Justicia

Podredumbre

¿Cómo será estar en los zapatos de un joven médico que, siendo inocente, es acusado de violar a un bebé?
domingo, 7 de octubre de 2018 · 00:00

Rocío Estremadoiro Rioja Doctora en Ciencias Sociales

“Seguramente se había calumniado a José K…, pues, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”.

Así empieza El proceso de Franz Kafka, magistral obra que retrata, desde la metáfora de la ficción, la aterradora realidad que envuelve un sistema judicial corrompido, arbitrario y leguleyo frente a la fragilidad del individuo. Toda la semana tuve en mi mente ese libro, incluso volví a leer algunas partes sin dar crédito a mis ojos: En Bolivia la ficción más escalofriante es rebasada por la realidad. En tal medida, Alan Parker superaría la herida que genera su Expreso de medianoche (esta película sí está basada en hechos reales), si vendría al país a convertir en desgarrador arte lo que acontece con ciudadanos bolivianos.

There but for fortune dice una dulce canción de Bill Ochs. Es cuestión de azares que las desgracias no le toquen a uno y más todavía en formaciones sociales como la nuestra, donde las “desgracias”, incontable cantidad de veces, se resumen al uso y abuso de poder.

Por ello, en el aprendizaje de colocarse en el lugar de otros, cabría reflexionar: ¿Cómo será estar en los zapatos de un joven médico que, siendo inocente, es acusado de violar a un bebé?

No es una acusación cualquiera. No se le imputa por robar una garrafa o una gallina. ¡Se trata de la violación de un bebé que además fallece! ¿Se ubica la magnitud y monstruosidad de la acusación? Suficiente para marcar indeleblemente a un ser humano recibir semejante inculpación.

Sin embargo, no solamente ocurrió aquello. Hoy una persona que, a todas luces, es inocente, está purgando 20 años en la prisión. Pero eso suena a dato demasiado frío.

¿Qué grita el trasfondo? ¿Podremos atisbar lo que implica el sortear la sofocante burocracia de los tribunales, los abogados, los papeles, las tramoyas de tinterillos y revelar que el sistema no sólo no funciona, sino que se ensaña contra los ciudadanos desprotegidos?

¿Descubriremos lo que significa pasar casi 1460 días -con sus noches- confinado en un presidio y a sabiendas de que estás ahí porque hicieron contigo un atropello sin nombre?

¿Qué hay del asedio de los medios, de los insultos e incriminaciones en las redes sociales, de las exclamaciones de “violador” en las calles, de la muerte social que, también a priori, ya condenó a este hombre?

¿Quién le devolverá a este joven, y a sus familiares, la vida perdida, las lágrimas derramadas, la cordura extraviada entre los barrotes de la agresión, de la injusticia, de la infamia?

No hay derecho. No es posible vivir tranquilos en un país en el que se condena, de manera ligera y mañosa, a un inocente. Da remordimientos inclusive dormir, porque no es concebible. Ni siquiera sabemos cuántos más están en esa coyuntura, aunque hace bastante tiempo que es evidente la precariedad del aparato judicial boliviano y de su sistema carcelario.

¿Será que el joven médico tuvo que amollar para conseguir en la cárcel un rincón para dormir, así sea el pasillo de un baño? ¿Será que sufrió de violencia y peor al ser tildado como “violador de niños”?

Lo trágico es que este tema remonta a un extraño tango: I’ve seen that face before. Claro que lo hemos visto antes. Perdura el recuerdo de un señor que se desplomó de su chalet en la zona Norte hasta los pisos húmedos de una celda, donde dormía.

Ni qué decir de la mirada triste y cansada de un idealista que procuró institucionalizar un organismo público y por eso fue condenado a deambular de juzgado en juzgado, muriendo de estrés, pena y burocracia.

Pensándolo bien, lo vemos todos los días. Lo observamos en los campesinos pobres que atestan las prisiones debido a la Ley 1008. Se vislumbra en el entorno de cientos de litigantes, en las víctimas de la arbitrariedad política, en la retardación de justicia, en la desigualdad y asimetría de las penas entre los pudientes y poderosos y el resto de mortales.

Lo respiramos en la situación de las cárceles bolivianas, hacinadas y dejadas a su suerte. Se percibe en la cotidianidad de los linchamientos en los que, sin juicio previo, se impone la hoguera del delirio colectivo.

Lo entrevemos a través de las innumerables ocasiones en que señalamos, vociferamos y alentamos muertes civiles, movidos por el morbo, el chismerío y el sensacionalismo.

Finalmente, algo más llama enormemente la atención en este asunto. Hasta donde entendí, al joven médico se le atribuye una supuesta violación porque era el “único varón que estaba ahí”.

En otras palabras, bajo esa lógica, sólo un “varón”, por ser “varón”, comete violaciones. ¿Se dan cuenta? ¡Señores sulfúricos “antifeminazis” y autonombrados defensores de los derechos de los hombres, ¿qué están aguardando para dar grito al cielo por tamaño prejuicio y tara contra ustedes?!

¡En vez de enfrentarse a las feministas, ¿qué esperan para protestar por un infortunado congénere suyo que es acusado de violación por ser el “único varón”?!

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