Derecho

Urge, sí, urge reivindicar el concepto de abogado

Una reivindicación de la profesión que, al mismo tiempo, admite un quehacer rutinario, sin profundidad ni contenido jurídico.
domingo, 20 de octubre de 2019 · 00:00

Gastón Ledezma Rojas Expresidente del ICALP - Ilustre Colegio de Abogados

Ya en 1956, el ilustre jurisconsulto español Ángel Ossorio abrió la primera página de su admirable y, a la vez, admonitoria obra El Abogado, en su primera parte El Alma de la Toga, con esta invocación angustiosa: “Urge reivindicar el concepto de abogado”.

En este contexto, es penoso  que en una fecha como el 13 de octubre (día del abogado), se tenga que lamentar por quienes ya, reiteradamente y a los que, alarmantemente, desde sus primeros pasos en la profesión, y en funciones públicas o privadas, incurren en la comisión de actos punibles de diverso orden, siendo la corrupción, en cualesquiera de sus expresiones, la de mayor impacto y frecuencia.

Ahora, en lo ya avanzado de este siglo y ante la perspectiva del futuro expresamos con todo sentimiento  que la sociedad está clamando por una radical rectificación del rol en el comportamiento del abogado, para el inexcusable retorno al imperio de la probidad, la lealtad, el respeto y la dignidad, despojados de todo aquello que conlleve el germen o sello de corrupción. Esta es la única salida: o sucumbe por completo el menoscabado prestigio de la profesión o bien, vuelve a erguirse altiva para ser el faro que oriente hacia rumbos de dignidad y conductas idóneas.

No es un misterio –y ocultarlo sería nada más que engañarnos burdamente-, que la actuación de muchos abogados deja un sabor amargo que causa desánimo y honda frustración. Esas conductas deprimentes y censurables  pueden obedecer a diferentes factores. No nos llamemos a soslayar la realidad. Uno de los factores es la falta de conocimiento de las normas éticas aplicables al ejercicio profesional, factor que deviene desde la ausencia de una adecuada formación e instrucción en muchas facultades de Derecho en las que se minimiza o suprime la importancia de las cátedras de deontología jurídica y ética forense, hasta la simplificación de las condiciones para entregar a la sociedad abogados sin la solidez formativa indispensable. De aquí proviene, también, que muchos abogados desconozcan el carácter antiético de ciertas conductas. Otro factor puede obedecer a la desmedida ambición para obtener, sin el menor escrúpulo, esfuerzo ni constancia, ventajas y fortunas cegando su propia conciencia.

Esta consideración se torna aún más sensible  si se detiene a pensar que, lamentablemente, hay abogados que se confunden en la masa social, cuando debiera ser que  por su formación y obligados conocimientos éticos sobresalgan y sean merecedores del respeto y consideración general. El tratadista Ekmedjian subraya que “pese a todos los contratiempos, la ética forense debe aspirar a rescatar los valores trascendentes de la profesión, sin los cuales ésta se torna imposible de practicar”.

Debido a la falta de ética, cada vez mayor, la crisis moral está carcomiendo el sistema jurídico y no sin razón el destacado jurista argentino Roque Caivano dice que “la administración de justicia ha entrado en una etapa de crisis terminal”, cuyas manifestaciones se traducen en la exasperante lentitud en la tramitación de los juicios y “en las sentencias arbitrarias o deficientemente fundadas y la falta de vocación de servicio”, concluye.

Sin embargo, en este punto, debemos hacer una agradable y gratificante pausa. Hay que poner de relieve la existencia de una meritoria legión de abogados que ejercen la profesión con decoro, probidad, lealtad, buena fe y consagración. Hay abogados que anteponen al interés económico  el ideal de justicia y de servicio a quien carece de recursos; hay abogados que meritoria y silenciosamente  hacen de la ética un culto como coraza ante la creciente corrupción. Son estos abogados los que evitan que la profesión ingrese en esa “crisis terminal” de la que habla Caivano. Para ellos, el respeto de la sociedad.

El gran procesalista Calamandrei, en su obra Demasiados abogados, dice que los colegios forenses deben vigilar la moralidad y la corrección profesional de los ya matriculados, “es más -dice- la vigilancia de la conducta de los profesionales y el ejercicio del correspondiente poder disciplinario constituye una de las funciones más importantes y más características de estos colegios”. Sin embargo, lamentamos observar que, con la pasividad, se cohonesten conductas censurables.

Es de justicia subrayar que existen abogados que cultivan su responsabilidad profesional con evidente e innegable ética, es decir, con honestidad, ilustración y humildad, constituyéndose en estimulante ejemplo que el cultivo y práctica de esos principios éticos  no están reñidos con la capacidad profesional; en otros términos, quiere decir que el secreto del éxito no reside –como se ha dicho-, en la práctica de la mal llamada habilidad o picardía profesional, ocultando la ética con simulaciones que de nada valen. En todo caso, no podremos jamás convenir en aceptar aquella desvergonzada vanagloria de que “para ser buen abogado  hay que ser pícaro”.

En este punto se hace ineludible citar al maestro que se tornó famoso con su obra La lucha por el Derecho, Rudolf von Ihering, representante de la escuela histórica del Derecho y célebre por sus incontables méritos, quien enarboló la sentencia “la finalidad del derecho es la paz, el medio para ello es la lucha”. En apoyo de su filosofía de luchar por el Derecho, encontramos esta expresión muy significativa: “Todos tienen la misión y el deber de pisotear la hidra de la arbitrariedad y de la ilegalidad donde quiera que se hace presente…” 

Sin embargo, en lo que a nosotros corresponde, no solo inquieta, sino que angustia, observar que nuestra profesión se encuentra relegada a los últimos planos en la escala de prestigio y respetabilidad. Seamos sinceros: la profesión se encuentra en estado crítico y la opinión pública va confirmando mal concepto de los abogados porque aquella ha descendido al plano del mero quehacer, rutinario, sin profundidad ni contenido jurídico.

¿Cuánto tiene que ver el aparato de la administración de justicia en el problema que nos aflige? Los jueces no deben olvidar –como suele suceder-, que antes de ser tales, son abogados. También, como abogados, han debido beber del agua de la necesaria experiencia profesional para evitar improvisaciones. No se puede ingresar al servicio de justicia  para efectuar las primeras experiencias, a costa del público litigante, ni se debe pertenecer al mismo para ser cultor de la rutina con ausencia de todo principio de investigación y actualización jurídica.

Reflexionemos con Fernando Savater que “la ética no es una rama arrojadiza, un repertorio de censuras. La ética es el empeño que cada cual pone en dar sentido a su propia libertad”. Podemos asegurar que “no estamos hablando desde el púlpito, sino desde el banquillo”.

Con todo, recordaremos hoy y siempre, invocando al paradigma de la justicia boliviana, Pantaleón Dalence, como paladín del abogado digno y al magistrado de honor, a los que fueron ejemplo de pundonor y honor como abogados y magistrados.

 

 

Confidencial

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