Feminismo   

Desnudas

El cuerpo femenino y las percepciones que a partir de él se generan son los temas tratados por la autora.
domingo, 13 de mayo de 2018 · 00:00

Rocío Estremadoiro Rioja Socióloga

Muy ilustrativo y verídico es lo que narra James A. Michener en su novela Hawái. Corrían las primeras décadas de 1800, cuando llegaron los misioneros europeos a las costas de Lahaina. Ante sus caras de horror, fueron recibidos por decenas de alegres mujeres semidesnudas. Por esa época, para las culturas que habitaban en esos paradisíacos y alejados lugares, el libre ejercicio de la sexualidad en hombres y mujeres no revestía de ninguna carga social, al contrario, era considerado natural. En ello estaban incluidos los aventureros europeos que, tiempo antes, habían atracado en esas islas de ensueño, constituyéndose en grata novedad para las nativas. 

No obstante, con el arribo de los misioneros, se aplicó una nueva modalidad al encarar el sexo. Finalmente, las reprimidas culturas guerristas y neuróticas se impusieron a sangre, fuego y cruz. Lo demás es historia: El sexo se convirtió en “pecado” y mucho peor si su libre ejercicio fuera practicado (y, ¡oh blasfemia!, disfrutado) por mujeres. Lo que en la naturaleza se presenta como obvio, básico y fluido, fue transformado en indebido, reglamentado, burocratizado, constreñido, violento y dosificado. Incluso la lúdica y deliciosa seducción fue recluida al universo de lo prohibido, de la doble moral, de la justificación de la violencia sexual. El más claro simbolismo de eso fueron las opresivas ropas que significaron el entierro gradual de las costumbres de esas otras culturas cuyo eje era la alegría de vivir. Y, de esa manera, el desnudo y, particularmente, el desnudo femenino, se transfiguró en la manzana de la discordia, inclusive en aquellos calurosos lugares. 

Lamentablemente, el malestar que representa la desnudez femenina es uno de los nefastos legados religiosos abrahámicos que no pierde vigencia, y ello a pesar de que en las últimas décadas, en el marco de la cultura occidental, hubo fundamentales avances respeto a la liberación sexual de la mujer. En ese sentido, en una trinchera, se revuelven los moralistas, pechoños y besasotanas que conciben el desnudo cual una afrenta a sus reprimidos deseos sexuales sublimados en creencias enfermizas, sexistas y autoritarias. Alimentando ese padecimiento, en la otra esquina hierve la industria cultural que promueve la cosificación del cuerpo femenino en base a los estereotipos que marcan los roles de género socialmente asignados. En todos los casos, se distorsiona lo natural, se manipula lo simple, se problematiza lo esencial.

Así, en el meollo de una percepción de la sexualidad enajenada e hipócrita, la desnudez femenina tiende a estar vinculada al patrón sexista de “reina de belleza”, estigma que implica la asimilación de ciertos cánones estéticos que son una camisa de fuerza para cualquier mujer. Resultado: una industria cosmética millonaria, la cirugía plástica como la especialidad de mayores réditos económicos y mujeres infelices e inseguras que libran una batalla perdida contra su contextura física y los cambios fisiológicos. Eso sin contar el trasfondo simbólico que conlleva ese papel de “reina de belleza”: una mujer sumisa, esclava de la aceptación social que la catapulta en los estrechos márgenes de los objetos decorativos que tienen mucho que mostrar pero poco que decir, encerrada en funciones de lo “privado” y muy lejos de la toma de decisiones.

Por ende, en nuestros tiempos, para que la desnudez femenina sea socialmente aceptada, pues se encuentra atada a las manifestaciones del morbo colectivo hipócrita, prosaico y esquizoide y con la confirmación de roles que someten a la mujer y la alejan de sus capacidades allende del aspecto físico y/o reproductivo.

Siguiendo con esa mitificación, se configura una división entre las mujeres “sexualmente atractivas” (las que se acepta que se desnuden) de las que, supuestamente, no lo son. No sólo pesa el cumplimiento de los cánones estéticos mencionados, también está la relación de aquello con otras “funciones” femeninas. La maternidad, por ejemplo, suele ser un pasaje directo hacia el universo “asexuado”, se comprende que la sexualidad (y, por tanto, la desnudez) de una madre y /o esposa sería propiedad de otro (vía matrimonio, generalmente).

En consecuencia, las mujeres con pase libre para desnudarse tendrán que ser “jóvenes”, “solteras”, “flacas”, “bonitas”. Para el resto queda la esfera del recato, mesura y moderación, de las ropas anchas, grises y poco reveladoras. Lo terrible es que ni las “jóvenes”, “solteras”, “flacas” o “bonitas” están seguras entre las rejas de estos sesgados cánones. No vaya a ser que porque andan “provocando”, sean agredidas, abusadas, violadas e, incluso, asesinadas, tema que será motivo de una segunda parte de este artículo. 

Queridas lectoras, creo que ha llegado la hora de rebelarnos. ¡Ya basta de andar colocando la otra mejilla para que nos encierren en estereotipos y/o nos agredan, violen o abusen por el hecho de ser mujeres! Aprovechemos la cálida luz del sol para despojarnos de las pilchas que nos incomodan. Que los cánones antojadizos y los roles socialmente estipulados dejen de constreñir nuestras infinitas capacidades y posibilidades. Que nadie nos imponga cómo vestirnos, cómo percibirnos y juzgarnos atractivas. Que nadie nos robe nuestro derecho a disfrutar del sexo y de seducir si así nos cantan las ganas. Y sea que estemos flacas, gordas, bajitas, altas, jóvenes, viejas, cafés, amarillas, verdes o azules, les doy un consejo: No hay cosa más maravillosa que bañarse en el mar como “dios nos trajo al mundo”, de sentir el contacto del agua en el cuerpo desnudo. Dense ese gusto. No se arrepentirán.

 

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