Letra 7

Baudelaire, la razón y la pasión

Lo gestado por la lectura de Las flores del mal, de Charles Baudelaire.
domingo, 3 de septiembre de 2017 · 00:00
Oscar E. Jordán Arandia Escritor

A veces la poesía provoca desbordamientos en la razón, desprendiendo con sus palabras no sé qué válvula de regulación que desregula la cordura. 

Es un momento mágico y místico que muy pocas veces podemos disfrutar. Es casi un asombro filosófico, una epifanía, es algo que se abre a un nuevo mundo, que va más allá de la poesía que lo provocó. Se vuelve algo propio, una criatura que se engendra en la conciencia y que comparte contigo el mismo latido.

A mí me pasó con Las flores del mal, de Charles Baudelaire, tuve al leerlo, una sensación de gestación de algo muy propio, pero que, de alguna manera, había sido incrustado por el espíritu de mi lectura. 

De tal experiencia nació la inquietud de hacer una especie de "comentario filosófico” que de por sí ya enfrenta muchos problemas.

Ocurre que cuando nos acercamos a los textos filosóficos, casi inconscientemente, ponemos en práctica nuestra racionalidad porque en ellos se expresan ideas que pueden -y acaso deben- ser analizadas y desmenuzadas para ser aprehendidas cognoscitivamente. Esta clase de textos ‘fríos’ -en los cuales las palabras deben ser rigurosas en el sentido- permiten al lector criticar, comentar y parafrasear las ideas ahí expuestas.

En la poesía, el trabajo riguroso de interpretación es más difícil ya que, en ella, lo que se intenta expresar no son ideas, si no sensaciones, vivencias, que tienen un carácter indecible y que, por eso mismo, se acumulan y sobrecargan en la conciencia del individuo. 

La poesía es un medio, un instrumento, mediante el cual se expresan las sensaciones más íntimas y subjetivas que -por la carga existencial intensa que tienen- no pueden permanecer por más tiempo encerradas en la conciencia. Es pues una explosión que ocurre en los ámbitos internos del poeta.

Ahora bien, esta explosión, este desbordamiento de las sensaciones, necesita -para evitar el aniquilamiento de la cordura- un medio de expresión a través del cual se las pueda comunicar. El poeta, porque el destino azaroso así lo dispuso, recurre a la palabra. Ella es su redentora, el centro de fuga, su amante y enemigo, la única ruta de escape de las peligrosas e intensas experiencias sensoriales. Por eso se apega a ella como el niño se apega a su madre: para sentirse salvo y protegido.

Toda esta introducción se hizo necesaria para aclarar que la poesía -en tanto que expresa sensaciones (pasiones, como diría Rousseau) y no ideas- no puede ser aprehendida cognoscitivamente, por ello todo análisis metódico, meticuloso, riguroso -en fin, filosófico- no podrá acercarse nunca al verdadero ‘significado’ que el poeta quiso expresar. La razón es obvia: la poesía debe ser sentida, padeces en ella o no, los términos medios no existen.

Sin embargo, no será el primer ni último intento por tratar de traducir al lenguaje de la filosofía expresiones poéticas. Pero debo advertir que la relación con Baudelaire mientras lo leía fue absolutamente sensitiva; padecía antes de entender, y entendía, paulatinamente, mientras padecía. 
Por eso, esto que aquí escribo es tan solo un vano intento por explicar la imagen subjetiva que me he fabricado de Baudelaire. Juzgue pues el "hipócrita lector… mi hermano” lo que hay de rescatable en esta irreverente interpretación. Todas las citas pertenecen al susodicho libro.

El acercamiento

La poesía de Baudelaire llegó a mis oídos sin que yo la estuviese buscando. Estaba en los bancos desolados y tristes de la universidad escuchando a un amigo mío disertar; abrió las páginas de un libro, Las flores del mal, y mientras el primer poema leía, un vértigo desconcertante recorrió todo mi cuerpo. Supe, desde aquel inesperado momento, que en Charles Baudelaire a un amigo verdadero encontraría. 

Algunos meses después, en la ciudad del Illimani, respirando su frío y ligero aire, recorría las calles con cierta impaciencia buscando un "no sé qué” que a mi cuerpo llamaba. Impulsivamente entré a una amplia librería y mis pies me condujeron a la última repisa, donde me esperaban los versos malvados, las flores diletantes. 

Dudé un instante -tal vez secretamente intuía el vértigo- pero el libro de mis manos no se despegaba. Finalmente, lo traje conmigo.

Pasaron muchos meses para que lo lea en serio. Flores fatídicas, pestilentes y miserables…
 
asquerosas. Flores que te escupen el perpetuo remordimiento de una vida libertina.

Descubrí en ellas la vivencia intensa de la "Muerte”, los "Despojos” y las "Galanterías”.

El autor -clara y secretamente- me habló de la miseria y el remordimiento: "El reloj dando las doce” irónicamente invita "a recordar qué uso hicimos” del día que se nos escapa. El día trae consigo necedad, herejía y pacto con el demonio (ese cantor de todo lo fúnebre).

El poeta Baudelaire, "sacerdote de la lira”, escapando de la miseria, frenética y gloriosamente grita:

Pronto, apaguemos la luz para ocultarnos de las tinieblas

Pues la noche desciende a la ciudad "trayendo a unos paz y a otros cuidados”.
Testigo del dolor y de la dura vida, a quien la esperanza aún no lo abandona, "el Poeta, sereno, lleva sus dos brazos… al cielo” y colmado de pasión exclama:

Yo sé que reserváis un lugar al Poeta
en las filas dichosas de las santas legiones

Lleno de pavor observa la miseria del mundo que lo rodea; toda aspiración suya en esta vida está en abandonar la culpa de la conciencia, culpa y remordimiento que esperan en el dolor, la muerte y el infierno, aplacar su padecimiento.

Yo  bien sé que el dolor es la única nobleza
donde no morderán la tierra ni el infierno
y que para trenzarme una corona mística
son precisos el mundo y todas sus edades

El libro cerré y las páginas malvadas cesaron de chillar. Un olor fresco, entonces, vino de visita, era el día que empezaba a despertar y sin cargos de conciencia lo fui a saludar. 

Rozaba dulcemente el aroma nuevo en mi piel, ya no cargaba al libro conmigo, sino un lápiz y un papel, que me los guardé en el bolsillo, mientras salía a disfrutar del nuevo sol.

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