Rocío Estremadoiro Rioja

De pumas y otros bichos

El caso del puma de Oruro hace recordar el sufrimiento de un cóndor con la mala pata de ser considerado “emblema nacional” y un león enfermo y desnutrido que cada noche lloraba su encierro.
domingo, 28 de octubre de 2018 · 00:00

Rocío Estremadoiro Rioja, Socióloga

La mala suerte del puma hambriento que deambulaba en Oruro fue que la vida lo colocó en Bolivia, país donde abundan los que se vanaglorian por ser baluarte de “respeto” y “amor” por la Pachamama(da), pero que arrasan con los bosques y selvas, contaminan los ríos y lagos “sagrados”, envenenan lo que comen, encementan áreas verdes. Sin contar el desprecio y la saña con los que tratan a los seres vivos; lo que se evidencia en el albur de ese infortunado felino.

Análogo ejemplo de ello, entre tantos, es la situación de los zoológicos en varias ciudades y pueblos de Bolivia, increíbles monumentos a la crueldad.

Se me vienen a la memoria los años en que había en Cochabamba un zoológico municipal. Rememoro el sufrimiento público y festejado de dos seres: un cóndor, ave que reviste la mala pata de ser considerada “emblema nacional” y que por tan “distinguido” “homenaje”, se encontraba aprisionada en una diminuta jaula en la que no podía abrir las alas; y un león, enfermo y desnutrido, que cada noche lloraba su encierro con rugidos agonizantes.

Nunca comprenderé en qué mentalidad limitada y estrecha cabe que confinar en una jaula es “buen trato” para un ser vivo. Y menos en la realidad de nuestros zoológicos, basta recordar que la situación deprimente de los animales hizo que se recomendara la clausura del zoológico de Oruro, cosa a la que se opusieron las autoridades municipales y algunos ciudadanos, por lo que el miserable presidio continúa abierto cual “patrimonio” orureño.

¡Y pensar que si ese puma de Oruro, sobrevivía, uno de los planes que se maduraba era “acogerlo” en el zoológico de la ciudad!

Muy distinto no es el caso del resto de zoológicos del país, y eso incluye a los más grandes, como los zoológicos de Santa Cruz y La Paz que, aunque tengan más espacio, vegetación aledaña y aparente mejor trato a los animales, no deja de ser una sombría prisión de seres que no cometieron ningún delito. ¿Cómo es dable que se tilde aquello de “entretenimiento” dirigido a los niños

Moros y cristianos comparten el viejo mito del ser humano “creado” a “imagen y semejanza de Dios”, representación enquistada en buena parte de las interpretaciones religiosas, filosóficas y hasta en la ciencia, empezando por el clásico enfoque abrahámico, pasando por los obsesionados en demostrar, “científicamente”, lo que diferenciaría a humanos de otros bichos, y terminando con los que prefieren afirmar que ostentamos “genes extraterrestres” antes que admitir similitudes con las formas de vida en la Tierra.

Allende de que Darwin se rajó en explicarnos en El origen de las especies los misterios de un patrón común a toda modalidad de vida y mientras las ciencias sociales y humanas poco a poco van aceptando las semejanzas entre el comportamiento humano y el de otros animales, una mayoría de nuestros congéneres insiste en la supuesta “excepcionalidad” humana, como si tal presunción nos librara del carnal, mortal y efímero destino de todos los organismos.

En ese sentido, no sé con qué derecho, nos damos el lujo de despojar de conciencia, de razón e inclusive de sentimientos a otros seres vivos. Aseguramos que no manifiestan placer, amor, inquietudes, felicidad o angustia. Les amputamos la noción de sí mismos y la posibilidad de pensar, de comunicarse, de expresar empatía. Lo paradójico es que desde el método empírico que nos llena de arrogancia, se vislumbran asombrosas particularidades propias del mundo animal y vegetal, reflejando lo poco que sabemos de esos seres y que apenas atisbamos una complejidad que no tiene por qué ser exclusivamente humana.

Es cierto que, siguiendo el orden natural, está el de matar para sobrevivir. Pero la humanidad, no solamente se remite a eso, sino que cree poseer la atribución de dirimir la existencia de los demás seres vivos, de encerrarlos, aplastarlos, mutilarlos, exhibirlos, modificarlos, esclavizarlos y, como aconteció en Cochabamba con el terrible ajusticiamiento de cientos de perros en Sacaba, de someterlos a crueldades indecibles con fines que nada tienen que ver con la supervivencia y, al contrario, ilustran con creces la estupidez humana.

En consecuencia, justificamos un modelo social de relacionamiento con el entorno petulante y desmedido, al concebir a la naturaleza únicamente para servirnos y generando un grado de “aprovechamiento” de ella, irresponsable e insostenible.

Y a pesar de montar espantosos mataderos donde los animales se transforman en productos en serie, de extenuar la tierra, de arrasar con los árboles, de intoxicar el agua, de ensuciar el aire y de propiciar la extinción de especies y de ecosistemas enteros, aún así, ese modelo no evita que, en muchos rincones del orbe, haya gente que sufra de hambre y desnutrición.

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