Matasuegra

A palabras necias…

A raíz de las declaraciones de un diputado brasileño, el autor analiza el contexto histórico de los alcances de “lo indígena” y de los “indios”.
domingo, 13 de enero de 2019 · 00:00

Willy Camacho Escritor

Hace unos días, el diputado brasileño Rodrigo Amorim, aliado del presidente Jair Bolsonaro, dijo, refiriéndose a la Aldea Maracaná (un predio de 14.300 m2 en Río de Janeiro, donde se han asentado comunidades de pueblos originarios de Brasil): “El espacio podría servir como estacionamiento, compras, área de ocio o equipamiento… como carioca me causa indignación… a quien le gusten los indios, que se vaya a Bolivia, que además de ser comunista sigue presidida por un indio”.

La declaración causó revuelo en nuestro país y muchos reaccionaron con indignación, incluso el ministro de Justicia, Héctor Arce, instó al diputado brasileño a disculparse públicamente. Al parecer, muchos se sintieron ofendidos, especialmente los masistas, lo cual no deja de ser contradictorio, pues ellos precisamente han hecho de lo indígena una de sus banderas de lucha política. 

Pese a lo contradictorio, hay que reconocer que la mentalidad colonialista/colonizada surge de manera natural en estas situaciones, así te proclames el primer presidente indio de América. Me refiero a que lo indígena, pese al discurso oficialista, tiene todavía connotaciones negativas, aun para la misma gente que se declara parte de un pueblo originario.

Así, en el Censo Nacional de 2012 se registró la disminución del porcentaje de población que se declara indígena (respecto de los datos del censo 2001), lo cual, según varios analistas, se debe a que la pregunta exigía que el encuestado primero se declarara indígena, y luego recién optara por una identidad particular; mientras que en el anterior censo, el encuestado directamente debía indicar a qué pueblo originario pertenecía. 

Esto podría ser indicio de que un aymara, por ejemplo, se siente orgulloso de serlo, pero no necesariamente de ser indígena o indio. Qué tendría de raro, considerando que “indígena” (o “indio”) ha sido y sigue siendo empleado, más o menos, como insulto.

El etnólogo y antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla fue uno de los investigadores que más se preocupó por definir el concepto de “indígena”. En apretada síntesis, Bonfil dice que cuando los españoles llegaron creyeron que habían desembarcado en las Indias, por lo que denominaron “indios” a los habitantes que encontraron. 

Una vez superado el error geográfico, “indio” dejó de ser gentilicio y pasó a convertirse en una categoría unívoca, en la que el colonizador incorporó a todos los grupos étnicos originarios sin ninguna distinción. Así, se creó una clase social inferior respecto a la clase y cultura dominante, y se dio la consiguiente explotación para los fines de la empresa colonial.

Bonfil considera que, tras la independencia y el nacimiento de las repúblicas latinoamericanas, el orden colonial se mantuvo intacto y, por ende, los indígenas (sin distinciones étnicas) siguieron siendo la clase inferior dominada. Entonces, al ser lo indígena una categoría colonial que elimina las identidades particulares de aymaras, quechuas, tacanas, etc., “la liberación del colonizado –la quiebra del orden colonial– significa la desaparición del indio (como categoría); pero la desaparición del indio no implica la supresión de las entidades étnicas, sino al contrario: abre la posibilidad para que vuelvan a tomar en sus manos el hilo de su historia y se conviertan de nuevo en conductoras de su propio destino”.

Por eso, resulta cuando menos incongruente que la ideología y proyecto político del actual gobierno se base en lo “indígena”, ya que, como sabemos, el MAS proclama con insistencia la lucha contra el colonialismo. 

Al perpetuar esta categoría colonial, incurre en una contradicción evidente, además que imposibilita la construcción de un verdadero Estado Plurinacional, pues para que este sea tal, es necesario que cada entidad étnica, esto es, cada nación o pueblo originario, tenga representación propia en el legislativo.

Claro, así es posible justificar el discurso con el que los oficialistas se proclaman defensores del indio (en general), y a Evo Morales, líder de todos ellos. Si se eliminara la categoría colonial, el Presidente debería asumir, si así lo siente, que es líder aymara, y otorgar la debida importancia a los líderes de los demás pueblos originarios, incluso si algunos no coinciden con sus políticas.

Esto no figura, ni figuró nunca, en los planes del MAS; al contrario, su intención fue y es valerse de esta categoría colonial para mantener la división entre lo indígena y lo no-indígena, y así generar la ilusión de que su propuesta política para el mundo, opuesta al régimen capitalista, representa la visión de todos los pueblos originarios.

Hay un evidente interés detrás de esta insistencia en preservar la diferencia colonial entre lo indígena y lo no-indígena, ya que el sustento filosófico del proyecto masista radica en el Suma Qamaña (Vivir Bien), concepto quechua-aymara que encierra una visión de mundo y que el gobierno boliviano propone como (única) alternativa al modo de vida capitalista. Esta propuesta también parte de un preconcepto: que todo lo “indígena” fue y es bueno, mientras que lo demás, especialmente el capitalismo, es malo (maniqueísmo sin lugar a dudas).

La empresa colonial encasilló a todos los pueblos originarios en la categoría “indígena”, y con ello creó una clase social inferior cuya explotación y exclusión se mantiene, aunque en menor medida, hasta hoy. El MAS recurre al mismo método, y pese a que sus fines sean nobles, se basa en esa categoría para actualizar y profundizar la polarización colonial, y así llevar a la práctica la lucha de clases.  

Para esto, es imprescindible que lo “indígena” siga siendo una generalización, aunque se distinga de la categoría colonial por los fines que persigue. Si durante la colonia los indígenas, sin distinción, fueron instrumento para la acumulación de riqueza, ahora son instrumento político para la acumulación de poder.

Lo indígena es otro elemento discursivo del MAS, pero que, en la práctica, no pueden sostener con el mismo orgullo, solo así se entiende que la estupidez de un diputado aliado con un vaquero brasileño les cause tanta urticaria.

 

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