Análisis

La mentalidad saqueadora

La base organizativa de la política está sustentada en un oligarquísmo de camarillas y un poder desenfrenado que ha secuestrado al Estado.
domingo, 05 de agosto de 2018 · 00:08

Marco Antonio Saavedra Mogro Politólogo y abogado, Docente emérito UMSA

No deja de ser deprimente la reflexión sobre un Estado de esencia plurinacional que no habiendo cumplido una década de vida ya muestre síntomas de una mala organización y de estar gobernado por los peores.

La gestión política de ese Estado ha virado hacia una gestión secreta y sin rendición de cuentas de los asuntos públicos: contrataciones “confidenciales” autorizadas por el DS 2698, empresas “extranjeras” como NMM-Quiborax favorecidas con el pago de 42,6 millones de dólares, contrataciones “directas” vía decretos en serie que han movido al menos 5.483 millones de bolivianos (El Deber, 24 de junio de 2018), obras públicas del programa “Bolivia cambia, Evo cumple” que terminan como elefantes blancos (Página Siete, 3 de junio de 2018), sobreprecios, obras insulsas u obras de pésima calidad (Mi Teleférico es la millonaria excepción), mordidas de toda cuantía, montajes de empresas con palos blancos, operadores de la corrupción impunes, endeudamiento irresponsable para mantener el régimen y, lo más grave, la instalación de una economía oscura vía narcotráfico, contrabando y saqueo de los recursos naturales, son la característica de un tipo de mentalidad saqueadora que se ha instalado en el Estado Plurinacional (EP).

El secretismo y el misterio como razón de Estado de un nuevo empresariado burocrático impiden al público ver un esquema de poder con tentáculos criminales; se hace impenetrable un sistema de recompensas e ingresos ocultos con compinches bien colocados en las esferas de gobierno; empleo estatal trastocado en relaciones de servidumbre, lazos verticales de obediencia de los de abajo a los de arriba y lógicas de amiguismo empresarial exitoso modelan un tipo de mentalidad privatizadora de los poderes públicos y de instrumentalización de la gestión y las decisiones públicas hacia el saqueo, la adicción a los negocios subsidiados y la corrupción endémica.

La receta saqueadora no es muy distinta en los gobiernos departamentales y municipales (sean oficialistas u opositores) donde también se reproducen las clientelas, las parentelas y la cleptocracia coludida.

La base organizativa de la política está sustentada en un oligarquismo de camarillas con mentalidad de saqueo, expresión bizarra de un poder desenfrenado que ha secuestrado al Estado e institucionalizado el miedo reverencial a los gobernantes mediante una red de funcionarios públicos rebajados a la condición de sirvientes.

El “misterioso” dispositivo denominado mentalidad saqueadora se hace una pregunta pragmática a la hora de gobernar: Si yo he invertido en política, ¿ por qué no tendría que recuperar mi dinero robando las arcas del Estado? Además, ¿por qué habría de arriesgar mis recursos invirtiendo en iniciativas privadas de mercado si el Estado legalmente saqueado puede hacerlo por mí?

Las incursiones empresariales en el EP conjugan la dualidad (son gobernantes y a la vez empresarios); empresarios políticos de medio tiempo alargan su día laboral en conexiones de lo público con lo privado viabilizando un Estado turbio articulador de un sistema estructural de corrupción que se reproduce mediante la represión sádica y opera con la mentalidad de saqueo de merodeadores, aprovechadores, expertos en burlar las leyes y capturadores de fondos públicos; inversión pública y saqueo en íntima correlación de discrecionalidad son las fuentes del paraíso de un nuevo poder burocrático-empresarial autoritario.

La mentalidad saqueadora es un plan de un clan organizado en base a una “subindustria de los contactos” y de la “industrialización de la estafa”; se trata degrupos de intereses híbridos que impulsan una banal ideología populista que no pasa de ser un pastiche absurdo de farsa, un sistema ideológico encubierto de mitos populares y de amañadores del aparato partidario montado para saquear el Estado y para desarrollar rutas paralelas de control de los poderes económico y político, una ruta es oscura y reservada a una minoría privilegiada y con contactos, la ruta legal y con obstáculos es para todos los demás.

Este modus operandi del saqueo de Bolivia tiene su recurso organizador, manipulador y sojuzgador en la remitologización de leyendas del pasado que producen una unidad espuria en torno al Presidente en Jefe, una especie de farsa horrible en la que subyacen un desagradable paternalismo y un trasnochado culto a la personalidad responsables también de un culto a la ignorancia y de un bien desarrollado instinto de obediencia al partido.

El que toma el pulso a la situación es el mitógrafo de la Vicepresidencia, que si bien opera con las imágenes del Presidente perpetuo, él no puede proyectar una imagen de sí mismo.

La capacidad de gobernar en el siglo XXI con mitos que privan a la mente de pensar más allá de las recetas simplificadas que decreta la izquierda (beneficiada con pegas) y, las imágenes de compra-venta de un burdo sex appeal suponen la represión del conocimiento y de la imaginación ciudadana; para el mundo criollo diríamos que pequeñas celebridades han logrado poner a su servicio un séquito de aduladores e intelectuales institucionalizados con un peguismo neurótico y una abominable mentalidad de saqueo de los bienes comunes, todos ellos defendiendo el derecho eterno del jefe; eternización en el poder que sólo puede caber en la cabeza de un pedante.

Esta construcción pseudocultural legitima un orden estatal basado en la personificación del poder, el presidente del EP ya es un presidente personal que no es más que la expresión de una sociedad débil y gelatinosa en la que nos debatimos y nos obliga a enfrentara una gubernamentalidad elaborada para gobernar a los gobernados como a retrasados mentales o como a niños a los cuales es necesario disciplinar, corregir y “educar”.

Una nueva brecha está abierta entre el manejo ominoso del EP y la necesidad de transparentarlo para evitar la catástrofe. Sin embargo, la predicción sobre el futuro del país es sombría pues todo apunta a la consolidación de la mentalidad saqueadora, de las mismas camarillas gobernando por medio de contactos, parentelas y amigotes en una suerte de mafia partidista que desplaza el mérito, el talento, la transparencia y la calidad de los servicios públicos; así las cosas en las que la valoración mística de la ignorancia es ciertamente muy valiosa, no hace falta la potencia del pensamiento de Marx, es suficiente Shakespeare como un revolucionario que cuestiona repentinamente el derecho divino de los reyes y su abominable mentalidad saqueadora y, no obstante la intransparencia, se muestra la resistencia ciudadana al rapaz Estado saqueador.

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