Crónica

La UPEA y sus senderos de puño en alto

“LA UNIVERSIDAD ES DEL PUEBLO”, se lee en el portón principal, y es el pueblo alteño, en su mayoría, quien compone la universidad del tercer milenio.
domingo, 22 de julio de 2018 · 00:00

Roger Adán Chambi Mayta Egresado en Derecho de la Universidad Pública de El Alto

Las aulas están repletas, por los pasillos se oye hablar de Fausto Reinaga como también de Malatesta y Carlos Marx. En el patio central se ven jóvenes de polleras multicolores, personas con pelos degrafilados y piercings, algunos otros vestidos de camisa y corbata, gente con ch’uspas, gente con carteras,  todos conformando un sólo cuerpo, un cuerpo estudiantil cobrizo de rostro joven. Las paredes también hablan “!El Alto de pie, nunca de rodillas!”, los murales reflejan a quienes defendieron y lucharon por una universidad incluyente. Se ven pinturas de puños en alto de gente aymara con ondas, piedras, palos y libros en defensa de su casa superior de estudios. “LA UNIVERSIDAD ES DEL PUEBLO”, se lee en el portón principal, y es el pueblo alteño, en su mayoría, quien compone la UPEA, la universidad del tercer milenio.

Recuerdo el primer día de clases, una mañana de lunes, primera vez en la universidad. No se veía bien la pizarra. Éramos 110 estudiantes en un ambiente que no estaba diseñado para estudiar. El curso estaba lleno y el niño de Eliana lloraba mientras el docente explicaba la clase de Introducción al Derecho. 

Los pupitres destartalados llevaban una serie de marcas de estiletes, marcadores y bolígrafos: “Por aquí pasó Jesús”, “Nataly, te Amo”, “¡Choco, no jodas!”, “Hasta la victoria siempre” y cosas así se leían en ingeniosas formas. 

Los albañiles de afuera empezaban a hacer rechinar sus martillos y taladros. El docente elevabasu ronca voz. Era mi primera clase, una clase estoica a más de 4.000 msnm. 

—Cómo es, hermano, che, ¿prestame un bolígrafo?, me decía René, en voz bajita.

En el aula, nuestros rostros delataban una homogeneidad que se expresaba tácitamente en la lista de control de asistencia. Una mayoría de quispes, mamanis, ticonas, choques,huancas, apazas, reducían al mínimo apellidos tipo “Monrroy” o “Romero”. 

—Sólo tengo de color rojo, ¿está bien?

—Sí, no hay lío, la cosa es que raye.

René escribía apoyando su cuaderno en el borde de la mesa. El morado de sus manos, de nuestras manos, delataban el frío de El Alto aún a las nueve de la mañana. Algunos más cautos, llevaban guantes y chalinas, otras hasta mantillas para enrolarse en la cintura y las piernas. “Todo estudio es un sacrifico”, señalaba el docente y luego, en un tono desafiante, nos preguntaba el por qué habíamos decidido estudiar Derecho.

—¡Porque quiero solucionar los problemas de linderos de mi comunidad! –respondía Josefina con alta seguridad en sus palabras.

—Porque quiero conocer las leyes para ayudar a la gente más necesitada –decía Omar, al igual que otros quince compañeros. 

—Porque quiero tener una profesión que me solvente económicamente –respondía Milton, dejando los prejuicios y de un modo más sincero.

Mientras tanto, otra vez en voz baja, me hablaba René, casi cerca a mi oído —La plata no es suficiente –me decía– hay que tener título, o si no la gente no nos va a respetar. Recuerdo bien sus palabras, como también recuerdo la tarde que lo conmemoramos junto a todo el curso, la vez que nos dejó al ser víctima de un tiroteo mientras trabajaba en su taxi por la carretera a Copacabana. 

En su epitafio, antes de su nombre, se resaltaba el “Dr.” de “Doctor”, aunque aún no lo era, simbolizaba su proyección. De todas formas, era el primero en su familia que había ingresado a la universidad. 

“Hay que tener título”, señalaba René, la razón diurna de la sociedad boliviana, le había enseñado que sólo con un “cartón”, es decir, con un título profesional, se podía cambiar, o al menos atenuar, el trato diferenciador que recibía. Así también lo comprendía Paulina, quien había dejado sus estudios en la universidad “indígena” de su comunidad para llegar a El Alto, y encontrar una puerta que le abra el mundo y no que la delimite a su terruño, pues decía que las raíces, ya las llevaba en las venas. Esa puerta, para ella, era la UPEA.

La clase había terminado y era tiempo de un receso. Recuerdo que Eliana se despedía agitadamente porque su hermana no había logrado remplazarla en su puesto de la feria del lunes, su niño seguía llorando. El hambre tocaba el estómago y de grupos de cuatro y seis salíamos a comer un poco mientras hablábamos para conocernos, como se debe. Con el tiempo, las baratas y adorables sopitas de fideo con silpancho de la casera, en la esquina de la universidad, se convirtieron  en nuestro banquete oficial.

—Casera, buen día, seis sopitas, por favor. Con harta llajuita –pedía amablemente Virginia.

El ambiente gris de la avenida de Villa Esperanza, combinaba con el cemento y las piedras que adornaban los residuos de aquello que en algún tiempo eran jardines. La ch’iwiña de la case estaba sujetada con dos piedras y un adoquín empolvado. Todos cabíamos en los dos bancos de madera del puesto. La casera nos atendía siempre de buen humor. El dorado de su sonrisa campechana y la agilidad con que nos atendía, eran suficientes motivos para que ella, doña María, la de trenzas gruesas, se gane nuestros corazones, y claro, nuestros estómagos. 

—Muy picante tu llajua, case –reclamaba Jesús, mientras aspiraba y soplaba el aire con la boca.

—Yaaaaaa…, qué delicado este Jesús –le respondía Yhovana, con la nariz transpirada. 

—Che, la semana que viene dicen que hay marcha, ¿saben algo? –interrogaba Amilkar, después de hacer caer dos fideos en un descuido. 

—Debe ser, ahora nos toca a nosotros, ¿no?,  respondía Marcelo, en un tono sereno. 

Estudiar en la UPEA implica estar a diario en lucha a parte de la vida misma. Los estereotipos y las carencias de toda índole son el peso que cargamos por ser una universidad joven. Aquí las cosas hay que ganárselas con esfuerzo doble, porque aquí no se nació en cuna de oro, es decir, con legados del virreinato o del Mariscal Andrés de Santa Cruz. No. A no nosotros nos tocó salir a las calles para tener lo que tenemos, a pesar de las gasificaciones, peleas, insultos, heridas, como UPEA siempre supimos estar de pie; de pie, a pesar de todo. 

Recuerdo una de las marchas a las que asistí en mi vida de estudiante de Derecho en la UPEA. Estaba en tercer año, con dolores de cabeza a causa del Derecho Tributario. Era una marcha organizada por la CEUB. Desde temprano estábamos con nuestras pancartas en el multifuncional de El Alto. ¡Que frío más jodido! Nosotros éramos los primeros en llegar. De a poco iban llegando las delegaciones de Santa Cruz, Cochabamba, Sucre, La Paz, entre otros. Eran muchos los estudiantes y así también, muchos los prejuicios.  

—¡No hay nada bueno pa’ comer aquí, que frío de m…! –gritaba un cruceño con los cachetes rosados.

Me irritaba la actitud pedante de esos universitarios que se sentían superiores y nos miraban como si fuéramos subalternos. Aunque más me irritó ver al Omar agachar la cabeza cuando un “señorito” muy fuertemente perfumado pasaba por su delante diciendo “¿Estos son los estudiantes de la UPEA?”

—¡Sí! ¡Somos de la UPEA!, los estamos esperando desde las siete. ¡Qué es eso de llegar tarde! –exclamó Abraham, con esa seguridad que tanto nos gustaba.

El multifuncional de la Ceja cada vez estaba más repleto, era hora de partir al centro, pero nadie quería empezar. Hasta que un sucrense exclamó:

—Pero, ¿dónde están los de la UPEA? Ellos tienen que encabezar, ellos saben.

Era cómico, antes de eso, algunos entre susurros y otros de forma descarada, nos achacaban el  tener falencias a nivel académico y en infraestructura, pero después, por otro lado, bien querían que estemos encabezando la marcha, ¡para eso sí servíamos!, claro, para ser los primeros en sufrir las consecuencias. 

Para nosotros nunca fue un problema encabezar las movilizaciones, pero esa división de puestos era el vivo reflejo de que como sociedad no habíamos cambiado mucho. Seguíamos, la tropa cobriza, encabezando las movilizaciones sociales. 

Recuerdo que mi generación proclamaba que ya se tenía que dejar los palos y las marchas para enfocarse totalmente en la academia. Decíamos que eran tiempos de erradicar las consignas beligerantes para dedicarnos sólo al estudio serio y objetivo. No pudimos. ¿Cómo lograrlo si la precariedad de las condiciones materiales nos afectaba a diario?

Qué recuerdos aquellos, aunque no tan distintos a lo que hoy acontece.  La UPEA sigue en las calles. Con un libro en una mano y la otra haciendo puño, se sigue caminando. 

De filas de cinco y con sus respectivas pancartas la marcha se dirige a la cede de gobierno. Explotan los petardos dejando humos en el aire, mientras tanto la turba grita: ¡Que viva la Universidad Pública de El Alto! ¡Que viva! Un gas lacrimógeno intenta hacer dispersar a los estudiantes, pero uno de ellos logra patearlo en dirección contraria. Indignación y coraje son los alicientes. Hay uno menos. La movilización se masifica, tocaron a uno, tocaron a todos. Se instalan piquetes de huelga. 

Los estudiantes usan sus conocimientos y su formación para desmentir las calumnias. No faltan los políticos aprovechadores que quieren figurar en las marchas para sacar rédito.  Pero eso no afecta, la conciencia es alta. Estudiantes y docentes se crucifican en diferentes inmediaciones, hay una carta gigante escrita a sangre, sangre cobriza que quiere un mejor futuro. Hay heridos. El Alto más unido que nunca, padres, madres, abuelas e hijos en una sola lucha. Se articulan diferentes organizaciones. Lo alteños firmes, la UPEA firme, El Alto de pie, siempre de pie.

 

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