Elecciones en Bolivia

Permanecer de pie

La diferencia que Morales le lleva a Mesa alcanza con tanta precisión los 10 puntos necesarios para evitar el balotaje que parece una broma de mal gusto.
domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:00

Guillermo Ruiz Plaza Escritor boliivano

Nunca hubo fraude más anunciado. Se presentía desde hacía meses; estaba en la boca y en la mente de casi todos a la hora de prever lo que sucedería con estas elecciones presidenciales. Empezó con las intempestivas renuncias de vocales del TSE y siguió con los injustificados despidos de personal técnico a escasos meses del proceso electoral. La campaña electoral fue un contraejemplo de lo que debe ser una campaña ecuánime: el candidato ilegal, Evo Morales, contó con todos los recursos del Estado, como ha subrayado la OEA, por sólo nombrar un aspecto del problema.

La diferencia que Evo Morales le lleva a Carlos Mesa alcanza con tanta precisión los 10 puntos necesarios para evitar el balotaje que parece una broma de mal gusto. Puestos a hacer fraude, más les hubiera valido una cifra más holgada: total, se podía escoger en el menú que le tendía el TSE, que de supremo sólo tiene el nombre. Lo peor es que deben decirse, allá en lo alto de su rascacielos –cínicamente llamado Casa del Pueblo–, que han realizado una jugada sutil. Evo Morales y el partido gobernante venían anunciando su victoria contra viento y marea, cuando la evidencia del balotaje –así como la previsión de que Morales lo perdería con toda seguridad– era reiterada, una y otra vez, por las encuestas independientes de los últimos meses.

Como si todavía, en pleno siglo XXI, el fin justificara los medios y no fuera al revés, como nos enseñó uno de los pocos intelectuales lúcidos de nuestro tiempo, el argelino Albert Camus, cuando condenaba –contra todos los bien pensantes–, los campos de trabajo estalinianos. Son los medios los que, por su integridad, justifican el fin, es decir, lo hacen justo y legítimo. No la inversa. Nunca más la inversa. Fue también Camus quien nos enseñó que, frente a la injusticia, es un deber ético decir que no. La indignación es entonces la afirmación de nuestra libertad suprema.

El MAS lleva muchos años construyendo un proyecto autoritario y opresor, una dictablanda perfecta en que los disidentes que de verdad molestan al poder son amordazados o desprestigiados o encerrados, en que los logros democráticos son carcomidos con sigilo pero también con machacones discursos contra la derecha y el Imperio; mientras Evo Morales aprueba sin ningún reparo –y hasta con pasión– que en Venezuela o en Nicaragua se dispare balas de guerra contra la sociedad inerme. 

Si alguien pensaba que estas elecciones podían aportar un cambio positivo no leyó atentamente los signos que ha ido dejando en el camino el monstruo gélido del Estado. No hay peor ciego que el que no quiere ver: el MAS lleva demasiado tiempo corroyendo la democracia que nos ha llevado 40 años construir como para cambiar ahora, justo ahora que está en peligro.

El proceso de cambio del MAS, ahora resulta claro, no es más que una farsa: un movimiento que nació de motivaciones legítimas, pero que, con los años, se convirtió en un circo populista, cuyo autoritarismo, apenas velado, emplea un discurso venenoso de odio sistemático –y muchas veces de corte racista– para enfrentar a los bolivianos y así mantenerse con más facilidad en el poder. En este sentido, los movimientos sociales y la COB son simples herramientas venales de un grupo reducido de personas que no piensa dejar paso ni a la renovación ni a la alternancia, porque saben perfectamente que su destino sería la cárcel o la fuga. Ya tienen sobre sus espaldas –no lo olvidemos–, masacres injustificables, presos de conciencia, casos de megacorrupción que, por lo desmedido y descarado de sus cifras, opacan los peores escándalos de los gobiernos neoliberales.

Con esta elección fraudulenta, que el candidato ilegal Evo Morales va a calzarse como un guante a su medida, el MAS pierde por completo lo que, en el origen del movimiento, hacía su fuerza: la legitimidad popular. Más de la mitad de la población desconfía de sus instituciones, señores, y con toda la razón: deberían empezar a preocuparse. Lo que ahora indigna es que nos hayan forzado a retroceder 41 años en estas elecciones –que serán recordadas sin duda como uno de los hitos infames del llamado proceso de cambio– hasta aquel vergonzoso fraude del general Pereda Asbún, en 1978.

Estos días hemos recogido un cuerpo de 37, con evidentes signos de violación y de maltrato. Es nuestra joven y frágil y preciosa democracia; es también la joven y frágil y preciosa confianza que tanto ha costado infundir a través de las décadas: la de que es posible convivir en paz como bolivianos, evitando sabiamente las casillas abusivas e insidiosas en que pretenden apresarnos los astutos poderosos; la confianza en nosotros mismos, en nuestra capacidad para lograrlo.

La democracia, recordémoslo, es el sueño de tomar las riendas de nuestra historia sin tener que agarrarnos a golpes o vernos obligados a acudir a los caudillos o a los tanques. Es el conjuro contra los tiempos en que las botas marchaban sobre ríos de cadáveres. También el conjuro contra el desdén del poder, protagonizado por Sánchez de Lozada en octubre de 2003, cuando los policías disparaban a ciudadanos armados de palos. Porque nadie justifica, lejos de ello, lo que pasó al término del ciclo de los gobiernos neoliberales. Pero la democracia nunca fue el problema. La democracia fue, entonces como ahora, la única forma de reconstruirnos, de levantarnos de nuestras cenizas.

No desesperemos. Ahora más que nunca, debemos permanecer de pie, unidos frente a los poderosos que ya han perdido el sentido de la realidad (el presidente de uno de los países más pobres de Latinoamérica se mueve en helicóptero hasta para ir a su casa), de la responsabilidad histórica y hasta del decoro. Debemos pronunciarnos, sí, pero pacíficamente. Debemos mostrar con el ejemplo que los bolivianos no hemos perdido la dignidad ni la libertad ni la esperanza. Debemos mostrar que el cuerpo maltratado que, en su circo incesante, los poderosos ya levantan del suelo ensangrentado con hilos de titiritero y colorete en las mejillas, no es la democracia. La democracia es lo que alienta en cada uno de nosotros: esa joven y frágil y preciosa llama que hoy duele. 

No desesperemos. Hoy es el primer día del resto de nuestra historia.
 

 

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