Internacional

Chile vivió sus días de furia

La sociedad chilena ocultaba una profunda rabia, frustración colectiva, especialmente en las capas más pobres. Merced a la apertura comercial, el país se transformó en un gigantesco dutty free.
domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:00

Gabriel Gaspar
Exdiplomático chileno

El viernes 18 estalló una protesta masiva en Santiago que desbordó a la Policía. El detonante fue un alza del pasaje en metro de 30 pesos chilenos, pero pronto quedó claro que sólo era la chispa que incendió la pradera. La protesta se elevó y pronto dio lugar a fuertes manifestaciones, que  provocaron la declaración de estado de emergencia que permite la actuación de las Fuerzas Armadas dentro del territorio nacional. 

La noche del viernes fue la primera con toque de queda en Santiago desde tiempos de la dictadura.  Con barricadas y también con saqueos, y destrucción vandálica de una veintena de estaciones de metro, lo que motivo su paralización temprana.  

Todos los análisis, desde psicólogos hasta politólogos, coinciden que la sociedad chilena ocultaba una profunda rabia, una frustración colectiva, especialmente en las capas más pobres.  Porque si bien Chile ha crecido en democracia y ha disminuido la pobreza (de cerca de 40% en tiempos de Pinochet hasta menos de un dígito hoy), en cambio emergió la desigualdad. Merced a la apertura comercial, todo Chile se transformó en un gigantesco dutty free.  Como la mitad de la población gana poco más de 600 dólares, el acceso al consumo, la movilidad social, opera a través de la masificación del crédito privado, lo que elevó la deuda y con ello sus agobios para buena parte de la población. 

Algunos califican a Chile como “la Corea del Norte del neoliberalismo”, porque todo se paga: la educación, la salud, el transporte, el uso de las carreteras, en fin.  A cambio surgió un Chile súper próspero, de quienes podían viajar a Miami por el fin de semana o cambiar auto cada año.  La desigualdad es evidente, hay barrios de Santiago que semejan a los de Estados Unidos o Europa; mientras que otros nos llevan a Centroamérica.  Sumemos una abrumadora publicidad que eleva al tope el consumo, en el que el “winner” es quien puede comprar más y más caro. 

Esa desigualdad genera bronca y esa estalló el viernes con protestas furiosas y, a la vez, protestas. Curiosas porque los días eran similares en su rutina: empezaban relativamente tranquilas al levantarse el toque de queda, la población se movilizaba como podía, buscando abastecerse, pero, de a poco, surgían las manifestaciones, y en la tarde se ponían bravas y empezaban los choques con la Policía y con los militares.

Con las sombras de la noche emergieron los saqueos a comercios y los incendios, algunos totalmente absurdos, pero dañinos. Se registraron más de  40 estaciones de metro destruidas de todo el sistema, sólo una línea quedó en funcionamiento pero a medias. Un metro que realizaba millones de viajes al día hoy estuvo severamente dañado. 

También decenas de supermercados saqueados y quemados.  Hasta ahí lo furioso.  Lo curioso: un dueño de un supermercado informó a los militares que custodiaban su negocio que autorizaba que la población se llevara lo que quisiera  del local, pero que no lo dañaran.  Un oficial informó esto a un gran número de pobladores que merodeaban; lo escucharon con respeto y terminaron ovacionándolo, mientras se dirigían alegremente a sacar lo que quisiesen. 

No en todas partes los sucesos han sido tan curiosos y hasta alegres.  A la fecha se cuentan alrededor de 15 muertos y cientos de detenidos.  

Lo que es lamentable es la ineptitud de las autoridades ante este desafío.  En los primeros días no lograban entender qué pasaba  y menos eran capaces de proponer caminos de salida.  El Presidente tuvo una cadena nacional cada noche y  cambió de contenido en todas. El primer día anunció que se dictaba el estado de emergencia; el segundo informó que enviaría un proyecto al Congreso para revertir el alza del pasaje (en realidad podía haberlo hecho con un simple decreto presidencial); el tercer día apareció a medianoche desencajado y dijo que Chile estaba en guerra, y que enfrentábamos enemigos muy poderosos.  Eso fue la noche del domingo. A primera hora del lunes, el general a cargo de las Fuerzas Armadas en Santiago, en conferencia de prensa declaró “soy un hombre feliz, no estoy en guerra con nadie”.  

La noche del lunes Piñera, en un poco legible discurso, anunció que invitaría a todos los partidos a conversar a la Moneda.  En las calles los insultos se unían a su petición de renuncia. 

Los desórdenes se irradiaron a varias provincias y ya son varias en las cuales se ha decretado el estado de emergencia.  Esto no se veía desde Pinochet, pero los tiempos han cambiado.  Los militares no salieron a chocar con los civiles, no están en guerra con la población y cumplen con un rol disuasivo, y de apoyo a la Policía cuando ésta es desbordada.  Un general en retiro explicó que mucho de este trato a la población lo aprendieron en los años de presencia en Haití, en las tropas de paz de ONU.  En lo personal, mi apreciación es que también las Fuerzas Armadas entienden que este problema es de naturaleza política y que deben ser los políticos los que la resuelvan.  Resolver problemas políticos con las Fuerzas Armadas no es lo que corresponde ni tampoco es bueno. 

El gobierno estuvo atónito, pasaron dos días de silencio radial a una andanada de apariciones de sus ministros, que trataron de explicar lo imposible: que Chile estaba funcionando bien. Con ello su escasa credibilidad se deteriora cada vez más.  

En los partidos de derecha, hoy en el poder, captan el demoledor impacto que esos días de furia tendrán en las próximas elecciones municipales y regionales de 2020.  Y empieza el desmarque respecto a la Moneda.  Ojo, que la derecha se prepare para un desastre no significa que lo vaya a capitalizar la actual oposición, dividida entre los restos de la antigua Concertación y el emergente Frente Amplio.

Como corresponde a América Latina, tierra de brujos y leyendas, surgen las explicaciones más exóticas.  Para sectores de derecha, todo se trataría de un malevo plan del foro de Sao Paulo, apoyado por Maduro, que quiere desestabilizar a los gobiernos de derecha; así ya lo habrían hecho con Macri y con Lenín Moreno.  

En las redes de los migrantes venezolanos este rumor se irradia. Algunos van más allá y sugirieron que en días anteriores habrían ingresado numerosos saboteadores bolivarianos que serían los responsables de las quemas del metro (para paralizar la ciudad) y luego incendiado los supermercados, para provocar desabastecimiento masivo.  

En grupos radicalizados de la oposición se vive una atmosfera “prerrevolucionaria”, el sistema estaría a punto de caer.  El palacio de invierno está desguarnecido. 

Pero en realidad, en mi humilde apreciación, lo que la mayoría demanda no es demoler el sistema, sino equidad e inclusión.  Ser parte de los frutos del crecimiento, una redistribución más justa, terminar con la incertidumbre de la desprotección. 

Pero todo esto es muy claro en la voluntad, en el ánimo de los manifestantes.  Pero no se traduce en propuestas programáticas, de políticas públicas realistas y concretas que las viabilicen. Y esto es también una falla profunda de los intelectuales y sobre todo de los partidos. Éstos cayeron presa del individualismo posesivo culturalmente dominante en Chile.  

En vez de aguerridos militantes conviviendo con técnicos y profesionales competentes, la mayoría se ha poblado a lo largo de estos 30 años de caudillos electorales y numerosos operadores o “punteros” en acuerdos clientelares.  Es impresionante el número de militantes que se han apartado de las tiendas tradicionales.

Días furia, días de incapacidad política. No es claro cuándo terminará esta crisis, pero es claro que mientras no se construya un diagnóstico común será imposible.  La seguridad es un tema serio, empiezan a surgir grupos de pobladores que construyen sus propias autodefensas, espontáneamente pueblan las villas cuando cae la noche, ¿su uniforme? Los chalecos amarillos. En varios puntos acuerdan con las patrullas militares y protegen sus hogares.  El Estado no logra garantizar la seguridad de toda la población y de todo su territorio.  También es un lío la salida y la entrada al territorio. 

Fueron días de un despelote mayúsculo en el aeropuerto de Santiago, vuelos suspendidos y centenares de pasajeros varados en él.  Molestos, hambrientos, e indignados.  Las embajadas acreditadas tomaron nota y vieron con preocupación que Chile fuera el mejor escenario de las próximas cumbres de Apec y la COP.

Con buena parte de los supermercados incendiados, el abastecimiento se empezó a complicar, también la carga de combustible. No hubo clases en la mayoría de las escuelas y las universidades, pero la juventud igual salió a la protesta pacífica y el caceroleo. 

Un gobierno desbordado y sin iniciativa, una oposición dispersa, generales llamando a la calma para neutralizar los discursos alarmistas, saqueadores ovacionando a patrullas militares, cae la noche y empieza el toque de queda. En mi barrio se escucha desde varias ventanas una canción que se promovió por redes para ponerla en ese momento: El derecho a vivir en paz.

En mi humilde apreciación, lo que la mayoría demanda no es demoler el sistema, sino equidad e inclusión.  Ser parte de los frutos del crecimiento, una redistribución más justa.

 

 

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