Reseña

Cómo decirles que fui un miserable: Luis García Meza en sus propias palabras

En esta edición de Ideas se publica un extracto de la reseña que elabora Robert Brockmann sobre el libro Yo Dictador, de Luis García Meza.
domingo, 06 de mayo de 2018 · 00:00

 Robert  Brockmann Periodista e historiador

La Guerra de las Malvinas fue en realidad una venganza de los militares argentinos, que querían castigar a Estados Unidos, porque Washington les había negado un préstamo. El asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz y otros líderes políticos y sindicales durante el golpe del 17 de julio de 1980 fueron “regicidios”. 


Estas afirmaciones, entre otras igual de peculiares, se pueden leer en el libro ¡Yo Dictador!, de Luis García Meza T., publicado en 2010. García Meza firma erróneamente como general, pues entre las varias sentencias que purga  se incluye su degradación y expulsión con ignominia de las Fuerzas Armadas. 


Quien tenga la esperanza de encontrar alguna revelación valiosa sobre la noche de 13 meses que se tendió sobre el país el 17 de julio de 1980, de encontrar un poco de introspección, alguna reflexión o algún grado de arrepentimiento sobre los numerosos hechos que tuvieron en vilo a los bolivianos durante el gobierno de García Meza, se llevará un chasco. Hay, a lo sumo, cuatro páginas rescatables (de más de 370), de las cuales la mitad son una cita externa. El resto es puro humo, negación de responsabilidades y culpabilización de otros.


Pero los resultados que logra el libro son los opuestos a los deseados. Sus mentiras son tan bellacas, tan comprobables, tan contradictorias entre sí, tan insidiosas, que revelan a un zafio, carente de todo indicio de inteligencia social, de sutileza y de cualquier clase de empatía por la raza humana. Luis García Meza Tejada se pinta a sí mismo como incapaz de percibir nada bueno en el prójimo. En el balance final, el lector termina confirmando la plausibilidad de los delitos que se le atribuyen y por los que murió siendo reo.


El libro es desordenado, a pesar de cierto orden aparente del índice. Para desesperación del lector, García Meza divaga con frecuencia y se pierde en digresiones sin mayor relación con el tema. El caso de las Malvinas es uno de muchos ejemplos.


“No soy ni liberal, ni comunista, y mis conocimientos en estos temas son bastante indigentes”, dice el exgeneral con gran acierto. Se define a sí mismo como un “escéptico de la política”, como “un nacionalista e idealista” y como un “militar de honor”. Pero el lector no podrá encontrar en el libro ningún hecho que sustente esta última afirmación. Para mayor ilustración sobre sus motivaciones, García Meza escribe que siempre sostuvo la idea de que “la institución militar no debía ser manipulada por los políticos ni por la política”. 

García Meza, la democracia y los políticos


A lo largo de toda la obra, García Meza es incapaz de referirse al proceso democrático, a las elecciones, a los partidos políticos o a sus militantes por su propio nombre, sin alguna clase de sorna o epíteto despectivo. Palabras que no son injuriosas en sí, adquieren ese carácter en su ordinaria puntabola. 


Así, la compleja salida democrática de 1979-80 es calificada como “la frasecita inventada por los políticos” para “el proceso envilecido”. La democracia es “el partidismo electorero”; los partidos, “oscuras banderías partidarias”; los políticos, “enloquecidos partidarios de la democracia liberal” y “destructores [de las FFAA] a contrato”. 


Y los líderes de los partidos no eran tales, sino “cabecillas”, “apócrifos estadistas vendepatria” o “laya de vendedores y tenderos”.


Así, para el exdictador, Lidia Gueiler y Wálter Guevara encarnaban “la facción más oscura de la antipatria, saboteando sistemáticamente los logros de la revolución nacional”, revolución a la que por cierto él mismo niega logro alguno.


García Meza relata que, siendo comandante saliente del Ejército, quería entregarle el puesto a un sucesor elegido por él mismo, el general Rubén Rocha Patiño. Porque quería. Pero Gueiler, en uso de sus atribuciones constitucionales, prefería en el puesto al general Armando Reyes Villa. A resultas de un tenso regateo, fue nombrado un tercero: el general René Villarroel Rejas (“el traidor Villarroel”, dice GM), para gran disgusto del futuro dictador. 


El hecho es que, debido a este nombramiento, según García Meza, las FFAA rompieron con el gobierno, si tal cosa fuera posible. El 23 de noviembre de 1979 García Meza se negó a entregar la jefatura del Ejército a Villarroel y ordenó a las guarniciones del país el acuartelamiento general. 


En cualquier país del mundo ello constituiría el grave delito de sedición armada. Villarroel acabó repudiado por moros y cristianos. Adicionalmente, las FFAA de García Meza “sugirieron” que el Ministerio de Defensa recayera en “uno de los más antiguos y meritorios miembros de la institución armada, perteneciente a cualquiera de las tres fuerzas”. Pero Gueiler, de acuerdo con la legítima atribución presidencial de una República en democracia, decidió que el ministro de Defensa fuera un civil.


¿Cómo reaccionó García Meza? “El resultado de aquellas iniciativas tan temerarias” (¡!), dice el exmilitar, “fue que la guarnición de La Paz reforzó su vigilancia entrando en apronte; un ultimátum explícito pendía, por añadidura, sobre la cabeza de quienes asumieron actitud tan equivocada”. 


¿Qué significaba bajo esas circunstancias un ultimátum? Sólo podía significar sedición y amenaza de golpe de Estado. Pero García Meza desmiente, indignadísimo, cualquier  intención de golpe de parte suya.


Cualquier acción del débil gobierno de Gueiler provocaba la ira del general. Así, el nombramiento del gabinete ministerial le pareció a GM “[…] el tradicional prorrateo de puestos públicos, culminando en que los flamantes titulares de las carteras ministeriales fueran de todos los colores del espectro ideológico”. El pluralismo era una aberración en el universo monocromático y cuadriculado de García Meza. 


Un episodio notable durante el gobierno de Gueiler es el secuestro, por parte de las FFAA, de los archivos con información sobre políticos y otros ciudadanos sospechosos, que se archivaban en el Ministerio del Interior.  Información, por cierto, obtenida mediante el espionaje. En criterio de GM, “[…] esa información tan delicada no podía estar controlada por el SIE, un grupo de inteligencia civil […]”.


Relata entonces haber ordenado que el coronel Luis Arce Gómez secuestrara dicho material a fin de quitarle a la “izquierda internacional el control de esa valiosa documentación de uso exclusivo de la institución castrense, en su lucha confidencial y reservada por resguardar al país contra la anti-nación prontuariada”. Pero típicamente, más tarde GM se desdice sobre este mismo episodio y afirma que fue Arce Gómez quien tomó la medida por iniciativa propia. 


Tras la caída en desgracia de Villarroel Rejas, su candidato impuesto, Rocha Patiño, fue nombrado Comandante del Ejército y García Meza volvió complacido a su bien amado Colegio Militar. En el universo de García Meza, las FFAA estaban über alles, el Colegio Militar por encima de las FFAA y él, al mando de ambos. 


Pero Rocha Patiño tampoco funcionó. Gueiler tuvo que soportar la indignidad de peregrinar por las guarniciones del país para consultar la sucesión, donde se le “sugirió” el nombramiento de García Meza. El futuro dictador dice que no quería. Pero está registrado que poco le faltó para arrancarle a Gueiler el nombramiento, y fue nombrado el 14 de abril de 1980.


 El futuro dictador asumió el mando del Ejército con la “promesa solemne de lealtad institucional”, lealtad que para él estaba por encima de la lealtad a la patria misma y de la vejada Constitución. 


“Personalmente, mi conducta estaba al servicio de la institución, sin que ambición de ninguna naturaleza o compromiso me auspiciara”, asegura. Los rumores de golpe se centuplicaron. Los protagonistas de la época relatan que García Meza recaudaba fondos para su golpe. Él lo niega, pero el gobierno de Gueiler tenía, desde ese momento, los días contados.

García Meza y el quién es quién


García Meza era aparentemente incapaz de reconocer ninguna cualidad positiva en el prójimo. Se lee incluso en su carta póstuma, hecha pública hace pocos días. En su libro, las únicas referencias positivas las dedica a las Fuerzas Armadas y a la caballerosidad de jefes y oficiales. Pero en cuanto pasa a referirse a ellos con nombres y apellidos, sólo hay insultos y descalificaciones. La peor parte la llevan los políticos de entonces y otros políticos más contemporáneos:


El general Armando Reyes Villa era “nefasto, absolutamente sumiso a los aparatos de poder”. El general Emilio Lanza era “un desertor, un Rambo ridículo”. El general Simón Sejas Tordoya, un “exmontonero y después exsenderista”. Sus propios sucesores de la junta militar, los generales Celso Torrelio, Waldo Bernal, Lucio Áñez, así como el almirante Óscar Pammo y los generales José Olvis Arias y Moisés Chiriqui (Shiriqui) fueron todos “traidores a las Fuerzas Armadas”.


Wálter Guevara Arze figura como un “politicastro” que “ganó tiempo para su amo, Víctor Paz Estenssoro. René Zavaleta fue un “confuso escritor”. Guillermo Bedregal: “No me lo imagino en un trote militar […]”. A Lidia Gueiler le atribuye, veladamente, desde espionaje hasta prostitución, pasando por una gama de acusaciones, cada cual más horrenda. “A este personaje es a quien vimos aquel infausto 16 de noviembre de 1979 apoltronada en la silla presidencial […]”, “Gobernanta de facto”, etc. Víctor Paz Estenssoro era un “ruin dirigente [que] fungía como la ficha más importante de los intereses norteamericanos en el país” y que jugaba “a favor de sus amos, los capitalistas del norte”. Es, además, “tutor y curador de Hugo Banzer”, quien, a su vez, era un “sujeto al que apenas podía soportar” y es descrito como (esto sí tiene cierto ingenio) “el diminuto chiquitano”. Mariano Baptista Gumucio es “el bien conocido chilenófilo…”. 


Eduardo Pérez Iribarne es “un jesuita español encaramado en Radio Fides” y “un embaucador de almas en vez de curador de almas”, quien “si no pudo ser un buen español, mal podría ser un buen boliviano”. El periodista Mario Espinoza Osorio era “algo más que una pitonisa, capaz de superar al padre Pérez”. Raúl Prada es un “apócrifo sociólogo y figurete”. Y luego abre fuego a discreción: “Los Sánchez de Lozada, los MacLean, los Quiroga y no sé cuántos estúpidos cipayos más”.

¡Ah, las Fuerzas Armadas!


Pero el desprecio del exgeneral por la sociedad civil, por la política y por la humanidad toda tiene su correspondencia simétrica en amor exaltado por las Fuerzas Armadas, “el último valuarte nacional”.

Así, dice GM, “A la flamante presidenta le demostramos su equivocación al proponerse secundar las aviesas maniobras izquierdistas expresadas en el cambio de los Señores Comandantes con otros de su línea […] Y es que en lo militar, no se perdona ese clerical vicio de pretender tener siempre la razón, menos que se agravie el honor de la nación por falta u omisión”. Las Fuerzas Armadas, por ende, eran la nación agraviada, y García Meza era las Fuerzas Armadas. “A mis ojos, el Estado era débil y las únicas instituciones serias eran el Ejército y la Iglesia, aunque esta última penetrada por el colonialismo y los curas tercermundistas”. 


O esta otra romantización de lo militar: “Qué diferencia entre el trato entrañable y directo de mis camaradas y amigos, propio de la caballerosidad militar, con ese otro comedimiento que descubrí, afectado e interesado, propio de nuestras esferas diplomáticas de hegemonía, tan burdamente acicaladas y arrodilladas a su patético mundo de servilismo cortesano”. 


GM eleva lo militar por encima de cualquier otra entelequia. Para muestra otro botón: “La estrategia bélica es un pensamiento que se efectúa, pues, en circunstancias extraordinarias de riesgo, apuro y angustia, que seguramente ningún intelectualoide politiquero de marras podrá imaginar jamás”. Ojalá que en el más allá le toque compartir celda, muy estrecha, con don Daniel Salamanca.

García Meza y el golpe de  julio


Pero quizás lo más sorprendente de ¡Yo Dictador! sea que GM niega haber sido el autor y protagonista del golpe del 17 de julio, sino más bien un indirecto y renuente beneficiario. El golpe, asegura con absoluto cinismo, fue producto, primero, de la renuncia de Lidia Gueiler a la Presidencia como parte de “la maniobra salvadora de los afanes electoralistas de Paz Estenssoro”. Para el exmilitar, Gueiler fue obligada a renunciar por sus jefes secretos (Paz Estenssoro y Guevara Arze) para forzar nuevas elecciones en las que Paz se beneficiaría. Por qué o cómo se beneficiaría Paz, queda para la imaginación. Este vacío de poder, dice, sorprendió a las propias FFAA. 


Segundo, para GM el golpe fue planificado y ejecutado por los paramilitares (“bandas de facinerosos”) quienes tomaron el poder por órdenes de Banzer, para entregarlo al general Armando Reyes Villa (¡!). 


Tercero, las FFAA ¡sólo salieron a las calles para proteger a la población de los excesos de esos desaforados y que el ingenuo y desconectado García Meza sólo asumió el poder para y a través de las Fuerzas Armadas por el clamor de sectores de la sociedad. “La pacífica ocupación militar del país (era) para evitar choques entre grupos de civiles radicalizados como el que por la mañana se había producido en El Prado de La Paz”, dice. García Meza asegura que nunca quiso ser Comandante del Ejército, ni Presidente de la República. “No existían en mí segundas intenciones, como la de protagonizar un golpe de Estado para frenar la farsa electoral de 1980”.Lo que no explica la versión de García Meza es por qué los paramilitares ejecutaron un exitoso golpe de Estado para luego no entregarle el poder ni a Banzer  ni a Reyes Villa.


¿Cómo ve su golpe de Estado en retrospectiva? Dice García Meza: “…con nuestra presencia evitamos que la antipatria tome el poder por la puerta ancha y nos esclavice como en Cuba, Nicaragua o Afganistán. En ese entendido, el 18 de julio de 1980 [niega en todo momento participación alguna el 17 de julio] sirvió para consolidar el orden democrático que actualmente vive Bolivia, mostrando […] que la Constitución debe ser cumplida en su estricto sentido y espíritu…”.

Las muertes de Espinal, Quiroga Santa Cruz y la calle Harrington


Para hacer el relato breve, García Meza sostiene que el asesinato del sacerdote jesuita Luis Espinal, en marzo de 1980, fue ejecutado por oficiales de la Fuerza Aérea, pues Espinal supuestamente estaba investigando la malversación en la compra de un avión C-130. 


Luego, a pesar de multitud de diatribas contra Marcelo Quiroga Santa Cruz (donde el propio GM enumera una lista de las amenazas que profirió contra el líder socialista), le atribuye el asesinato a Banzer. 


Punto. Sin embargo, en otra parte del libro afirma que 1) el asesinato de Espinal; 2) el accidente aéreo que acabó con la vida de dirigentes de la UDP y dejó con graves quemaduras a Jaime Paz Zamora, así como 3) la masacre de la calle Harrington, fueron eventos orquestados por “nuestros mal dispuestos opresores”, en una velada referencia a Washington. Y todo con el sólo fin de perjudicarlo a él o a su gobierno. Los gringos están en todas.

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