Política

El triunfo de la extrema derecha en Brasil: incómodas lecciones

Eduardo Gudynas y Alberto Acosta reflexionan sobre la victoria en Jair Bolsonaro en Brasil y cómo ésta puede ser ejemplo de lo ocurrido en América Latina con los gobiernos de izquierda. Proponen opciones de cambio político e identifican las responsabilidades de los progresismos.
domingo, 04 de noviembre de 2018 · 00:15

Alberto Acosta, Fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador y candidato a la Presidencia por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas.

Eduardo Gudynas, Investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social en Uruguay.

América Latina está siendo aleccionada por el triunfo de Jair Bolsonaro, un político casi desconocido de extrema derecha, en las elecciones presidenciales de Brasil, así como por su contracara, el retroceso del Partido de los Trabajadores y de otros grupos.

Urge abordar semejante “lección” sin repetir ni la nutrida información circulante de estos días ni los análisis simplistas. Además, tal abordaje debe hacerse desde una mirada latinoamericana, buscando comprender las implicancias para las izquierdas en los demás países. Tarea urgente pues hoy muchos creen confirmada la imposibilidad de cualquier alternativa de izquierda y que el retorno de las derechas es inevitable.

Es importante adelantar que rechazamos esa postura, y más bien vemos en la crisis el semillero de una nueva izquierda latinoamericana que no repita los errores progresistas y se convierta, una vez más, en opción de cambio. En otras palabras, apostar a unas izquierdas que eviten la llegada de otros Bolsonaros en los países vecinos, para lo cual cabe una disección rigurosa sobre lo sucedido en Brasil.

Permanecer en la superficie echando la culpa sólo a los medios, a la oligarquía o al imperialismo es insuficiente. Impedir el efecto contagio pasa por construir propuestas de cambio profundas, viables y eminentemente democráticas. Derechas sin disimulos y progresismos que disimulan.

Bolsonaro y sus apoyos expresan una ultraderecha que ya nada disimula ni oculta. Critica a indígenas o negros, es homofóbico, ironiza con fusilar a militantes de izquierda o defiende la tortura y la dictadura. Su racismo y autoritarismo son respaldados por amplios sectores brasileños mientras que los contrapesos políticos y culturales fueron incapaces de detenerlo. Esto revela una sociedad brasileña mucho más conservadora de lo pensado, en contraste con la pasada prédica del Partido de los Trabajadores (PT), que celebrara el apoyo del “pueblo” y el viraje hacia la “izquierda”.

Aquí ya asoman varias lecciones. Una de las viejas propuestas del PT era democratizar la sociedad brasileña, incluyendo mejorar la institucionalidad política. Pero una vez en el gobierno, el desempeño fue muy limitado pues se agravó la dispersión partidaria; se usaron sobornos entre legisladores (recordemos el primer gobierno de Lula da Silva con el mensalão); persistió el verticalismo partidario; y paulatinamente se debilitó la participación ciudadana.

Esos y otros factores tal vez explican las limitaciones de un “triunfalismo facilista” ante una sociedad brasileña que no era tan izquierdista como parecía.  Es evidente que una renovación de las izquierdas debe aprender de esa dinámica, y no puede renunciar a democratizar tanto la sociedad como sus propias estructuras partidarias. No hacerlo facilita el surgimiento de oportunistas. Las estructuras políticas de izquierda deben, de una vez por todas, ser dignas representantes de sus bases y no meros trampolines desde los que ascienden figuras individuales, con claros rasgos caudillescos.

Aquí, sin duda, opera el “miedo a perder la próxima elección”. En Argentina, el sucesor designado por el kirchnerismo perdió la elección ante el nuevo conservadurismo de Mauricio Macri, justo por hacer algo parecido a lo que ahora ocurrió con el PT de Brasil: rechazar los llamados al cambio, abroquelarse e inmovilizarse. Ese mismo temor se evidencia en el progresismo boliviano, presionando, además, por una nueva reelección. Reconozcamos que un hiperpresidencialismo finalmente es una trampa, ya que si la derecha llega al palacio de gobierno será todavía más difícil removerla.

Desarrollo nada nuevo sino senil

El caso brasileño confirma la gran importancia de las estrategias de desarrollo, factor clave al diferenciar entre progresismo e izquierda. El camino seguido por Lula da Silva, el “nuevo desarrollismo” descansó otra vez en las exportaciones primarias y la captación de inversión extranjera, alejándose de muchos reclamos de la izquierda. Este hecho, así como los apuntados arriba, expresan que progresismo e izquierda son dos corrientes políticas distintas.

En efecto, Brasil pasó a ser el mayor extractivista minero y agropecuario del continente (comercializa el triple de minerales que todos los demás países mineros sudamericanos sumados y lidera los rankings de soya). Esto sólo es posible aceptando una inserción subordinada en el comercio global y una acción limitada del Estado en algunos sectores, justamente al contrario de las aspiraciones de la izquierda. Aquí hay muchas semejanzas con el progresismo boliviano.

Las limitaciones de esas estrategias se disimularon con los jugosos excedentes de la fase de altos precios de las materias primas. Aunque se publicitó la asistencia social, el grueso de la bonanza se centró en otras áreas, tales como el consumismo popular, subsidios y asistencias a sectores extractivos, el apoyo a algunas grandes corporaciones (las llamadas campeões nacionales). Otra vez se repiten las semejanzas con Bolivia.

Esto explica que el “nuevo desarrollismo” fuese apoyado tanto por trabajadores, que disfrutaban de créditos accesibles como por la élite empresarial que conseguía dinero estatal para internacionalizarse. Lula da Silva era aplaudido, por razones distintas, tanto en barrios pobres como en el Foro Económico de Davos.

Vale recordar que el PT no contó en sus inicios con un debate ciudadano tan innovador como el que ocurría en los países andinos con el Vivir Bien. En Bolivia, la formulación original de esa idea constituía una crítica y alternativa al desarrollo extractivista. Sin embargo, el progresismo gobernante impuso su propia versión del desarrollismo, reformuló o maniató aquel Vivir Bien, y con ello perdió una de sus innovaciones más trascendentes. Las izquierdas deberían observar esto con atención y colocar entre sus prioridades recuperar esa discusión original.

Esto comenzó a crujir al caer los precios de las materias primas, develándose que las ayudas mensuales son importantes, pero no sacan realmente a la gente de la pobreza, que persistía la excesiva concentración de la riqueza, y que parte del financiamiento a las corporaciones se perdió en redes de corrupción. No se transformaron las esencias de las estrategias de desarrollo, se profundizó la dependencia de las materias primas aunque con China como nuevo referente.

Se produjo desindustrialización y fragilidad económica y financiera. Ese “nuevo desarrollismo” progresista es tan viejo como el colonialismo, pues en aquel entonces arrancó el extractivismo.

No se quiso entender que esas estrategias obligaban a usar ciertos instrumentos económicos y políticos nada neutros, y más bien contrarios de buena parte de la esencia de izquierda ya que deterioran los derechos y la democracia. Se alimentaron crisis políticas que los progresismos no logran resolver desde la izquierda, y regresaron viejas recetas como el endeudamiento, los controles y hostigamientos a la ciudadana, o flexibilizar normas ambientales y laborales. Como resultado se generaron condiciones para una restauración conservadora dejándose servido un Estado y normas que lo harán todavía más fácil.

Ruralidades conservadoras

El desarrollismo senil requiere del viejo autoritarismo, y por ello distintos sectores como el ruralismo ultraconservador festeja el discurso de Bolsonaro contra los indígenas, los campesinos y los sin tierra. Bolsonaro cuenta entre sus apoyos con la “bancada ruralista”, un sector que ya había llegado al anterior gobierno cuando Dilma Rousseff colocó a una de sus líderes en su gabinete (Kátia Abreu).

Este ejemplo debe alertar a la izquierda, pues distintos actores conservadores y ultraconservadores aprovechan de los progresismos para enquistarse en esos gobiernos. Son progresismos que les dan lugar bajo discursos de pluralidad y gobernabilidad y necesidad de estabilidad y apoyos electorales.

En países con una amplia base campesina, como Bolivia, debe observarse que el progresismo brasileño no aseguró una real reforma agraria o una transformación del desarrollo agropecuario. Recordemos que bajo el primer gobierno de Lula da Silva se difundió la soya transgénica en Brasil, y una dinámica similar ocurrió en Argentina y Uruguay. Esa intencionalidad se repite en Bolivia, donde, además, la colonización alentada por el gobierno pone en riesgo territorios indígenas en zonas como las del TIPNIS. En Brasil no se tuvo éxito en explorar alternativas para el mundo rural, insistiendo en el simplismo de los monocultivos de exportación, sostener al empresariado del campo, y si hay dinero, distribuir asistencias financieras a campesinos. Las izquierdas, en cambio, deben innovar en una nueva ruralidad, abordando en serio tanto la tenencia como los usos de la tierra, y el rol de proveedores de alimentos no sólo para el comercio global sino sobre todo para el propio país.

Pobreza y justicia

El PT aprovechó distintas circunstancias logrando reducir la pobreza, junto a otras mejoras (como incrementos en el salario mínimo, formalización del empleo, salud, etc.), todo lo cual debe ser aplaudido. Pero mucho de ese esfuerzo descansó en el asistencialismo y reforzó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza. La bancarización y el crédito explotaron (el crédito privado trepó del 22% del PBI en 2001 al 60% en 2017). El consumismo se confundió con mejoras de la calidad de vida.

El progresismo aquí olvidó aquel principio de la izquierda de desmercantilizar la vida, justamente una de sus reacciones contra el neoliberalismo del siglo pasado. La idea de justicia se redujo a enfatizar algunos instrumentos de redistribución económica, mientras que los derechos ciudadanos seguían siendo frágiles. Las izquierdas no deberían caer en esos reduccionismos ya que la justicia social es mucho más que la redistribución, así como la calidad de vida es también más que el crecimiento económico.

La izquierda latinoamericana no puede hacerse la distraída ante el hecho que Brasil está a la cabeza en el número de asesinatos de defensores de la tierra en el mundo (57 muertes en 2017 según Global Wittness) y la violencia urbana no ha retrocedido.

Tampoco puede disimularse que Bolsonaro en parte se apoyó en la debilidad en el marco de los derechos humanos que deja el progresismo. Hay medidas, como las normas sobre terrorismo, que fueron aprobadas por el progresismo y que ahora aplicará la derecha desde el Gobierno.

Es oportuno alertar sobre esto en Bolivia, dados procesos como la criminalización de la protesta social (como ocurrió en Chaparina) o intervenir en fracturar a los movimientos sociales. El progresismo apela a eso en las coyunturas, pero así debilita el entramado de derechos, lo que resulta en un campo propicio para la consolidación de la derecha extrema. La lección para una verdadera izquierda es que debe promover y fortalecer los derechos humanos, aún si ello le significa perder una elección, ya que es su única garantía no sólo de su esencia democrática sino de retornar al gobierno.

Renovación de las izquierdas

El PT, como otros progresismos sudamericanos, no sólo desoyó advertencias sobre ese “nuevo desarrollismo” primarizado, sino que activamente combatió los debates y ensayos en las alternativas al desarrollo. Distintos actores, tanto dentro de esos países como  desde el exterior, aplaudían complacientes incapaces de escuchar las voces de alarma, con el pretexto perverso de no hacerle el juego a la derecha.

A pesar de todo, en Brasil y en el resto del continente hay múltiples resistencias y alternativas que se construyen cotidianamente. Ellas ofrecen inspiraciones para una recuperación de la izquierda, desde la crítica al desarrollismo, los ensayos para abandonar la dependencia extractivista o los esfuerzos para salvaguardar los derechos ciudadanos. Allí están los insumos para una nueva izquierda comprometida con horizontes emancipatorios.

 La renovación de las izquierdas debe asumir la crítica y la autocrítica, cueste lo que cueste, para aprender y desaprender de las experiencias recientes. Se mantienen conocidos desafíos y se suman nuevas urgencias. La izquierda latinoamericana debe avanzar en alternativas al desarrollo, debe ser ambientalista en el respeto a la Naturaleza y feminista para enfrentar el patriarcado, persistir en el compromiso socialista con remontar la inequidad social, y decolonial para superar el racismo, la exclusión y la marginación. Todo esto demanda siempre más democracia.

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