Salud pública

De la enfermedad y sus soledades

En casi todos el drama incluye la insalvable soledad en la que se ve un personaje ante la enfermedad que poco a poco se lo va llevando.
domingo, 27 de enero de 2019 · 00:00

Jorge Patiño Sarcinelli Matemático y escritor.

El doctor Fernando Patiño, con quien comparto más genes que con cualquier habitante del planeta, viene publicando hace algunos meses una columna sobre aspectos científicos y políticos de la medicina, lo que muestra, entre otras cosas, que se los puede juntar. Su éxito, además de ser eco de su buen pensar y bien escribir, es expresión del interés que esos temas despiertan en los lectores. 

No sé nada de medicina y admito mi honda e irremediable aversión a las heridas, a la sangre, a los hospitales, a las agujas y bisturís y a todo lo que me recuerde la innegable fragilidad y senescencia del cuerpo mortal que habito. 

No creo estar solo entre los no médicos. Estos, al contrario, parecen encontrar un placer morboso en todo eso. Supongo que en ello se basa su vocación.

Sin embargo, por atracción o por aversión, llegados auna edad, salud y enfermedad son cuestiones de las que no nos queda más remedio que preocuparnos: con la nuestra o la de nuestros hijos, parientes y amigos. 

Pareciera que, si no somos nosotros mismos, hay siempre alguien cercano luchando contra alguna dolencia cuya gravedad nos esmeramos en ignorar o, ante su revelación, esperamos que un médico sepa terminar con ella. 

Como todo lo que no entendemos bien lo metaforizamos y lo subimos al imaginario, lo mismo pasa con la salud. Susan Sontag ha escrito un libro extraordinario sobre el universo metafórico que desarrollamos en torno a las enfermedades. 

En el corazón de la cosa está la idea misma de que cuando nos enfermamos iniciamos una “lucha” contra la enfermedad, que se desarrolla en el campo misterioso de nuestros tejidos interiores contra un agente maligno; un microbio, un virus, una degeneración inexplicable, etcétera. 

No podemos entender realmente los mecanismos de eso que llamamos “lucha” y a diferencia de otras peleas, en las que cabe preguntarse qué táctica usar, en éstas no nos queda más remedio que ponernos en las manos de un médico o de un curandero, o apostar a la habilidad de nuestras propias defensas de salir victoriosas solas; y para esto último lo mejor es tener fe, una actitud positiva, reposo, algo caliente.

Es decir, que mientras el médico que tenemos delante está pensando en los aspectos científicos de la enfermedad que le traemos, los análisis que será necesario realizar para confirmar sus sospechas y los fármacos y dietas que nos va a recetar, los enfermos solo pensamos en una cosa: que nos libre del puto mal que nos quita el sueño. 

De esta brecha entre los términos en que un médico y un enfermo ven la misma enfermedad surge el divorcio fundamental en esa relación. A veces los médicos intentan salvar esa distancia, explicándonos en términos científicos sencillos lo que está pasando “ahí adentro”. Si los escuchamos o si pretendemos entender, es por cortesía con su esfuerzo o por una especie de morbo de que nos lleven en un paseo imaginario por nuestras entrañas. Cuando éste viene con el apoyo gráfico de la medicina moderna, realmente llegamos a creer que entendemos. Es una ilusión.

Ese universo de imágenes, temores, dolores, aprehensiones, metáforas y soledades de las que están pobladas las enfermedades nuestras de cada día, ocupa un lugar privilegiado en la literatura, como no podía dejar de ser como cosa humana, y más aun por la intensidad particular del drama en el que nos arroja la enfermedad. 

Hay obras donde la enfermedad y sus metáforas no solo aparecen como aspecto de un drama mayor, sino que son el centro mismo de la narrativa. La Montaña Mágica es el ejemplo clásico, pero se me ocurren otros: Acontecimientos de la irrealidad inmediata, de Blecher, Monsieur Pain de Bolaño y, naturalmente, El Pabellón del cáncer, de Solzhenitsin. 

El lector tiene quizá otros ejemplos predilectos, pero en casi todos el drama incluye la insalvable soledad en la que se ve un personaje ante la enfermedad que poco a poco se lo va llevando. ¿Con qué ojos leerán los médicos estas obras?

Compartir los diagnósticos de este proceso nada hace para salvar ese abismo. Las manchas en el pulmón, los microbios que se comen los huesos o las mutaciones celulares son meras descripciones físicas de lo que para el paciente es un monstruo cruel y vivo, la muerte misma que avanza. En el terreno de la ciencia, la medicina tiene muchas respuestas posibles; las conocemos. En el terreno de la sicología, el único remedio que queremos es la esperanza. Y cuando ya no hay esperanza de vivir, al menos la de no sufrir más.

Este drama humano es universal. Ante él no hay distinciones de género o raza; la paridad es total. Quizá haya pequeñas diferencias culturales y personales en la capacidad de entender, asimilar y enfrentar el sufrimiento físico. Es conmovedor, por ejemplo, cómo un niño, que no sabe todavía nada de la vida, es capaz de aceptar que ella viene cargada de sufrimiento porque es todo lo que él conoce. 

Pero donde existe la diferencia de lejos más importante es entre ricos y pobres. Mientras que un rico sabe que la medicina está haciendo todo lo que puede para salvarlo, un pobre con frecuencia tiene que conformarse con equipos de segunda u obsoletos, con largas esperas por el tratamiento (si llega), con la imposibilidad de comprar el medicamento necesario, con un médico incompetente o tramposo, etc. La desigualdad es total.

Una cosa es que no haya cura, otra que esa cura esté fuera del alcance por una simple cuestión de dinero, que el hijo podría salvarse si hubiese la plata para llevarlo afuera o para comprarle el remedio que necesita. ¡Qué poco importan las otras diferencias que trae el dinero –autos,  viajes, el club– cuando lo que está en juego es la vida de quien más se ama!

Cuando los políticos y los periódicos hablan de salud pública, de niños que mueren por no tener agua potable, de centros de tratamiento del cáncer inexistentes, de personas que son engañadas con tratamientos fraudulentos, de remedios exorbitantemente caros; cuando nuestro sistema de salud falla porque se despilfarra la plata en aeropuertos inútiles o en vaporosa corrupción, detrás de la noticia y de la política, ese es el drama humano que estamos multiplicando. 

¿Cuántas vidas podrían haberse salvado con menos aeropuertos y más inversión en salud pública? No sé hacer la cuenta, pero quizá una muerte evitada bastaría para justificarlo. 
 

 

 

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