Análisis político

La carencia crónica de institucionalidad y el desarrollo del populismo en la historia reciente de Bolivia

El MNR, el MIR y el MAS han pretendido encarnar un nuevo paradigma de hacer política, presuntamente más cerca de las “realidades” nacionales, pero el resultado final es modesto.
domingo, 13 de enero de 2019 · 00:00

H. C. F.  Mansilla Filósofo y escritor

La historia boliviana a partir de la independencia (1825) exhibe una clara debilidad institucional, la cual ha sido acentuada paradójicamente durante los periodos dominados por regímenes populistas que pretendían impulsar la justicia social y la soberanía nacional. 

El ejemplo más ilustrativo de esta evolución ha sido la llamada Revolución Nacional de 1952. Los resultados institucionales de este proceso han sido muy modestos, lo que tiene que ver directamente con la preservación y hasta exacerbación de una tradicional cultura política del autoritarismo y el desorden institucional, que conviven muy bien con una cierta modernización económica del país. Este es el trasfondo del presente texto.

A partir de la Revolución Nacional, uno de los principales obstáculos al desarrollo político-cultural de la nación puede ser visto en el surgimiento de partidos populistas con fuertes rasgos autoritarios, que bajo consignas radicales y altisonantes –empezando por los nombres de los partidos– han tratado de generar procesos de cambio radical.

Aproximadamente, cada 30 años (1952, 1982 y 2006) un partido populista toma el poder e impone al país sus formas específicas de hacer política y de manipular a la opinión pública. 

Esta calamidad recurrente de la nación boliviana debe ser considerada como uno de los impedimentos más vigorosos para una democratización seria y para una modernización amplia del país.

El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Movimiento al Socialismo (MAS) han pretendido encarnar un nuevo paradigma de hacer política, presuntamente más cerca de las “realidades” nacionales, pero hoy en día el resultado final puede ser calificado como muy modesto, en todo caso muy alejado de las propias intenciones ideológicas y programáticas de estos partidos. 

Esta temática puede ser explicada e ilustrada más claramente si observamos los tres aspectos en los cuales los tres movimientos mencionados han contribuido poderosamente a consolidar prácticas irracionales, valores convencionales y rutinas consuetudinarias del orden premoderno bajo el manto de consignas radicales y doctrinas revolucionarias: 

(A) La preservación de la cultura política del autoritarismo, (B) la formación de élites muy privilegiadas que se convierten en las nuevas clases altas y (C) la desinstitucionalización de la vida público-política, con su secuela inevitable, la corrupción en gran escala.

(A) Bajo la cobertura del nacionalismo revolucionario, que fue vigorosamente alimentado en el periodo 1952-1956 –cuando todavía quedaban muchas esperanzas de un cambio radical–, el MNR fomentó algunas normativas institucionales, que se arrastraban desde la era colonial y las acentuó sistemáticamente mediante la creación de nuevos trámites para el ciudadano común y corriente y la instauración de instancias burocráticas adicionales. 

En la esfera de la cultura popular es donde el MNR mostró abiertamente su carácter conservador: mantuvo y exacerbó algunas normativas de índole retrógrada e irracional, como el caudillismo y el prebendalismo, el centralismo y el colectivismo. 

Las rutinas de esta cultura política –nunca codificada abierta y públicamente– reglamentan la vida interna de los partidos políticos, establecen las diferencias reales entre dirigencia y masa, otorgan autoridad decisiva a los jefes con cualidades carismáticas, delimitan la verdadera significación de programas e ideales, encubren los sistemas de corrupción y distribuyen prebendas y fondos estatales entre los más fieles al caudillo. 

Uno de los mayores éxitos modernizadores del MNR puede ser considerado como paradójico, pues consistió en un fortalecimiento “técnico” de prácticas tradicionales, por ejemplo, en el complejo arte de perseguir a los adversarios políticos, imaginarios o reales. 

La policía política del MNR –extremadamente frondosa– actualizó y “mejoró” hábitos que existían desde hace siglos. 

Como escribió Huáscar Cajías, la policía del MNR sistematizó “lo que antes estaba disperso; introdujo orden en la anarquía represiva; tornó continuo, permanente, lo que antes era accidental y momentáneo; adjuntó a las palizas tradicionales, primitivas y temperamentales, los aportes de la ciencia moderna, para lo cual construyó un Estado mayor eficiente e idóneo. (…Todo esto se justificaba y practicaba en nombre de la patria, de la justicia social, del progreso económico)”.

(B) El MNR combatió sin piedad a la antigua “rosca minero-feudal” (es decir, a los grupos sociales y empresariales de carácter excluyente y privilegiado anteriores a 1952), pero a partir de la Revolución Nacional se dedicó sistemáticamente a crear nuevas élites políticas y empresariales que reemplazaran a las antiguas. 

En este terreno, el MNR tuvo un éxito perdurable: hasta hoy las clases dirigentes del país se derivan de esos estratos privilegiados que se formaron con la ayuda logística y los fondos generosos que el Estado derramó sobre ellos.

 A escala menor pasó lo mismo con el MIR y el MAS. Se puede aseverar que todas las nuevas élites reproducen las características más negativas de las antiguas clases altas: la arrogancia infundada, el desprecio por la cultura y la ciencia, la incapacidad de generar visiones de largo plazo, la explotación sin piedad de los estratos subalternos y la inclinación a servirse sin escrúpulos de los recursos financieros del Estado.

 Durante los periodos gubernamentales de los tres movimientos mencionados ha ocurrido un fenómeno muy semejante: la propaganda gubernamental contra la empresa y la propiedad privadas alcanzaba niveles muy altos y a veces dramáticos, pero la praxis cotidiana de los miembros más destacados –o más astutos– de los partidos estaba consagrada a procurarse oportunidades de negocios, fondos estatales y valiosos contactos personales para acumular propiedad a título privado-personal. 

El MIR (el Partido de la Inconstancia Reiterativa) hizo básicamente lo mismo en el periodo 1982-1985 y posteriormente cuando participó en coaliciones con partidos conservadores. Y lo mismo puede decirse del MAS a partir de 2006.

Las élites dirigentes de los tres movimientos mencionados, y justamente los militantes más exitosos a largo plazo, son aquellos que tienen como metas normativas la consecución de dinero, poder y prestigio (en este orden de preferencias), y para quienes los objetivos ideológicos tienen un valor meramente instrumental. 

Desde el comienzo de los regímenes populistas algunos puestos gubernamentales decisivos han sido tomados por personas hábiles en cuestiones de corto plazo que no requieren de consideraciones éticas. 

Estos operadores, por definición, son expertos en relaciones públicas, técnicos sin adscripciones ideológicas profundas; trabajan en realidad al servicio del mejor postor. 

Las destrezas específicas de los operadores residen en campos delimitados: los juegos estratégicos, las negociaciones turbias, la obtención y consolidación de espacios de poder, las maniobras y las intrigas (que pueden ser de una gran complejidad), la elaboración de algunas ideas a la moda – muy simples, por supuesto – para las campañas electorales, el ganar colaboradores eficientes y baratos, conseguir fondos discrecionales y tejer una red de contactos con los medios masivos de comunicación, los empresarios en boga y las organizaciones internacionales.

Dos campos de la actividad humana son básicamente ajenos a los operadores: el ámbito de la moral y el mundo de la ciencia y la cultura. Los expertos de los juegos estratégicos y de la astucia práctica olvidan, sin embargo, una dimensión fundamental de la política. 

Hay una diferencia importante entre el saber intelectual y las picardías de la política cotidiana. El operador puede moverse muy bien en los entresijos del poder mediante una estrategia instrumental-astuta, pero no comprende el conjunto social ni puede percibir los fenómenos que se hallan fuera de lo muy conocido, que son los procesos evolutivos de largo aliento. 

Por otra parte, los operadores no están en condiciones de brindar lo que esperan algunos sectores sociales: el componente ético, la vocación de servicio a la comunidad, las visiones de futuro, la constelación sostenida por la confianza y la dignidad y la modestia que acompañan a la verdadera grandeza.

(C) En una visión de largo plazo se puede aseverar que en función gubernamental los tres movimientos han canalizado una parte de sus energías a debilitar el Estado de derecho, a fomentar la existencia de códigos paralelos en la esfera pública, a permitir formas creativas y dilatadas de corrupción y a desmantelar o a pervertir las instituciones estatales de control sobre el desempeño gubernamental.

 Se puede percibir, por ejemplo, la instrumentalización del aparato judicial a favor de planes y decisiones políticas del Poder Ejecutivo. Estos procesos han ocurrido ciertamente desde la era colonial, pero a partir de 1952, 1982 y 2006 tomaron un carácter más frecuente y sistemático. 

Los agentes del orden público –los tribunales y fiscalías, las fuerzas armadas y la policía– experimentaron un menoscabo en su autonomía y una declinación de su formación profesional, como pasa a menudo en sociedades poco evolucionadas y sometidas a experimentos radicales. 

En los tres periodos se puede constatar un significativo aumento de la inseguridad jurídica, lo que coincide paradójicamente con la proliferación de nuevos y engorrosos trámites. 

La modernización cultural y política, propugnada por los tres movimientos, se ha restringido a lo llamativo y superficial. La utilización masiva de computadoras y teléfonos celulares, por ejemplo, no significa que los usuarios hayan dejado de lado sus antiguos hábitos y designios, sus viejas mañas y triquiñuelas que han variado poco en el transcurso de los siglos. 

Los rasgos más visibles de la “modernización” política son la invasión de las técnicas de mercadeo y relaciones públicas, el surgimiento de los operadores y la expansión de la doctrina de un pragmatismo grosero. 

Todo esto concuerda con los anhelos profundos de los adherentes habituales de los tres movimientos: el ascenso social y la consecución de una rápida fortuna. Ellos pueden ser calificados como conservadores porque en el fondo no quieren cambiar el mundo: aspiran sólo a una integración ventajosa y redituable dentro del sistema socio-político convencional.

 

 

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