensaba que "la discusión debía, previa e inexcusablemente hacerse en el país, pues lo contrario nos exponía a conducir negociaciones con Chile que, después, pudiere ser rechazadas por la nación. 

Un primer dilema, entonces es cómo preparar a la opinión pública, antes de las negociaciones o cuando las negociaciones ya han avanzado. En 1975, luego de un periodo reservado, se decidió por la reanudación de relaciones diplomáticas y la inclusión pública del "diálogo (…) relativo a la mediterraneidad que afecta a Bolivia”, por ejemplo, provocando una expectativa pública finalmente contraproducente.
 
Reacciones en Chile y el papel del presidente Truman

En cuanto al segundo tema, el de cómo cuidar una negociación de los embates de la opinión pública, en 1950 la revista chilena Ercilla informó que se daría un acuerdo para "fortalecer para EEUU la llamada zona del Pacífico Sudamericano por un acuerdo entre los Gobiernos de Chile, Perú y Bolivia (…) y al mismo tiempo la provincia chilena de Tarapacá -amenazada por la asfixia por la crisis del salitre- se convertiría en una de las regiones agrícolas más fértiles”.

Estas noticias fueron desatinadamente confirmadas por el presidente Harry Truman, quien admitió que el asunto del corredor había sido discutido con González Videla en su visita. De hecho, los comunistas chilenos desataron una campaña "señalando una supuesta intervención yanqui en favor de Bolivia. Noticias Gráficas, de Santiago, publica un artículo titulado así; ¡Sensacional! Truman quiere el acuerdo boliviano para hacer base militar yanqui”.

Reacciones en Bolivia 

En Bolivia, a las negociaciones de 1950 se opuso el poeta, escritor y político Franz Tamayo. Los 14 puntos publicados por él en julio de 1950 resumieron las objeciones al acuerdo boliviano-chileno. Son un buen ejemplo de la crítica que los negociadores boliviano-chilenos han confrontado.

Mientras, en Perú las reacciones públicas abundaron. En un editorial, El Comercio sintetizó el sentimiento peruano: "Se equivocan, pues, quienes han creído que al perder parte de nuestro territorio, en virtud de los infaustos tratados de 1883 y 1929, perdimos también la memoria. (…)
 
Arica y Tarapacá viven como una llama sagrada en el recuerdo y el corazón de todo peruano… no podía el señor González Videla dejar de ponerse ‘previamente’ de acuerdo con nuestro Gobierno, antes de iniciar gestión alguna”.

Estos hechos se parecen, por ejemplo, a lo ocurrido en las negociaciones de Charaña. A decir de un historiador de esa negociación, el gobierno de Pinochet también inicialmente "insistió en que la negociación con Bolivia debería ser  secreta y los términos de las conversaciones ser considerados como altamente confidenciales”.

Guachalla, por su lado, transmitía una sensación permanente en los negociadores bolivianos. Por una parte, "…la desconfianza, acrecentada por el desastre de la guerra, no permitía ver con entusiasmo un programa de soluciones graduales si no contuviese, ante todo, algo muy concreto sobre la salida al mar…”. Por otra: "Mis impresiones -agregaba- no son precisamente optimistas, pues veo un juego de dilaciones y excusas que nos llevará a una pronta paralización del todo…”.

Cuando Guachalla presentó su renuncia al cargo de canciller, expresó también que debería  haber plazos para cumplir las instrucciones sobre el tema, pues temía que en la solución por etapas, Chile alargara "indefinidamente la solución del problema”. 

Para Bolivia ha sido permanente la impresión de una demora chilena deliberada en las negociaciones. Por ejemplo, en una entrevista de La Razón en 2017, el excanciller Choquehuanca repite a Guachalla: "Sí. Teníamos miedo de que (Sebastián) Piñera, calificado en el propio Chile como de derecha, pueda desconocer la agenda de los 13 puntos, pero luego la ratifica y eso nos ha generado expectativa de que íbamos a seguir avanzando. En 2010 viene la delegación de Chile (había dos reuniones de consultas políticas por año). Vienen como 20 personas; vicecanciller, directores y ahí redactamos un acta. Bolivia plantea y dice: ‘No podemos seguir hablando de qué vamos a hacer, ya tenemos que empezar a generar propuestas’”.

Lo mismo pasó con en el embajador Gutiérrez en las negociaciones de Charaña. En un reporte advertía que "debajo de un aparente deseo de tratar a fondo el problema  (existía) el propósito de la Cancillería chilena de dilatar las negociaciones”.

Regresando a 1950, el gobierno de Hertzog accedió, de inicio, a considerar una "solución gradual”, siempre que Chile aceptase explícitamente la necesidad boliviana de un puerto soberano en el Pacífico, a través de territorio chileno.

Los tiempos de la negociación no son indefinidos, dependen de las coyunturas nacionales y de las internacionales. Por un lado, a Bolivia siempre le ha preocupado la demora chilena. A la vez, una negociación diplomática no está solamente en manos de las partes negociadoras, sino de las circunstancias. 

Una de las discusiones de 1950 fueron las compensaciones. Ostria remarcaba "que las compensaciones que Bolivia diera en cambio de aquella cesión no serían jamás de carácter territorial, porque la nación boliviana había llegado al máximum de sacrificio al ceder a Chile, como consecuencia de la derrota, su extenso y rico litoral sobre el océano Pacífico, debiendo por tanto ser esas compensaciones exclusivamente de carácter económico o comercial”.

Es imposible no ver en este elemento central uno de los factores estructurales de la negociación boliviano-chilena. En las negociaciones de Charaña, fue la propuesta chilena de compensación territorial la que hirió las negociaciones, rematadas por la contrapropuesta peruana. Y en la de 1987 tuvo un impacto parecido. 

La posición boliviana no mencionó compensación territorial alguna, como recuerda uno de los negociadores bolivianos de ese momento, Jorge Siles.

Intereses regionales 

En 1950, una preocupación del presidente González Videla fue la necesidad de asegurar la alternativa económica al tránsito de la carga boliviana que llega a los puertos de Arica y Antofagasta. González Videla cuenta que Truman aseguró la ayuda económica y técnica estadounidense  para usar las aguas del Titicaca en un proyecto de riego y para electrificar el norte chileno con una potencia superior a la que tenía todo Chile. Era central la necesidad de suplir la vida que la carga boliviana da a Arica y a Antofagasta, "al verse éstas privadas del tráfico hacia el altiplano”. Y los ecos en Tacna también eran relevantes.

Aunque no hay evidencia de la actuación regional boliviana a propósito de las notas de 1950, en 2009, con el preacuerdo por las aguas del Silala, una de las principales fuentes de oposición estuvo en Potosí.

La motivación chilena de negociar con Bolivia

En un informe de 1951 del Departamento de Estado sobre Chile se reseña que: "Después de la elección de un gobierno prodemocrático en Bolivia en 1947, las relaciones entre Chile y Bolivia se tornaron muy cordiales y el Presidente de Chile proclamó su amistad con la administración boliviana en ocasión de la revuelta y guerra civil del año pasado instigada por radicales bolivianos con el aparente apoyo del presidente Perón de la Argentina”. 

La correspondencia diplomática chilena también revela las preocupaciones del gobierno de González Videla por la intromisión argentina y el móvil geopolítico de las negociaciones de 1950 entre Chile y Bolivia. Así lo reseña un estudio monográfico chileno de los archivos de la Cancillería de Chile. El embajador  chileno  en La Paz opinaba que "se buscaba contrarrestar con la apertura al diálogo la influencia de Argentina y que si Bolivia veía frustradas sus expectativas, podía volver a su antigua política de golpear las puertas de las cancillerías de América y de las organizaciones internacionales, con el agravante de que la mentalidad internacional era diferente a la pasada. 

El gran temor era que, rodeado de regímenes dictatoriales, Chile pudiese terminar arrinconado internacionalmente y verse obligado a otorgar una salida al mar, con los consiguientes perjuicios a la soberanía y orgullo nacionales”.

Para Chile, como en otras negociaciones, más que resolver los reclamos bolivianos, le preocupaba la configuración geopolítica en torno suyo. La negociación con Bolivia fue en 1950 dependiente de otras circunstancias.

Se puede preguntar si existen negociaciones internacionales en las que no tengan incidencia las circunstancias, pero no es menos cierto que un patrón de la postura chilena es su relación con sus otros vecinos, más que su deseo de resolver la cuestión boliviana.  Ocurrió durante la política boliviana del presidente Santa María, con sus inquietudes por Argentina y Perú, así como en 1975, por los enfrentamientos al borde de lo bélico entre Argentina y Perú, por un lado, y Chile, por el otro. Y no es difícil ver que las negociaciones entre Evo Morales y Bachelet estuvieron también signadas por la demanda peruana contra Chile en La Haya del año 2008.


 Perú 

El presidente Odría de  Perú en 1951 reafirmó que el estatus territorial consignado en el Tratado de 1929 y su protocolo complementario sólo podían ser modificados con "la participación y asentimiento de  Perú”, dando a entender que "Perú no sólo esperaba una notificación expost”.
 
 Esta es la posición que actualmente comparte por ejemplo el escritor chileno José Rodríguez Elizondo.

En 1951, el Departamento de Estado de  Estados Unidos revelaba la poca posibilidad, a su juicio, de que Perú concediera su consentimiento a la salida boliviana, por las disposiciones del Tratado de 1929, a pesar de que "no hay problemas especiales entre Bolivia y Perú hoy”. Aunque el presidente Truman se mostró exultante por las negociaciones chileno-bolivianas, el Departamento de Estado era escéptico.

Por lo demás, en un reporte de política del Departamento de Estado sobre Chile, de 1951, se reseña que "funcionarios de  Perú han indicado su aprensión” respecto de la voluntad chilena de "ceder a Bolivia una delgada franja de tierra adyacente a la frontera chileno-peruana”. Este no es un elemento secundario. Perú no espera solamente una notificación posterior, aunque simultáneamente sea aprensivo respecto a una negociación trilateral. 

Un patrocinador internacional

En 1950, Estados Unidos no llegó a jugar un papel central, pero las conversaciones con el presidente Truman del presidente chileno y el embajador boliviano en Washington (previamente canciller), Luis Fernando Guachalla, muestran que ambos países tenían en mente que jugara un rol.

En 1950 se encuentra así la necesidad de auspiciadores internacionales de un acuerdo.
 
Posteriormente, la negociación de Charaña también se inició por los buenos oficios de Brasil, en marzo de 1974. Chile llegó a proponer que el canje fuera puesto en la mesa por un tercero, como el Vaticano.

Las negociaciones de 1950 no fueron continuadas. El espíritu del Tratado de 1929 supuso erradamente la resignación boliviana, desmentida en 1950. Ostria Gutiérrez predijo que: "la reincorporación marítima de Bolivia constituye, no sólo por necesidad geográfica, sino también un ideal nacional que, mientras no sea resuelto satisfactoriamente, vivirá lo que viva el país mismo”.

En 1950, la diplomacia chilena dio un viraje. El diplomático chileno  Conrado Ríos Gallardo, autor de la cláusula antiboliviana del Protocolo de 1929, decía: "Es peligroso comprometer el futuro estable que garantizan los Tratados con el Perú por el futuro incierto que depara la gestión con Bolivia”. 

La dificultad de dejar atrás la guerra de 1879 es tal, sin embargo, que algunos prefieren la impronta de 1929, aunque no puedan responder por qué 1950 apareció en ese horizonte, si el espíritu de 1929 era estable. Las sucesivas negociaciones entre Bolivia y Chile revelan que el Tratado de 1929 es menos pétreo de lo que se creyó. Las diferencias chileno-peruanas han subsistido cada vez que se declaró su fin.

Últimamente han resurgido voces que, por ejemplo en Chile, alientan un retorno al espíritu de 1929, como el excónsul en Bolivia, Jorge Canelas o el diplomático Juan Salazar S., Canelas decía en una columna suya reciente: "Chile y Perú han dado muestras de estar en condiciones de consolidar una relación de cooperación e integración sin precedentes. Por eso, se pudo avanzar más en el sentido de reafirmar el espíritu del Tratado de 1929, con una declaración orientada a dar permanencia y futuro a la frontera común, desalentando de manera permanente cualquier iniciativa que pudiera contradecir lo dispuesto en el Artículo Primero del Protocolo Complementario de ese tratado”. No obstante, personalidades asociadas a la defensa de Chile en su litigio con Bolivia, como Joaquín Fermandois, puntualizaba hace pocos años que "Charaña (…) sigue simbolizando la única posibilidad real de lograr una salida soberana al mar para Bolivia”.

Los intereses bolivianos en el Pacífico son propios y autónomos. Aunque sólo fuera porque en el occidente boliviano, que usa las vías del Pacífico, hay población de 4.275.045   personas y que si se le agrega la población cochabambina, crece a 6.218.474 de personas, frente a los sólo cientos de miles que en el sur peruano o en el norte chileno, son usuarios potenciales de los puertos que usa Bolivia. Es un bloque poblacional boliviano que ejerce una presión real, agravada por la falta de inversión de los países tránsito, como Chile. Como decía el escritor y diplomático boliviano, Gonzalo Romero Álvarez García: "Las dificultades innumerables que sufre Bolivia en su dependencia portuaria la excitan a buscar soberanía en puerto propio”.

Retornar a 1929 supone admitir que en el fondo se adoptará una estrategia de contención de la diplomacia boliviana. Pensar en la desaparición del conflicto boliviano luce como una ideología "realista” que en verdad encubre un cierto desdén. La presión y la irritación boliviana son un resultado casi natural.

En 1950 las relaciones entre Bolivia y Chile tuvieron un giro. Sobre esa base se han intentado otras negociaciones. Algunas de sus características pueden ser extrapoladas y, de hecho, se repitieron sugestivamente.

Aprender de las negociaciones de 1950 quizá permita conducir con más conciencia sus factores estructurales recurrentes. Quién sabe no seamos esclavos del destino si podemos aprender de sus caprichos y de las maneras ominosas en que vivimos el presente y su historia.

 

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