Equidad

La migración de las mujeres “ilegalizadas ” del sur

Bravo Cladera explica los flujos migratorios de las mujeres latinoamericanas hacia Europa y la necesidad que tienen los países del norte de esta mano de obra.
domingo, 18 de marzo de 2018 · 05:08

Emma Bolshia Bravo Cladera  Máster en psicología

Las mujeres forman un grupo cada vez mayor dentro de los que emigran en busca de trabajo. Así se da en las últimas décadas una feminización de la pobreza y de la emigración latinoamericana, y  muestra una relación entre el desempleo femenino en las sociedades emisoras y la demanda de esta mano de obra en las sociedades receptoras. 


El aumento de este flujo migratorio está ligado a la pobreza en los países del sur, agravada desde hace décadas por la aplicación de los programas de ajuste estructural, siendo las mujeres las que soportan los golpes más duros de esta política.

El interés de este artículo es situar los flujos migratorios de las mujeres latinoamericanas hacia Europa en el contexto de la economía globalizada y mostrar la necesidad que tienen los países del norte de esta mano de obra. 


Trataremos el caso de las mujeres latinoamericanas “ilegalizadas” que trabajan en el sector del trabajo doméstico y el cuidado de niños/as. “Ilegalizadas” y no “ilegales”, porque no es el acto de migrar que es ilegal, es el doble rechazo de los Estados de recepción y de los Estados de origen, lo que sitúa a un cierto número de personas en un no man’s land institucional, donde ellas se vuelven ciudadanas de ningún lugar. En este sentido, es más apropiado hablar de migraciones “ilegalizadas”. Bolzman (1998). 


La globalización económica marcada por las leyes de la economía liberal provoca desequilibrios sociales en los países pobres y en consecuencia desplazamientos de poblaciones al interior de una nación y flujos migratorios a nivel mundial. 


Jeffrey Sachs, célebre economista y asesor de los gobiernos neoliberales bolivianos para la imposición del ajuste estructural, escribía que el mundo deberá asistir a flujos migratorios mucho más grandes, porque los países pobres son incapaces de un desarrollo rápido y señalaba  Bolivia, Perú y El Salvador entre los países concernidos por esta presión migratoria desde los países pobres hacia los países ricos del norte.  


Según el informe de las Naciones Unidas (2008), el 50% de los migrantes eran mujeres. Esta importante presencia de mujeres en los flujos migratorios, desde finales de los años 80, forma parte de una de las características de la migración de fines de siglo, la feminización de la migración. 


En este mundo globalizado, la pobreza no se vive de la misma manera por los hombres que por las mujeres. En los países del sur, el número de mujeres viviendo bajo el nivel de pobreza ha aumentado de 50% en los últimos 30 años, 30% en los hombres. A escala mundial el 70% de los pobres son mujeres.


Varios trabajos de investigación sobre las latinoamericanas en Europa trabajando en el servicio doméstico y el cuidado de niños (Gallardo Rivas 1995, Herranz 1997, Gregorio Gil 1995, Ibos C. 2012),  muestran la demanda de la mano de obra barata de estas mujeres en los países del norte.

 Bravo Cladera E.B. (1997, 2008, www.itei.org.bo) muestra los factores más importantes para esta demanda:


1. Las transformaciones económicas y sociales que han permitido la incorporación de las mujeres europeas al trabajo profesional y asalariado. En la Unión Europea,  dos de cada tres mujeres trabajan.

La tasa de empleo femenina se sitúa de media en el 65%, una cifra que supera la mitad de los países miembros, mientras que en 10 de ellos incluso rebasa el 70%. (Eurostat 2016). En Suiza, si en 1996 un 40% de las mujeres trabajaba a tiempo completo, entre 2010 a 2015 el porcentaje de mujeres participando del mercado del trabajo ha aumentado. Cuatro de cada cinco madres son profesionales activas. (O.F.S. 2016).


El aumento de la proporción de mujeres que ejercen una actividad remunerada es consecuencia  no solamente del deseo de emancipación de las mujeres, sino también de una necesidad económica. 


2. La transformación de la familia europea en familia nuclear que no cuenta con la ayuda del clan familiar. A la vez, la familia nuclear, no es más una forma de vida estable, como muestran los porcentajes elevados de divorcio en los países europeos.


3. En regla general, las parejas europeas no han resuelto el problema del reparto de las  tareas domésticas. En la Unión Europea, el 79% de las mujeres cocinan y limpian todos los días, en comparación con el 34% de los hombres, con bajas en Suecia (74% y 56%) y en Letonia (82% y 57%). ( Eurostat, 2017).


En Suiza, las mujeres emplean una media de 31 horas semanales contra 16 empleadas por los hombres. Para las madres con niños menores de 15 años el número de horas semanales aumenta a 52. (OFS. 2007). Estas cifras apoyan la tesis según la cual las mujeres (activas) soportan en la vida una doble carga, su actividad profesional y lo esencial de las tareas domésticas.


- La escasez o ausencia de estructuras sociales. El porcentaje del PIB destinado por los países europeos al cuidado de los niños/as en el sistema preescolar es muy bajo: Alemania 0,8; Reino Unido 0,6; Dinamarca 2,7; Francia 1,3. Daguerre (2004). 


Las trabajadoras “ilegalizadas”  están excluidas del empleo legal, de las prestaciones de desempleo y de la protección social. De este modo, las cargas sociales para la empleadora son nulas e ínfimas para la colectividad. El empleo de esta mano de obra barata se inscribe en la “cultura de la servidumbre” a través de la  cual  las relaciones de dominación, de dependencia y de desigualdad no son solamente toleradas, sino aceptadas, legitimadas ideológicamente. 


 Estas mujeres forman un nuevo proletariado urbano, vulnerable, atomizado, sin ninguna posibilidad de organización colectiva. Sin embargo, es gracias al trabajo de estas mujeres que un número considerable de mujeres europeas de las clases pudientes  se libera para el trabajo profesional y puede conciliar trabajo y maternidad. 


También  se observa una aplicación selectiva de la ley, que mantiene a las “ilegalizadas” en un estado de vulnerabilidad que las vuelve explotables, pero que permite al mismo tiempo su presencia durable y en número suficiente en Europa. 


En consecuencia, dos imperativos categóricos, el primero que las inmigrantes “ilegalizadas” puedan obtener un permiso de trabajo y de estadía que les permita trabajar en condiciones aceptables. El segundo, que las mujeres europeas puedan contar con estructuras sociales que les permitan conciliar maternidad y trabajo profesional, de lo contrario las mujeres europeas continuarán  utilizando la mano de obra barata de las “ilegalizadas” del sur para poder emanciparse. 
 

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