Democracia

Ausencia de política

Exceptuando a masistas, sostiene el autor, el Gobierno les quitó a todos los demás la silla y la palabra en la mesa de negociación política.
domingo, 13 de enero de 2019 · 00:00

Gonzalo Lema Escritor boliviano

“Ausencia de política” caracteriza a este tiempo contra todo parecer. La opinión pública, que considera, más bien, que esta actividad se ejercita en exceso, puede advertir que coyunturas culminantes son desatendidas y que, en consecuencia, se desatan medidas extremas como último recurso. La huelga de hambre es gran ejemplo. El vandalismo es otro.  Y la diatriba. 

El autoritarismo. La verticalidad. Hechos y acciones primos-hermanos de la violencia, ajenos a la política que se reclama. La política útil: negociación constante de oficialistas y opositores, acuerdos, superación conjunta de conflictos, no se practica. Los frentes son enemigos entre sí y el país queda estrangulado en la mediocridad.

 El largo gobierno tiene responsabilidad mayor en este tema. Desde un principio trazó una línea gruesa y ubicó, por debajo de ella, a todos los que no profesan su doctrina. Es decir: exceptuando a masistas, a los demás. Les quitó la silla y la palabra en la mesa de negociación política. 

En ningún momento pensó que, bajo su liderazgo, el país debía crecer con concurso de todos. Cierto: los opositores también son bolivianos. 

El Órgano Electoral,  mejor ejemplo casi imposible, debía constituirse con el visto bueno de los partidos representados en el parlamento. No ha sucedido así y ahora sufre las consecuencias: sospecha, repudio, no se le tolera ni el mínimo error. 

No sólo eso: sus resultados motivan sonrisa y debilitan a la autoridad electa si es masista. Faltó perspicacia fina, tino político. Sobró bravuconada. 

Un organismo electoral sólido beneficia con credibilidad al que gana y resigna en paz al que pierde. Nadie discutiría nada. Perdió la política.

 En buenas cuentas: el Gobierno no ha sabido (querido) hacer política ni siquiera en su mejor momento. Ha preferido imponer. Su labor nunca ha sido de padre, sino de padrastro. El cinturón colgado de su cuello. 

Sabe que gobierna a nombre de un sector numeroso, pero sabe también que, al frente, la diversa oposición crece. Esa oposición que ha ganado varias elecciones y la consulta primordial: 21F.

 El Gobierno, alentado por resultados favorables en la elección general, se propuso “sorprender” a la ciudadanía y preguntó si se permitía la postulación permanente. Ganó el No. 

Un voto estupendo venido a las urnas de los cuatro puntos cardinales. Miles de seguidores del alcalde, del gobernador o del mismo Presidente votaron contra el vicio de la postulación (y elección) permanente. 

Miles de seguidores de Evo votaron en contra suya. El MAS sintió que se trisaba. Pero, antes de “hacer” política al interior de su partido, de hallar sustitutos por un período de gobierno, ha preferido burlar el resultado de la consulta ciudadana y trata de imponer, con grosería, su arbitrariedad descomunal. 

Su candidatura, no obstante, está fuera del marco legal, porque después de haber consultado al soberano no hay nada más que hablar. Y menos con los huayralevas.

 Esta decisión de “quiebre” democrático no es política, como afirman con alarmante cinismo los oficialistas. Política sería la postulación de otro binomio. Política útil, además. De buena madera. Porque, si bien es cierto que se votó contra la perpetuación en el poder, también es cierto que mucha gente acompaña al MAS. 

Lo uno no quita lo otro, salvo que se insista con la repostulación. La respetable y siempre tomada en cuenta opinión pública puede creer que sin Evo no hay MAS (él mismo parece creerlo), pero pienso que este partido es precioso instrumento político de diversos sectores de la heterogénea sociedad boliviana. 

Podría haber MAS para rato si se actuara al servicio de la democracia y sus leyes. Jamás en contra. La medida asumida por su cúpula va en contra. El MAS tambalea en su esencialidad.

 Es tiempo de que los políticos hagan política y se preocupen en serio de la coyuntura nacional. ¿Acaso es pertinente hablar de una ley que separe al Estado de la iglesia? ¿Acaso es tiempo de pavonear saludando en idioma originario? Anécdotas. 

Tampoco es momento de caprichos y lloriqueos. Es el tiempo de la política si consideramos la coyuntura que vivimos: de alto riesgo para el país. 

Unos deben tocar la puerta y otros deben armar la mesa de diálogo como políticos serios que son o creen ser. Nadie gana si se dan la espalda y contravienen leyes. Todos lo hacemos si trabajan haciendo política útil.

 

 

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