Análisis

Cómo muere la democracia

Codicia, vanidad, estulticia y mezquindad... son las debilidades humanas que secuestraron y prostituyeron la democracia.
domingo, 04 de noviembre de 2018 · 00:13

Jorge Patiño Sarcinelli, Matemático y escritor.

“Hay una preocupación con la calidad del proceso democrático en países donde éste ya parecía consolidado y, por otro, hay preocupantes tendencias autocráticas en países que iban por buen camino”.

En Bolivia la democracia agoniza. Algunos dirán que está muerta, que lo que habíamos recuperado con tanto sudor, sangre y grito se ha vuelto a perder. Los defensores del gobierno dirán que son unos llorones, que esto no es nada comparado con los abusos del capitalismo en la democracia neoliberal, éste es el precio del cambio, así la quiere el pueblo, etcétera.

Uno de los síntomas del deterioro del proceso democrático es justamente que esos dos grupos no son capaces de debatir esa cuestión fundamental y menos todavía políticas públicas, en parte porque no se respetan. Aquí y allá se oye que alguien dice que tiene amigos del otro lado, pero simplemente no hay debate público y el primero en rehuir todo debate es el gran jefe; sabemos por qué.

Sin embargo, la preocupación sobre el deterioro democrático es mundial. Hasta hace poco no hubiese salido un libro con el título Cómo muere la democracia, de donde saco el título de esta columna. El autor, David Runciman (de quién saco las citas sin referencia de este artículo) analiza qués, cómos y porqués de ese deterioro en el primer mundo. EEUU, de haber sido el ejemplo y auto denominado faro de la democracia, desde la elección de Trump se ha convertido en un ejemplo de los males que aquejan a las viejas democracias.

La elección y el comportamiento de Trump antes y después de ser elegido han causado y siguen causando estupor e incredulidad cotidianos. Hay en ello, dicen los analistas, si no el síntoma de una tendencia antidemocrática, al menos un accidente político de consecuencias todavía imprevisibles.

Pero la preocupación va más allá; no es solo Estados Unidos el que muestra señales de involución política en el barómetro de la democracia.

Por un lado, hay una preocupación con la calidad del proceso democrático en países donde éste ya parecía consolidado y, por otro, hay preocupantes tendencias autocráticas en países que, si bien no habían llegado a consolidar las instituciones que lo hacen posible, iban en buen camino. Entonces, ¿qué está pasando? ¿Hacia dónde vamos? ¿Es éste el fin de la democracia como ideal? ¿Si así fuera, qué alternativas hay?

La democracia es muy antigua, si nos remontamos a la griega, o relativamente joven: poco más de cien años en  su versión moderna. De hecho, en 1900 había apenas 10 países democráticos en el mundo. En 2009 el número había subido a 89; sólo 50% del total. No tengo datos más recientes, pero sospecho que si nos ponemos exigentes, el número ha comenzado a disminuir.

De hecho, el porcentaje de personas que cree que es “esencial vivir en democracia” está cayendo en el Primer Mundo. Cuando se compara esa opinión entre personas nacidas en los 30 y los 80, el porcentaje cae de 75% a 30% en EEUU,  de 80% a 60% en Suecia, de 70% a 30% en Inglaterra, etc. Es un dato alarmante de obvias consecuencias. En países menos desarrollados la tolerancia pragmática e ignorante con los autoritarismos de toda laya es igualmente alarmante.

Pero, además de esta disminución de valoración de la democracia, hay otras preocupaciones. Una de ellas está en la calidad del voto. No en la calidad del proceso electoral –aunque en esto hay serias fallas justamente en Estados Unidos– sino en la posibilidad ya ampliamente evidenciada de una influencia indebida en las preferencias, sumada al ausentismo, y a la consabida falta de información y dificultad de análisis real de las propuestas. Al final, “la gente cree lo que quiere creer”, es decir, lo que le conviene creer.

Otra área de preocupación es más profunda y tiene que ver con el funcionamiento del sistema, de la “máquina burocrática” una vez elegidos los gobernantes. “El peligro de la democracia moderna es que se aísla del input de la gente y adquiere vida propia”. Ya Gandhi decía que “un sistema que depende de funcionarios elegidos para tomar decisiones por nosotros no nos rescatará jamás de una existencia artificial”. Él quería un sistema local. India resultó ser una sola gigantesca democracia. Con la tecnología, “en lugar de usar las máquinas para resolver nuestros problemas, resolvemos los problemas que pueden resolver las máquinas”.

En términos de resultados, la democracia deja mucho que desear. No sólo ha producido líderes de la calaña de Trump, Erdogan, Chávez, Evo, etcétera, sino que no ha logrado eliminar las desigualdades, cada vez más escandalosas, más ofensivas a la dignidad y sensibilidad humanas.

Pásenle esta factura al capitalismo, si prefieren, pero el hecho es que los ciudadanos no han sabido o no han podido votar por gobernantes que eliminen la desigualdad. “No sabemos cómo corregir la desigualdad sin usar violencia en gran escala”, dice Runciman, pero no es cierto. En eso se debe reconocer los logros de Lula y Evo. A la afirmación de que  “El populismo busca recuperar la democracia secuestrada por las élites” hay que responder que ellos la han recuperado para uso propio.

Uno de los temas actuales en el debate democrático es la influencia de las redes sociales. Dice Runciman que “Facebook puede infiltrarse en las vidas de las personas …. y debilitar las fuerzas que mantienen intacta la democracia” y que “Twitter no es una manera viable de hacer política. Ofrece a lo sumo una mala imitación de la democracia”.

Creo que en esto se equivoca. La mala información de Facebook  y Twitter es tan mala como la de la calle, del taxista o la radio, que también influencian votos. La gente es bombardeada con todo tipo de información. Facebook es una fuente más, pero es un espacio de debate donde la gente opina y lee; bien o mal, según virtudes o defectos más atribuibles a la educación de quien participa que a las redes sociales propiamente.

En nuestro país la democracia ha sido secuestrada y prostituida, pero lo que ha llevado a ese resultado son debilidades humanas: codicia, vanidad, estulticia, mezquindad,  y la mayor razón sistémica de peso es la ignorancia general que impide que la gente pueda discernir. Por otro lado, si la población se ve forzada a elegir cada vez entre líderes corruptos o incompetentes, la democracia está fallando de manera fundamental.

En un próximo artículo, resumiré las opciones que ofrece Runciman si se decide abandonar el ideal de la democracia.

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