Manifestaciones

La generación Prometeo

En 2025 festejaremos 200 años de libertad, pero la realidad es que nuestro país parece tener nuestra edad, porque aprende a pelear junto a nosotros.
domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:00

Catalina Rodrigo Machicao  Politóloga

¿Habrá sido el hado de Prometeo robar el fuego a Zeus? ¿Es el destino una cuestión de elección y no de casualidad? Si es así, en Bolivia hay una generación que por años ha sido conducida a un momento en el que el giro decisivo, el punto culminante y la iluminación de un nuevo camino, es no sólo nuestra responsabilidad, sino su deber. 

Somos la generación que ha conocido pocos presidentes, si no uno solo. El nombre de Evo Morales y sus medidas, antes y durante su gobierno, han sido nuestro pan de cada día por más de 13 años. Por ello, cuando sea el turno de la generación del bicentenario de gobernar el país, nuestros mayores recuerdos van a ser de días como el del 10 de diciembre del 2007, 16 días después de que disturbios en nuestra capital dejaran tres muertos y más de 300 heridos. Mientras nosotros aprendíamos a leer y a escribir, nuestro país hacía lo mismo con sus leyes y derechos. 

De esa manera, y a insistencia de Morales, se aprobaron los artículos de la Constitución con sólo dos tercios de la Asamblea Constituyente electa presente (164 de 255 asambleístas), permitiendo incluso la existencia de un periodo presidencial más y concediendo así que él, y Álvaro García Linera, se postularan y gobernaran hasta hoy. 

La generación del bicentenario vamos a recordar que nos sentábamos frente a la televisión para ver a hombres, mujeres y niños indígenas del Tipnis golpeados y maniatados en Chaparina, ese 25 de septiembre del 2011. El momento que obteníamos nuestros primeros celulares y empezábamos a utilizar la tecnología para vincularnos con el mundo, va a estar siempre vinculado con aquel 19 de octubre del 2011, cuando nos pusimos en contacto con lo más antiguo del mundo en nuestra primera marcha, cuando fuimos a recibir a los 1.500 indígenas que peleaban en contra de una carretera que hoy se abre paso por su hogar.

Porque observamos eso y entendimos su importancia, hoy no olvidamos la impotencia que sentimos al ver tres millones de hectáreas del bosque seco chiquitano reducirse a cenizas. Si tan sólo hubiéramos tenido el fuego de la libertad, lo que habríamos quemado habría sido  el Decreto Supremo 26075 que encendió la chispa de uno de los mayores ecocidios de la historia.

La generación del bicentenario tendremos siempre en nuestra mente la indignación de nuestras familias y de la gente que nos rodeaba por los casos de corrupción y desfalcos. Los nombres de Nemesia Achacollo, Gabriela Zapata, Juan  Pari, entre otros, y sus acciones,  resonarán en nuestras mentes, pero no tan fuerte como los chistes falócratas de Morales.

 Habiendo crecido en el país con mayor índice de violencia contra las mujeres en América Latina y habiéndola experimentado de primera mano, las mujeres de esta generación que seamos las ministras, diputadas y senadoras, directoras de oficinas y juezas en las cortes, no vamos a olvidar que todas aquellas mujeres que no nos han visto crecer son más que una estadística. 

Vamos a recordar que nuestro primer voto fue en contra de una modificación constitucional para permitir que Morales se presentará para un cuarto periodo presidencial, el 21 de febrero del 2016, y que, en el primer acto de ejercicio de nuestra ciudadanía, el Tribunal Constitucional Plurinacional nos demostró que el voto era secundario en importancia, habilitando el 28 de noviembre del 2017 al binomio, para que se presente a las elecciones del domingo 20 de octubre de este año.

La generación del bicentenario hoy ya evoca la primera vez que salió a la esquina de su casa y bloqueó la cuadra con sus vecinos, el 21 de febrero del 2018; todas las marchas, concentraciones y cabildos a los que asistimos desde entonces.

Cada uno de los jóvenes que estuvieron el lunes 21, el martes 22, el miércoles 23 de octubre y que seguirán manifestándose en contra de las decisiones parcializadas e irregulares del Órgano Electoral, encargado de reglamentar uno de los mayores actos democráticos, las elecciones, recordarán correr por las calles, escapando de gases y la preocupación en las voces de sus padres cuando los despedían antes de ir a las concentraciones. 

Esta generación recordará también la sensación de caminar lado a lado con sus amigos de la infancia y desconocidos para ir a manifestar su decepción, y frustración. Los jóvenes en las calles que heredarán el país invocarán constantemente la sensación de entonar el Himno Nacional junto a un mar de gente; palabras que se saben de memoria y que ante el temor de la perpetuación de un autoritarismo nacional populista se gritan para reafirmar su presencia en las calles, sintiendo cada vez más fuerte el calor que emana aquel fuego libertario.

“Un ser vivo que vio la muerte cara a cara, un ser que volvió a nacer”. La carta del soldado Julio Quintanilla Zuazo durante la Guerra del Chaco revela la experiencia de la generación del centenario. Adolescentes durante las celebraciones de 1925 pero adultos para 1932, “centenares de soldados insolados, heridos” recorrieron campos, pampas y montes desconocidos, a veces sin agua, a veces sin alimento por días. La generación a quienes “la muerte  (se les) presentaba cada segundo” fue la que al volver a Bolivia indujo la transformación del país en 1952, colocando los cimientos de sistemas, instituciones, y derechos de los que hoy gozamos. 

Hoy, como generación del bicentenario, se nos presenta una tarea y una oportunidad igual de grande. Hay que plantearnos la restitución de principios y valores democráticos sobre los cuales queremos cambiar la Bolivia que nos dejan como legado. Es difícil determinar si el destino es cuestión de elección o casualidad, pero no hay duda de que si el futuro ya está trazado, tenemos una tarea asignada: robar el fuego, llevárselo al país. 

Si hay un destino, que el nuestro sea restituir el sistema democrático para llegar a un momento democrático, en el que  existan de nuevo las instituciones independientes y en el que nuestro voto se respete. En 2025 festejaremos 200 años de libertad, pero la realidad es que nuestro país parece tener nuestra edad, porque aprende a pelear junto a nosotros, a responder cuando siente injusticia, a reflexionar sobre sus errores y crecer de ellos. 

Como Prometeo tal vez nosotros también tengamos que pagar un castigo, pero recuperar la democracia, en todas sus implicaciones, asegurar nuestra libertad en el futuro, es una tarea ineludible.
 

 

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