Mercado laboral, ¿bien común?

Dilemas de la formación universitaria

¿Cómo responden las universidades y los profesionales en un entorno de flexibilización laboral, desarrollo tecnológico, inestabilidad económica y cambio climático?
domingo, 27 de enero de 2019 · 00:00

Marcio A. Paredes R.  Coordinador de la Unidad de Gestión de la Calidad Académica de la Universidad Católica Boliviana

En Bolivia hay 61 universidades legalmente establecidas que ofrecen una amplia variedad de carreras profesionales. En la ciudad de La Paz operan 25, es decir, más del 40% de las casas de estudios superiores. La mayoría se concentra en pocas áreas, principalmente administrativo-financieras, ciencias sociales e ingenierías. En la oferta destacan las carreras de administración de empresas, auditoría, comunicación social, derecho, educación y varias ingenierías que prometen una rápida inserción al mercado laboral.

Los universitarios son en su mayoría jóvenes que ingresan a las carreras al concluir el bachillerato, cuando rondan los 18 años, y permanecen en las aulas un promedio de seis años, aunque hay quien sobrepasa los 15 años de estudio.

Bajo la hipótesis de que el grueso de la población estudiantil está entre los 19 y 28 años, se puede inferir que cerca al 40% de los jóvenes de La Paz están matriculados en alguna carrera profesional, según datos del INE. Esta tendencia ha ido creciendo de forma muy moderada, pasando de un 38% en 2014 a un 41% en 2016. 

¿Dónde está el 60% restante? La mayoría se encuentra inserta en el mercado laboral, principalmente en el sector informal. Sin embargo, existe una porción de esta población que ni estudia ni trabaja, los “jóvenes ni-ni”.

Según el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA), cerca del 10% de los jóvenes entre 20 y 24 años se encuentran en esta condición. Los jóvenes ni-ni son, principalmente, de clase media y asumen esta condición de forma transitoria, pues apenas aparece una oportunidad atractiva, sea laboral o de estudios, la toman.

Reputación de la educación superior e inserción laboral

Según las encuestas de percepción ciudadana del Municipio, la calidad de la educación superior se valora en un 7,3 sobre 10, que podría calificarse como buena. Sin embargo, esta percepción contrasta con la confianza en las mismas, pues apenas el 60% de la población estima que las universidades son instituciones en las que se puede confiar.

Una explicación a esta tendencia puede encontrarse en el desprestigio derivado de casos de corrupción académica, acoso, venta de notas y otros que –aunque aislados– han merecido la cobertura periodística y afectan la opinión de la ciudadanía.

Un aspecto que no está necesariamente asociado a la falta de confianza pero que redunda en la reputación de las universidades es el referido a la tasa de graduación. En las universidades del sistema público, la graduación ronda el 35%. Esto significa que entre tres  y cuatro de cada 10 estudiantes logran graduarse.

Estudios han demostrado que entre los motivos más frecuentes para dejar de estudiar están los factores de orden económico y social. Los estudiantes dejan las universidades para trabajar, o porque forman una familia. El trabajo formal, tan perseguido por los profesionales universitarios, suele ser una meta que pocos alcanzan.

Una encuesta aplicada en 2014 a empleadores en la ciudad de La Paz determinó que las competencias más apreciadas a tiempo de contratar a los jóvenes son el liderazgo y el buen relacionamiento. Esto deja en un tercer lugar a las habilidades técnicas y en un sexto lugar al sistema de valores, que es donde las universidades aspiran aportar. De ahí una primera conclusión obvia: concluir los estudios no garantiza un trabajo.

Según el CEDLA, “entre  tres y cuatro de cada 10 (profesionales), todavía no tienen un espacio laboral acorde con su formación: están desempleados o subemplean sus capacidades porque no tienen más opción que competir por los puestos menos calificados…”.

Esto se expresa en una alta tasa de “ilustrados” desempleados o con trabajos eventuales que no reflejan el esfuerzo e inversión que supone el logro de un título profesional. 

Ante esta realidad, muchos profesionales optan por prolongar sus estudios en cursos de posgrado, sin embargo, la realidad no suele cambiar.

Conforme ha verificado el CEDLA, “en las nuevas contrataciones del sector empresarial predomina la figura del consultor temporal, en línea o por producto. (…) Lo mismo sucede en el sector estatal ya que las contrataciones se sujetan a la Ley 2027 del Estatuto del Funcionario Público, (…) que recorta los derechos laborales individuales y elimina los derechos colectivos”. Estos datos obligan a preguntar si las universidades deben formar profesionales para el mercado laboral o si sus desafíos son más amplios.

Los desafíos de la universidad boliviana

Resulta evidente que quien se matricula en una carrera espera mucho más que el título de licenciado. Las variadas expectativas giran alrededor de un trabajo digno, justamente remunerado, con seguridad social, acceso a un seguro de salud, vacaciones y –en un futuro lejano– la esperanza de recibir una jubilación. 

Sin embargo, la realidad responde a esta expectativa de forma dura y contundente. La inestabilidad del mercado laboral plantea a la universidad la necesidad de revisar su contribución.

Las universidades tienen la difícil tarea de formar personas que van a ejercer su profesión en un futuro incierto. A las condiciones laborales –complejas y desalentadoras por lo expuesto–, se suma la incertidumbre de puestos de trabajo emergentes y aún desconocidos, con tecnología en pleno desarrollo y un medioambiente desgastado debido a su explotación y al cambio climático.

Este escenario plantea la necesidad de concentrar los esfuerzos de las universidades más allá del mercado laboral. Estos esfuerzos no tienen recetas, aunque sí señales muy claras con relación a la vocación investigativa y al diálogo cercano con las necesidades de la sociedad.

Así, una tercera conclusión (intuida) parece señalar la necesidad de una formación humanista asentada en la gestión del conocimiento para el bien común. ¿Estamos preparados para andar por esa ruta trazada en los orígenes de la educación superior?

 

 

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