Medio ambiente

Árboles

¿Qué implica un árbol para la (gran) parte de la población boliviana? El país está entre los diez países que más deforesta en el planeta.
domingo, 06 de enero de 2019 · 00:04

Rocío Estremadoiro Rioja Socióloga

¿Qué significa para usted un árbol?  Para algunos significa reconfortante sombra, lo que especialmente se aprecia cuando se es caminante o ciclista. Otros reconocen la munificencia de estos seres y se imaginan suculentos frutos. Los más informados saben que los árboles coadyuvan a generar el oxígeno que respiramos y que atraen a las lluvias que fecundan la tierra de la que dependemos. 

Los más soñadores ven a los árboles en copas floridas que evocan sentimientos nobles, en maravilloso concierto de hojas al viento, en pajaritos cantores que se camuflan en el follaje, en sonido de cigarras anunciando un nuevo amanecer, en la nostalgia de bosques tupidos, en la grandiosidad de un grueso tronco que late al tacto, en el asombroso misterio de un ser vivo cuya complejidad apenas atisbamos. 

Sin embargo, allende estas extemporáneas manifestaciones, habría que preguntarse qué implica un árbol para (¿gran?) parte de la población boliviana, o por lo menos para la gestión pública, dado que Bolivia está entre los diez países que más deforesta en el planeta. 

Un estudio de la fundación alemana Friedrich Ebert Stiftung (FES) citado en el periódico Los Tiempos, calculó que el país pierde anualmente 350 mil hectáreas de bosques por actividades legales y clandestinas. Una de las palpables certidumbres de eso la respiramos cada año, al momento que los chaqueos ensombrecen los cielos. 

Otro indicador es la vulnerabilidad de las áreas protegidas que suelen ser laceradas por todo tipo de intereses cicateros y hasta ninguneadas por los pedantes e irresponsables detentores del poder. 

Igualmente, basta evidenciar lo que ocurre con nuestras ciudades y pueblos y concluir que para demasiados habitantes del país un árbol es una presencia incómoda, perturbadora, molesta.

Cotidianamente se inmolan árboles por los más nimios y mezquinos motivos. ¿Cuántas veces se escucha que vecinos se deshacen de los árboles porque “ensucian”? ¿Cuántos árboles se han talado bajo el ridículo estigma de que dan “cobijo” a ladrones y mal entretenidos? ¿Cuántos árboles se ultiman o deforman por el pésimo ordenamiento de las conexiones de los servicios de electricidad, telefonía, etcétera? ¿Cuántos árboles son sacrificados por los proyectos de inversión pública?

Es más que evidente que gran cantidad de proyectos de inversión pública dejan el tema ambiental en la última de las prioridades y más todavía que se busque evitar y/o mitigar su impacto. Un indicador de eso es, justamente, el trato a los árboles. 

El caso de Cochabamba es ilustrativo. En Cercado, según datos recientes, existen tres árboles por cuadra y un 3% de áreas verdes, una circunstancia que, de seguro, es replicada en el resto de municipios del Departamento, debido a que las praxis arboricidas y ecocidas son común denominador.

 Y teniendo en cuenta que Cochabamba se caracterizaba por un diverso, generoso y prolífico entorno natural que la situaba como la “ciudad jardín” o el “paraíso terrenal” que extranjeros buscaban por su clima y la magnificencia de su flora y fauna, ¡estas cifras son para llorar!

En ese sentido, hace décadas que considerable porción de las gestiones ediles se han dedicado a encementar Cochabamba arrasando con el ecosistema, bajo una lógica ilusa, cortoplacista, enferma y distorsionada de “progreso”. 

Asimismo, la corrupción, la demagogia, la politiquería, la mezquindad, la ausencia de un mínimo de institucionalidad y gobernanza en la función pública, han resultado en una pésima planificación urbana y en un peor manejo del crecimiento demográfico; el más afectado es el medioambiente. 

Los tristes monumentos de esta realidad son las moribundas lagunas de la otrora “kocha pampa”, el río Rocha que enuncia su agonía con efluvios hediondos, el abandono del cerro San Pedro o la constante destrucción del Parque Tunari que sucumbe frente a la especulación inmobiliaria. 

Por si no fuera suficiente, incontables ocasiones los proyectos de infraestructura y otros, están costando las pocas áreas verdes que sobreviven o los escasos árboles que sortearon la irresponsabilidad ambiental de moros y cristianos.

 Y como si en semejantes condiciones nos sobrara la vegetación, las áreas verdes se trastocan en horribles mamotretos “deportivos”, canchas de pasto sintético, demagógicas “obras” al estilo de un fatuo “reloj de flores”. ¡Además, solamente faltaba que inclusive el Tren Metropolitano tenga que pagar el precio de cientos de árboles que serán afectados con las obras de dicho proyecto!

Cuesta comprender qué nos pasa como colectividad, qué hecatombe social y cultural nos rebasa, qué interviene para que no sólo seamos incapaces de reaccionar, actuar y cambiar, sino para que tropecemos, una y otra vez, con la misma piedra, constituyéndonos en serviles cómplices o en testigos pasivos e impotentes mientras se rifa nuestra calidad de vida y un futuro medianamente sostenible y equilibrado con lo que nos rodea. 

El síntoma más doloroso de aquello es el trato a los árboles.